A estas alturas —tan lejos de la primavera y tan cerca del centenario del nacimiento de Pedro Infante— todo parece ocioso y hasta inútil. Se corre el riesgo de acabar derramando mucha miel o lágrimas sobre todo lo barrido y trapeado. Sin embargo, no habrá una fecha tan adecuada y rotunda como ésta. Tendrán que pasar otros 100 años para, como decía Séneca, decir lo que sentimos, sentir lo que decimos y concordar las palabras con la mente. 

Como si hubiéramos nacido en otros tiempos, hablar del ídolo de Guamúchil entra en el terreno de los héroes. Porque si como de los antiguos dioses de la mitología griega se tratara, Pedro Infante conserva su calidad de figura legendaria entrelazada con la historia de una nación: la nuestra.

Como todo mito que se respete, Pedro Infante nos ha servido de consuelo, nos ha regalado un mensaje moral, es un ser maravilloso, arrojado, un ejemplo de conducta, una vana aspiración, el más común y extraordinario personaje y la mejor realidad nacida de lo más puros inventos. Por eso es fascinante.

Como bien se ha escrito sobre él: “Infante representó lo que todo mexicano debía ser: hijo respetuoso, amigo incondicional, amante romántico, hombre de palabra”. Fue un macho excepcional: incapaz de dañar a las mujeres, violento, pero inofensivo, fiel a sus infidelidades, borracho en la pantalla, pero abstemio en la vida real, el cantante anhelado de toda serenata, el perfecto ladino, un rompecorazones con un gran corazón”. (Y luego se preguntan por qué todavía lo lloramos, existen tantas viudas, su última amante se siente la primera y su única esposa cree que fue la última). Por su maldita culpa, sabemos muchas cosas. Que nunca hemos sido como los rusos, por ejemplo. Que nosotros no tenemos tal sentido del decoro. 

Piénselo. Cuando Ana Karenina —adúltera por excelencia, heroína de los sueños más largamente acariciados por todas aquellas que buscan la pasión— le dice a su marido la triste verdad del adulterio, lo primero que se le ocurre hacer a Alexei Alexandrovich Karenin es empezar a hablarle a su mujer en francés, idioma que indicaba lejanía. El daño estaba hecho. Al final de la tragedia, Ana, vestida de pieles y con manguito (como Greta Garbo en la película) camina por una estación digna, lenta, y se tira al tren que va pasando. Nosotros no somos así. Y si antes de Pedro Infante creíamos que las mejores lecciones de educación sentimental las habíamos extraído de los libros, ahora sabemos que no es cierto. Todo lo que sabemos y lloramos lo aprendimos del cine mexicano. Fíjese cómo reaccionaría. Haga de cuenta que usted es un hombre de bien que, gracias a su esfuerzo y vocación para el trabajo, ha logrado formar y mantener una familia. Después de 20 años de matrimonio, su mujer —a la que nota más delgada, se ha cortado el pelo y ahora cocina puras carnes frías— se sienta una noche en la sala y le dice que lo está engañando con su mejor amigo. A usted —que no sabe hablar francés, pero conoce al dedillo la filmografía de Pedro— para restaurar su dignidad herida, sólo se le ocurren las siguientes opciones:

  • a) Llorar a gritos, riéndose a veces, como cuando Pedro Infante solloza por su hijo en Pepe el Toro.
  • b) Ir a buscar a su ex mejor amigo para retarlo a un duelo de insultos a ritmo de huapango o preguntarle, de plano, qué le ha dado esa mujer.
  • c) Replicar a la adúltera cantándole “El desinfle” o
  • d) Cambiar de domicilio al rincón de una cantina.

Pedro Infante tiene la culpa. Es la causa y las razones. La política del melodrama, que él ejerció tan bien, como diría Carlos Monsiváis, fue el molde sobre el que se imprimió la conciencia de América latina. Aquello de cambiar la desdicha por la dicha ajena, usar el desgarre como un correctivo de la mentalidad familiar fue casi un invento de nuestros mitos. Pedro Infante, sin saberlo, se ajustó a la definición clásica del género. Pero él era quien era —y no se parecía nadie— y le agregó un toque personal. El esquema de las películas que protagonizó casi siempre era el mismo: existe un villano resumen de vicios y maldades (el maldito tuerto que le quema la casa en Ustedes los ricos, por ejemplo); un héroe perseguido y oprimido que acapara todas las desgracias (nada más recuerde Un rincón cerca del cielo); una joven, pura, bella e inocente, causa de los delirios criminales del malvado o víctima de las circunstancias (como Blanca Estela, Marga o Carmen Montejo) y un amiguero y gracioso comparsa ( Mantequilla, por ejemplo) para aliviar tanto drama. Pedro, actuando como nadie en la conocida fórmula, es el héroe y educa nuestros sentimientos para convencernos de que no somos hijos de nadie, pero estamos orgullosos de nuestro suelo; amor es tan glorioso como trágico; el que la hace la paga, las traiciones se enfrentan con la muerte, las tragedias con tequila y no hay mejor manera de fijar los ojos que estar mirando cómo se cocina un engaño fingiendo la ceguera más heroica.

Pedro Infante no es nada más un símbolo de la tragedia: si nos hizo llorar a mares, también nos arrancó descomunales carcajadas. Fue un ratero fascinante, el único inocente que hizo de Silvia Pinal una ingenua, un cura encantador, el rival más débil y el primer padre soltero de bigote y escopeta que soportó tener una culebra como mascota de su hija.

Por culpa de Pedro Infante las mujeres se dividieron en dos tipos: las que prefieren la voz educada y el abolengo (de Jorge Negrete, por ejemplo) o las que hubieran dado la vida porque algún joven de camiseta rota que les cantara al oído “Amorcito Corazón”. Por culpa de Pedro Infante sabemos que la vida es una película mexicana de la que no pudimos ser estrellas sino actores de reparto. Que por más que uno hubiera querido ser Arturo de Córdova, no hubo Marías Félix arrodilladas pidiendo golpes de amor, que cuando debimos gritar como Dolores del Río en La Malquerida se nos cerró la garganta y que nunca hemos podido agarrar de la solapa a nuestro hijo —ese genio que ni lee, ni escribe— para darle una buena zarandeada. Como la que le acomoda Fernando Soler a Pedro en La oveja negra.

Por culpa de Pedro Infante, porque él empezó, nadie confiesa desear una mujer con el cuerpo de Irma Dorantes, la chispa de Rosita Quintana, la sensualidad de Lilia Prado y la simpatía de Chachita. O, aún mejor, haber tenido tres hijos que se apellidaran García, fueran muy afinados y tuvieran una abuelita como Sara, la del chocolate.

Pero como eso no sucede, no sucederá nunca y Pedro Infante ya no está, las tragedias son pequeñas y sin fondo musical. Si todo fuera como antes, el castigo del destino no vendría envuelto en un sobre de Hacienda, encontraríamos de inmediato el libro que perdimos, cruzaríamos los llanos a caballo en vez de embotellarnos en el Periférico y seríamos las víctimas perfectas de nuestra propia conciencia. 

Hoy, ya sabemos que la sensación que a veces nos inunda y debería parecerse más a la tristeza, es igualita al fastidio y solamente se quita con mariachi. 

¿La culpa? La tiene Pedro Infante.