Andrew Weatherall fue el responsable de poner a todos los rockeros a bailar. El DJ y productor británico, que murió esta semana a los 56 años, ayudó a crear diálogos musicales con géneros opuestos y construyó puentes que cambiaron nuestra manera de escuchar música. Weatherall fue uno de los pioneros del acid house, quien nos propuso que los guitarrazos no tenían que estar peleados con las pistas de baile, y prueba de ello fue la huella que dejó en el álbum Screamadelica de Primal Scream.

En 1990 Primal Scream era una banda de medio pelo con dos discos bajo el brazo que luchaba por hallar su propia identidad musical. La agrupación creada por Bobby Gillespie, exbaterista de The Jesus and Mary Chain, se vestían con chaquetas de cuero negras y evocaba en su look a Marlon Brando en The Wild One. Su sonido se conformaba de influencias como The Clash, The Who, The Jam, The Byrds y hasta ese momento sus primeros discos no habían logrado cautivar a las audiencias y mucho menos a la crítica.

Del otro lado del espectro musical reinaban los raves. Estas fiestas ilegales que cobraron popularidad en los ochenta se habían convertido en un polo de atracción para la juventud británica. En ellas comenzó a gestarse un nuevo movimiento que colisionaría con los sonidos dominantes. En esos años, lugares como el mítico Factory (en Manchester) y bandas como New Order y Happy Mondays comenzaron a establecer los puentes entre la música electrónica bailable y el rock. Y como decía Tony Wilson en la película 24 Hour Party People, estos grupos ayudaron a beatificar los ritmos hechos para las pistas de baile. Andrew Weatherall realizó una mezcla perfecta entre los riffs de rock clásico con aquellos sonidos del subterráneo.

Screamadelica combinó las influencias del pop psicodélico de los sesenta, el kraut rock alemán, el ambient de Brian Eno, el dub jamaiquino con el rock de los Rolling Stones y los deseos de una generación que buscaba liberarse de la marca que dejó el gobierno de Margaret Thatcher en Inglaterra.

Para construir “Loaded”, la pieza central del álbum, el productor Weatherall utilizó siete segundos de “I’m Losing More Than I I’ll Ever Have”, una balada del segundo álbum de Primal Scream; un fragmento vocal de “I Don’t Want To Lose Your Love” de The Emotions; el soul de John Hawkins y las percusiones de un remix de Eddie Brickell & The New Bohemians, para crear un himno del rock ácido, perfecto para bailar. Pero algo le faltaba: un sampleo determinante que ayudaría a dar la bienvenida a un nuevo movimiento musical.

Esta era una generación, que al igual que los hippies de la película de Roger Corman, The Wild Angels, buscaba romper con las contradicciones de la generación previa y la juventud británica ansiaba con inyectar otras texturas a su panorama cultural. De esta película la banda tomó el extracto que se ha convertido en el código secreto para sucumbir ante el baile.

“¿Y entonces qué es lo que quieren hacer?”, le pregunta un adulto a Heavenly Blues, el personaje interpretado por Peter Fonda en aquella película de bajo presupuesto sobre los Ángeles del Infierno y los nacientes hippies contraculturales. “Queremos ser libres para hacer lo que se nos dé la gana, queremos echar desmadre y pasar un buen rato, y eso es lo que vamos a hacer. Vamos a pasarla bien y vamos a tener fiesta”.

Después de Screamadelica, Primal Scream se topó con el precio del éxito y los excesos los llevarían hasta Memphis, Tennessee, en busca de un poco de redención espiritual y musical. En sus siguientes trabajos exploraron otras direcciones, a veces más cercanas a la electrónica, pero con sus cimientos siempre enraizados en el rock.

Andrew Weatherall nos enseñó que podíamos mezclar los beats con las guitarras rockeras, le ayudó a Bobby Gillespie y compañía a convertirse en una de las bandas más fascinantes de los recientes treinta años y nos llevó a todos a las pistas de baile para pasarla bien y tener la mejor fiesta de nuestras vidas.

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Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea