Desde hace tiempo es bastante común encontrarnos con series de TV cuya premisa y arco narrativo se extienden a lo largo de una o varias temporadas. Desde Lost hasta Breaking Bad, pasando por una docena de otras que vienen a la mente (24, The Killing, The Walking Dead, etc), el televidente, como un versado cliente de las telenovelas de otros países, no se sorprende en que la historia no concluya cada semana y que deba esperar semanas o meses para conocer su desenlace.

Hace veinte años no era nada común. Después de los éxitos indiscutibles de L.A. Law y Hill Street Blues, Steven Bochco tenía la suficiente credibilidad como para apostar por un experimento. Este se llamó Murder One y fue una de las primeras series en contar una sola historia, en este caso un juicio mayor de asesinato, a lo largo de 23 episodios.

Durante décadas ese tipo de serialización sólo se veía en miniseries dedicadas a la adaptación de alguna obra literaria (Roots, The Thornbirds), probablemente porque su estructura paralela al libro del que provenían era un argumento convincente para que los ejecutivos de la TV y el público televidente les tuviera consideración.

Ya en los años setenta y ochenta se consideraba que el espectador promedio era incapaz de mantener la atención en un programa de drama por una hora entera. Mientas las cadenas ponían todas sus canicas en sitcoms, fue Dick Wolf quien empezó la década de los noventa tratando de construir un policial compuesto de dos tramos de media hora. En la primera mitad del programa, un equipo de policías investigaba un crimen. En la segunda parte, el equipo de la fiscalía se las veía con el juicio. En alguna de sus encarnaciones, La ley y el orden sigue al aire veintiséis años después.

Lo que proponía Bochco en Murder One era casi insólito, y aunque tuvo gran recepción con la crítica especializada, y una aceptación casi de culto con parte del público, lo cierto es que a la cadena no le convencieron sus números y para la segunda temporada se implementaron cambios radicales, incluyendo cambiar al protagonista y la migración hacia un formato episódico de casos semanales.

Es evidente que la primera temporada fue un semillero de talento. Aunque el protagónico, Daniel Benzali, sólo consiguió después papeles de soporte como villano; muchos de los protagonistas en roles de soporte se volvieron presencia común en el cine y la televisión de las siguientes décadas: Stanley Tucci, Dylan Baker, Patricia Clarkson, Mary McCormack y Anthony LaPaglia, por mencionar algunos.

El año pasado escribí en este espacio sobre el nuevo proyecto de Bochco: Murder in the First una serie de TNT que toma prestado algo más que el título de esta versión primigenia. La serie, que va en su tercera temporada, sigue a una pareja de detectives del departamento de homicidios de San Francisco mientras investigan un caso por diez episodios.

El protagónico corre a cargo de Taye Diggs y Kathleen Robertson, y en su primera temporada capturó todo el sabor del procedural de la vieja escuela. Sumando las virtudes de las creaciones de Bochco, el realismo en la camaradería profesional, tomarse su tiempo para desenvolver las capas de la historia y la inteligencia.

Después de esa nota alta, la segunda temporada es un poco decepcionante. Tal pareciera que Bochco buscó hacer una versión californiana del drama policial al estilo casi insuperable de The Wire. Enfocando la narración en participantes tanto de la ley, como abogados y criminales, y tratando de profundizar en sus personalidades y motivos.

En este caso, la historia mezcla una balacera estudiantil, un sindicato corrupto de policías, y la investigación de un capo pandillero de un barrio marginal vinculado con cárteles chinos y mexicanos. El tono, sin embargo, resulta un tanto acartonado, y el desarrollo de personajes navega más cerca del estereotipo que en la observación fina.

La segunda temporada tiene aciertos e incluso momentos de intensidad eficaces, y aún así, no funciona del todo. Hay un elemento, sea estilístico o de dirección que proyecta una pátina de falsedad forzada en buena parte de los episodios.

Hace veinte años, los ajustes estructurales en la serie mataron (si me valen el guiño) a Murder One en lugar de salvarla. Tal pareciera que algunos ejecutivos televisivos siguen incapaces de entender que una de las cosas que genera culto y seguimiento en esta nueva edad de oro de la TV, es la consistencia. La idea, si quieren ingenua, de que nos sumergiremos a un mundo que temporalmente habitamos, y donde los tachones y correcciones apurados para buscar más audiencia casi nunca funcionan.

Twitter @rgarciamainou