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Prometer sí cuesta
En el mundo de la comunicación hay un grupo de expertos que cree que si no se ofrece un precio más bajo o una inversión extraordinaria, ningún programa o política “vende”. Es el grupo que, equivocadamente, articuló y amplificó las promesas de precios más bajos en diversos energéticos y de rápido repunte de la producción petrolera como mensajes clave de la reforma energética. Si se sale de nuevo con la suya, a este mismo grupo le gustaría enfocarse por los meses siguientes en describir un progreso de varios cientos de miles de millones de dólares de inversión.
El problema es que, en general, el precio de la electricidad, la gasolina y el gas LP han subido. La producción de energéticos ha bajado. Y, si le preguntas a las comunidades, aún no sienten estos niveles de inversión transformadora. La realidad, como siempre, no está mezclando bien ni con la prisa ni con el optimismo hiperbólico. Por eso la incredulidad.
En términos beisbolísticos, son errores no-forzados. No era necesario prometer ni precios más bajos ni un repunte rápido en la producción. Quizás las encuestas y los focus groups enseñaban una respuesta positiva a estos mensajes. Pero la reforma energética, desde que se planteó, es lo suficientemente transformadora como para requerir sobre-promesas.
Por más cariño que le tengamos a Pemex o CFE, los mexicanos en general reconocemos que un monopolio no es la mejor arquitectura para un sector tan importante. Tampoco la cerrazón al mundo exterior. Entre tanto número, a veces se nos olvida hablar de estos orígenes. Pero, al ser parte de nuestra historia, pueden ser más potentes que las promesas puntuales.
Hacia adelante, parece que estamos entrando a una nueva era. Parafraseando a Gabriela de la Riva, una de las analistas de opinión más experimentadas en nuestro país, hay un México emergente que es rifado. Estamos viviendo en una época en que, en lugar de rechazar la inversión extranjera, entendemos su importancia y, en general, le damos la bienvenida. La competencia global, si nos implica directamente a nosotros, nos puede parecer dura. Pero reconocemos que su ausencia, que atrofia y opaca, es mucho peor. Bienvenida también la competencia.
Son ideas grandes, emocionantes. Pero se ha propuesto, inexplicablemente, medirlas en centavos de precio al consumidor. Empeoró cuando se limitó hábilmente por la oposición al muy corto plazo. Bajo esta métrica no sorprende que, aun algo bueno como la reforma, desilusione.
Con las carencias del pasado ignoradas y lo positivo del futuro narrativamente disminuido, el panorama es poco alentador. En el presente, estamos rezagados en infraestructura, actividad, regulación, conocimiento, tecnología y especialización. Muchos de nuestros indicadores siguen a la baja. Hay que trabajar mucho sólo para recuperarnos y alcanzar a los demás.
Tomando números de la Agencia Internacional de Energía, por ejemplo, el secretario Pedro Joaquín Coldwell recientemente explicó que la exploración y producción del país demandará 640,000 millones de dólares de inversión en 24 años. Suena como una carga pesada. Pero es un buen mensaje: claro y realista. Delinea el enorme potencial de la reforma energética y encarrila bien las cosas en el terreno de la comunicación.
Hasta que los comunicadores, en vez de enfocarse en explicar lo probable, enfatizan hiperbólicamente lo posible y llevan las estimaciones de inversión al máximo. 150,000 millones de dólares en inversiones a partir de rondas, que asume que todos los proyectos exploratorios llegarán a producción (cuando normalmente se les asigna 30% de probabilidad) hacen sonar como si, con unos pocos años más, pudiéramos alcanzar un objetivo de cuarto de siglo. Es el equivalente en exploración y producción de la promesa de precios de energéticos más bajos.
Es un gran acierto que las autoridades estén enfatizando, con cada vez más fuerza, que alcanzar este nivel de inversión, aunque posible, es muy poco probable con los resultados conseguidos hasta ahora. Prometer no cuesta, excepto si tu audiencia te deja de creer.

