La campaña paralela corre más rápido que la oficial. Desde la sombra se puede mentir sin pudor. Los mítines son clásicos, predecibles y a la luz del día. Las teorías conspiratorias convencen, y rápido, por sus elevadas dosis de seducción.

En la prehistoria del 5G existe la confusión entre la naturaleza de los medios de comunicación y las redes sociales. Creer más en las redes que en los medios los hace comparables, pero desde el ángulo anglosajón, es imposible hacerlo. Los medios son empresas, las redes son cruceros por los que pasan opiniones, informaciones, bulos o mentiras, es decir, son los nuevos videojuegos de la era del aburrimiento.

Trump ganó las elecciones en 2016, en parte, gracias a los efectos demoledores de las bombas promocionales que su equipo de campaña diseñó apoyándose del big data (Cambridge Analytica) con datos de Facebook.

En cuatro años, la imagen de Mark Zuckerberg ha descendido súbitamente a los niveles de un enemigo de la democracia; pasó de ser el personaje cool llevado al cine por David Fincher, interpretado magistralmente por Jesse Eisenberg y actuando bajo el guion de Aaron Sorkin, a un personaje triturado en el Congreso estadounidense. “Nada en la vida es gratis”, le dijo el senador Orinn Hatch. “¿Alguna vez te preguntaste qué datos tiene Facebook sobre ti, incluso si los has borrado?”, indicó la senadora Deb Fischer.

“Fue mi error y lo siento”, reconoció Mark Zuckerberg, pero las cartas ya se habían repartido y en la Casa Blanca ya vivía Donald Trump.

Facebook y Twitter han despertado y están poniendo en práctica cinturones de seguridad contra las teorías de conspiración con las que Trump trata de catapultar su intención de voto.

Ambas redes tienen equipos de edición que cualquier periódico envidiaría por su tamaño y tecnología. Brandon Borraman, vicepresidente de comunicación de Twitter, explicó el miércoles que no permitirá que una nota de un periódico cuyo contenido provenga de un robo de información (hackeo) y pertenezca al ámbito privado, sea divulgado y retuiteado por usuarios de la red social.

Las coordenadas de seguridad cuadraban con la historia publicada por el diario New York Post: correos electrónicos filtrados por Steve Bannon de un hijo de Biden ofreciendo un encuentro con el vicepresidente de Estados Unidos cuando, precisamente, Joe Biden trabajaba para Barack Obama.

Facebook hizo algo similar a Twitter. Llevó la historia al verificador de hechos y no pasó la prueba.

QAnon (Q= referencia que usa el Departamento de Energía para ingresar a información confidencial y Anon= Anonymus) retoma la teoría de conspiración reconocida como #pizzagate, un caso de pedofilia vinculado con Hillary Clinton ubicado en el sótano de la pizzería Comet Ping Pong en Washington, para reanimar el vector que atravesó con éxito las urnas en 2016: hay que drenar el pantano (de la corrupción en Washington) y hacer a Estados Unidos grandioso nuevamente.

Las plataformas naturales de QAnon son las redes sociales. Así lo pensó Edgar Maddison Welch, un joven que tenía 28 años el día que tomó un rifle para salvar a un grupo de menores de edad secuestrado en la pizzería Comet Ping Pong.

Estaba convencido que la historia era cierta.

QAnon trata de darle oxígeno a Trump. El problema apunta a la ausencia de creatividad. Hillary Clinton ya no está en las boletas, pero los miembros que interactúan en QAnon insisten en vender el caso de #pizzagate.

Facebook y Twitter impiden que en sus plataformas circulen bulos de QAnon, sin embrago, el 25% de la población estadounidense cree que Obama es africano.

Aburre no creerlo, para muchos.

El FBI teme que al rededor del 3 de noviembre pululen muchos Edgar Maddison con rifle en mano para vengar lo del #pizzagate, es decir, por lo que nunca existió.

fausto.pretelin@eleconomista.mx

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.