Aquí se celebra el 28 de diciembre. Lo conocemos como el Día de los Santos Inocentes, y es la oportunidad, cada vez menos frecuente, para jugarle bromas a los amigos, pedir prestado o para que los medios den noticias falsas desternillantes. Sin embargo, la fecha no conmemora un motivo feliz, sino la matanza de los niños menores de dos años ordenada por el rey Herodes ahí por el año cero.

En otros países, la celebración se da el primero de abril y se conoce como April Fool’s Day. Su origen es menos macabro, y se remonta, según algunos, al siglo XVI cuando Francia aceptó mover el año nuevo de finales de marzo al 1 de enero. Como muchas colonias protestantes no adoptaron el cambio al calendario Gregoriano, fueron llamados tontos.

Otros aseguran que la costumbre se remonta al festival de Hilaria en la Roma Antigua (marzo 25) o al festival Holi en la India que termina el 31 de marzo. Lo cierto es que todos pueden jugar al “tonto” el 1 de abril sin mayores consecuencias para su reputación.

El pasado lunes, docenas de empresas tecnológicas, marcas reconocidas, medios, youtubers, y demás lanzaron sus mejores bromas al público, algunas ingeniosas, otras rayando en lo sangrón. Pero al final, todas en un regocijo simplón que se vale del marketing para posicionarse como los más ingeniosos para tomarnos el pelo.

Google convirtió su aplicación de mapas en un juego de serpiente al estilo 90. Minecraft aplicó un downgrade a su popular juego. Starbucks anunció tiendas exclusivas para perros, mientras Roku presentó un control remoto para que los compañeros caninos operen la televisión.

La policía británica anunció conejos entrenados para oler y detectar drogas, McDonalds presentó dips sabor fresa, vainilla y chocolate, para todos aquellos que disfrutan sopeando papas a la francesa en sus malteadas.

Tinder habilitó un verificador de estatura en sus perfiles. Los australianos presentaron los exclusivos koalas con piel “de leopardo”.

La creatividad dio para todo: un tostador Banksy que tuesta grabados del misterioso artista en tus rebanadas de pan. Compañías de helados que ofrecen mascarillas faciales de helado (con chispas exfoliantes) que te puedes comer después.

Timex presentó en forma brillante el reloj de 25 horas para la gente ocupada, mientras una compañía celular ofreció cabinas portátiles de cartón para hablar por celular en lugares públicos con un poco de privacidad.

Incluso, el Reino Unido, en medio de su enésima votación fallida del plan Brexit de Theresa May, tuvo periódicos anunciando nuevas monedas celebrando emojis favoritos. Sin embargo, la prensa seria, fuera de algún tuit simpaticón, prefirió abstenerse.

Desde Oscar Wilde hasta Mel Brooks, muchos han defendido el papel relevante que tiene el sentido del humor en la vida humana. El propio Stephen Colbert dijo alguna vez: “No vivir en miedo es un gran regalo, porque hoy en día lo hacemos demasiado. ¿Y saben lo que me gusta de la comedia? No puedes reír y tener miedo al mismo tiempo. Si estás riendo, te reto a que tengas miedo”.

¿Pero qué cabida tienen estos anuncios paródicos, noticias de vacilada y guiños forzados en la era de los fake news?

Hace un par de años, Cale Weissman, columnista de Fast Company juzgaba que era hora de terminar la “tradición”: “En la era de las noticias falsas, la idea de jugar este juego con los medios se siente especialmente mala y poco graciosa. Después de una elección influenciada por información fraudulenta, y con un presidente que constantemente tuitea información falsa, la gente ya no quiere adivinar lo que es real y lo que no lo es. Estamos cansados”.

Hay razones de peso detrás del argumento. Si la segunda cadena más importante de noticias en Estados Unidos reporta que “Trump le quitará el apoyo a tres países mexicanos”. Si crece el movimiento creacionista y los que sostienen que la tierra es plana. Si los británicos son incapaces de decidir si irse o quedarse o cómo irse antes de que los corran de Europa.

Si en nuestro país, el presidente le exige disculpas a la “Madre Patria”, por sucesos acontecidos hace 500 años. Si sus acólitos se suman pidiendo que devuelvan la plata o las plumas que le faltan al penacho de Moctezuma. Si sus candidatos se niegan a responder a las preguntas del Senado porque no hace falta convencer cuando tienes el sartén por el mango.

Si Facebook, “la nación más grande y con más habitantes del mundo” (lo dice Shelly Palmer) y su propio director/presidente confiesa que ellos no saben (ni deberían saber) cómo filtrar contenidos polémicos, que eso le corresponde definir y legislarlo a otros.

Cada día los encabezados y las redes sociales invitan a leer o compartir noticias que no sólo no podemos saber si son reales o no, sino que hace algunos años nos hubieran resultado francamente inverosímiles.

¿Queda algún espacio para la sátira y el humor?

Algunos argumentarían que sí, que The Onion y el Deforma y algunos cartones políticos son un catártico alivio a una realidad que nos rebasa. Que los anuncios absurdos buscan crear, junto al espectador, un lenguaje común de lo que aún hoy es absurdo, invitándolo a reír de las propias expectativas y excesos. Puede ser. Pero no sorprende que este año, muchos estén terminando sus anuncios con “es broma” o “Feliz April’s Fools”. Siempre ayuda saber si la ocasión amerita reír... o llorar.

@rgarciamainou

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).