Con frecuencia, el gobierno se empeña en recordarnos –a veces ni siquiera subliminalmente– el creciente papel que le ha dado a las fuerzas armadas. Nos enteramos así de las grandes asignaciones presupuestales que se le otorgan para diversos motivos y responsabilidades como encargar al ejército de todo tipo de tareas que no le son propias, desde ejercer funciones de seguridad pública, de operar las aduanas, hasta construir un supuesto aeropuerto y mini sucursales del Banco del Bienestar. Una de las más reprobables es haberle cedido al ejército la futura operación del aeropuerto de Santa Lucía. El que las fuerzas armadas operen y administren un aeropuerto civil solo se da en regímenes del tipo de Corea del Norte, Cuba y Venezuela.

El más reciente recordatorio del preponderante papel de los militares lo atestiguamos la semana pasada con la supuesta inauguración de la pista área del aeródromo Felipe Ángeles. Sin comentar la bufonada que resultó ser ese patético espectáculo, me centro en el mensaje de las imágenes respectivas.

El presidente, flanqueado todo el tiempo por militares; el secretario de la Defensa permanentemente a su lado. Ahí los vemos, desde luego sin cubrebocas, inspeccionando una maqueta “patito” (más bien “gansito”). Con esa prominente presencia del general Sandoval, López Obrador reafirmó que “la obra aeroportuaria más importante del mundo” según su estrecho criterio (le falta “mundo” para conocer aeropuertos de a deveras), es de la autoría de militares y su manejo les va a pertenecer.

Para lograr sus fines, todo gobernante populista busca el apoyo del ejército. Esa es la lógica presidencial, tener a la milicia de su lado mediante atribuciones y concesiones. Todo ello en un contexto de discrecionalidad y falta de transparencia en el manejo de recursos.

A pesar del trato presupuestal preferencial que se le ha dado, se sabe que muchos mandos militares han externado, en privado, su desacuerdo y preocupación de que se les involucre en responsabilidades ajenas a su carácter miliciano.

Lo que comenzó como una creciente militarización por parte de López Obrador se ha convertido en militarismo. ¿Cuál es la diferencia? Atendiendo al diccionario de la RAE, militarización es darle carácter u organización militar a una colectividad. Pero militarismo se refiere a una política de Estado consistente en el mantenimiento de una fuerte organización militar con capacidad operativa en diversas e importantes actividades destinadas a civiles. Es decir, el militarismo es una etapa ya más enraizada al servicio del líder populista.

Un riesgo es que después de haberle dado tantas prebendas al Ejército, será más complicado que cedan los espacios otorgados –si alguna vez se planteara– al papel acotado y tradicional que deben tener las fuerzas armadas en un sistema democrático.

Lo que estamos observando con la Cuarta Transformación es la creciente militarización de la política y una mayor politización del militarismo. Ninguno de los dos caminos conduce a un régimen más democrático.

Twitter: @frubli

Federico Rubli Kaiser

Economista

Revista IMEF

Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.

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