La semana pasada, en el contexto de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, fuimos testigos de varios hechos históricos, no solo presenciamos la elección de la primera mujer para la vicepresidencia, sino también una participación electoral récord en ese país. Al momento de escribir este artículo, casi 149 millones de votos habían sido contados y se estima que el número total de votos podría llegar a 159 millones, alrededor del 67% de la población elegible para votar.

La participación electoral es uno de los fenómenos sociales más estudiados y también uno de los menos entendidos. Cuando hay un gran número de electores, la probabilidad de que un voto decida el resultado es extremadamente pequeña, cualquier costo de votar debería ser suficiente para que un ciudadano racional se abstuviera. Esto ha llevado a muchos a preguntarse ¿por qué tanta gente vota?, con el propósito de entender y moldear las instituciones y las decisiones políticas y económicas en una democracia.

Una gran cantidad de estudios empíricos relacionan un número de características individuales como ingreso, educación y nivel socioeconómico con la participación electoral, recomendando implícitamente políticas sesgadas a ciertos grupos. También es común encontrar una alta concurrencia de votantes cuando las elecciones son percibidas como muy cerradas. En este último caso puede ser porque los votantes creen que su voto puede cambiar el resultado o simplemente por la intensidad de las campañas electorales.

Es fácil pensar que los votantes estiman que quien gane la elección tendrá un impacto para ellos, poniendo una relación directa entre la participación y las políticas de campaña. Sin embargo, esto es muy simplista. En la elección presidencial de Estados Unidos podríamos argumentar en sentidos opuestos. El actual presidente de Estados Unidos, reciclando el eslogan electoral Make America Great Again y sin explicar los detalles de la estrategia para conseguir esto, logró atraer más de 70 millones de votos. Analizando con detalle, en Florida la votación incluía una iniciativa para incrementar el salario mínimo hasta alcanzar 15 dólares por hora, la cual Trump rechazó pero que el candidato demócrata apoyó fervientemente en el segundo debate presidencial. Esta iniciativa fue aprobada con más de 60% de los votos mientras que Trump le ganó el estado por tres puntos a Biden.

Claramente hay muchas más razones por las que las personas acuden a las urnas y votan por un candidato. Casos recientes de alta participación electoral dejan ver todo un espectro de posibilidades, desde un cambio radical de rumbo, derivado de un descontento generalizado, o simplemente el liderazgo de un candidato. La elección con la más alta participación en los últimos 25 años en el Reino Unido fue el voto por el Brexit en 2016, un cambio radical en la política comercial cuyo enorme impacto económico y social todavía no se materializa. La elección presidencial en Estados Unidos fue, principalmente, por el cambio de un líder agresivo y autoritario por uno conciliador pero en la economía y la política exterior solo habrá cambios cosméticos.

Las iniciativas políticas importan, no porque incrementen directamente la participación o determinan el resultado electoral sino porque afectan la vida de las personas. Y los votantes saben hacer estas distinciones. Movimientos políticos y sociales deben de seguir empujando por políticas que tengan como objetivo mejorar la vida de la mayoría, de esta manera la gente saldrá ganando, independientemente de los resultados electorales.

finanzas@eleconomista.com.mx

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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