Cuando toda la atención estaba enfocada en el acceso a los hospitales Covid-19 y su tasa de ocupación, se acabó el mes de mayo y la sana distancia. Ahora, en el mes de junio, el tema elegido será alrededor de un mapa de color rojo. Este mapa con los 32 estados se colorea usando los niveles de riesgo que provienen de cuatro colores, que a su vez derivan de un “sui generis” semáforo.

El semáforo, al menos el universal de tres colores, sirve para controlar la circulación de personas y de vehículos. Indican cuando alguien debe pasar y cuando detenerse para que pase otro. El respeto al semáforo es un signo de civilidad y solidaridad. Cedes a alguien más tu derecho a pasar porque sabes que te lo cederán posteriormente. Así, el semáforo controla el flujo continuo, evitando colisiones. El servicio del semáforo no se interrumpe ante la ausencia de tráfico, pero no puede impedir que en ocasiones los usuarios utilicen criterios individuales para no detenerse en rojo y con ello estropear el propósito para el que fue construido.

Ahora el semáforo en tiempos de Covid-19 se usará para regular la salida del confinamiento al que la población ha sido sometida por semanas para mitigar el contagio del SARS-CoV-2. Los colores del semáforo se basan en una escala de riesgo, por ahora no conocida, sobre cuatro indicadores: tendencia de ocurrencia de casos, tendencia de hospitalización, porcentaje de ocupación hospitalaria y detección de casos nuevos.

Dos indicadores dinámicos (tendencia) y dos no incluyen cambios en el tiempo. La unidad de análisis es la entidad federativa, pues los indicadores de hospitalización no se pueden identificar a nivel municipal. Es evidente que no se pretende construir un índice de riesgo, sino que se continuará midiendo cada uno de manera independiente y si uno es rojo, se quedan en casa con excepción de las actividades esenciales.

¿Qué hizo Zacatecas para no estar en rojo? ¿baja ocupación, pocos casos, muchas pruebas? ¿Cuál es el punto de corte para decidir en su caso que ningún indicador cayó en rojo? La epidemia de Covid-19 en Zacatecas según el universo de los confirmados sigue su propio curso, aunque no es muy diferente al resto de los estados.

Si sólo se observa la Fase 3 es decir de abril 21 a mayo 30 (40 días) el estado aplicó alrededor de 1,200 pruebas, es decir 0.7 por mil habitantes, muy por debajo de las que aplican Tabasco 3.2 y Tamaulipas 2.5 por mil habitantes.  Zacatecas sólo supera a Colima, Oaxaca y Chiapas en número de pruebas por habitante. En el mismo periodo se acumulan 248 casos zacatecanos confirmados, de los cuales 84 fueron hospitalizados; uno de cada tres, similar al promedio nacional.

En este periodo se internaron 25 pacientes a las unidades de cuidados intensivos y 16 tuvieron necesidad de ventilador.

Es importante reconocer que Zacatecas, según la RED IRAG, al sábado presentó una muy baja tasa de ocupación 13% en general y 8% en camas con ventilador. Es decir, hay más oferta que demanda, lo cual ofrece un panorama alentador para el acceso a servicios. Sin embargo, al analizar el desempeño de los sistemas de salud y en particular el de los hospitales, se recomienda medir además del acceso, la calidad de los servicios otorgados.

Para medir la calidad de la atención es necesario considerar diferentes dominios que afectan la prestación del servicio. Éstos van desde la satisfacción del paciente por el trato otorgado, hasta el resultado que obtuvo por el tratamiento recibido en su paso por el hospital. Por ejemplo, de los 84 que ingresaron en este periodo a los hospitales de Zacatecas 21% estuvieron en terapia intensiva y 15% requirieron ventilador. Dadas las limitaciones de los datos proporcionados por la Dirección de Epidemiología de la SSA, no es posible saber cuántos de los internados fueron dados de alta por recuperación, sólo se conoce el otro desenlace, alta por defunción en el servicio.

Durante la fase 3 la letalidad hospitalaria de los casos confirmados en Zacatecas es 32% ligeramente por arriba del promedio nacional. Sin embargo, la letalidad de los pacientes que entran a las unidades de terapia intensiva es demasiado alta: de 72%, y la de pacientes con ventilador es de 81%, cifras que ubican al estado en el cuartil de entidades con más letalidad en el país.

Estoy convencido que la combinación de indicadores de acceso y calidad permiten un mejor acercamiento a la realidad de los servicios de salud tanto en tiempos de pandemia como en otros tiempos. Estos indicadores se construyen sin ningún demérito de lo que están haciendo los trabajadores de la salud en el frente de batalla, pues ellas y ellos se mueven con lo que hay, no con lo que idealmente quisieran.

El semáforo es una herramienta que debe trabajar para todos y evitar al máximo las valoraciones de riesgo individuales. El semáforo no puede funcionar en verde para unos y en rojo para otros cuando hablamos de los mismos lugares. Entendemos las dificultades que trae la vigilancia de la pandemia, pero más complicado resulta el transmitir mensajes que pueden individualizar decisiones que afectan el riesgo colectivo. Esta consideración de la salud pública no debe promover la parálisis en las actividades de salida, sino sumarse como otro argumento a considerar.

Finalmente, es conveniente que se esclarezcan los criterios (puntos de corte) empleados para obtener los colores con los que se pinta el mapa. No hacerlo crea confusión y abre espacios a la incertidumbre que han acompañado a la pandemia en México y en el mundo. 

*El Doctor Rafael Lozano es Profesor de la Universidad de Washington.

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