La obsesión de todo gobierno populista es crear un vínculo directo de relación y dependencia entre el líder y el pueblo. El objeto es satisfacer pulsiones narcisistas, acoplando un lenguaje vulgar y simplificador a la psicología de masas para conectar e identificar al líder con los sentimientos y percepciones predominantes en distintos momentos. También, se trata de explotar políticamente fibras obscuras y profundas de frustración, rencor, ignorancia y resentimiento, para proyectarlas en contra de élites económicas, culturales, intelectuales y científicas, etiquetadas como adversarios existenciales del pueblo, en una estrategia de división y polarización social. Se imponen emociones colectivas y decisiones iluminadas, ocurrentes y obcecadas —e inapelables— del líder omnisciente sobre la racionalidad, el análisis técnico y el interés público. En paralelo, el populismo asume como tarea primordial de gobierno la construcción de un vasto sistema de subsidios y subvenciones que puedan convertir en beneficiarios y dependientes del líder a millones de votantes. Así ganará elecciones y referéndums sin importar que el país vaya en picada. Es una base electoral de lealtad clientelar con miras a un proyecto de hegemonía política a largo plazo. La democracia representativa se transforma en un cadáver viviente, donde sus formas, instituciones y procedimientos pasan a servir y a perpetuar a la autocracia populista. Muchos creen que el populismo autocrático podrá ser encauzado y contenido, que podrá ser controlado e incluso aprovechado para grandes proyectos y negocios. Lo aplauden y lo visten, lo legitiman. Sabiéndolo o no, contribuyen a su permanencia. Pronto serán devorados.

El colosal sistema de subsidios clientelares requiere de un financiamiento astronómico. En ausencia de renta petrolera, se recurre al desmantelamiento de la administración pública y de las instituciones del Estado: despidos generalizados de funcionarios y técnicos, reducciones de salarios, y recortes presupuestales incapacitantes. Todo se enmascara como “austeridad”, que incluso numerosos sectores de la población celebran. Se destruyen funciones y servicios públicos vitales, así como los contrapesos del poder presidencial. Los bienes públicos se transmutan en subvenciones individualizadas directas a nombre del gran líder.

Entre los bienes públicos e instituciones en proceso de demolición destacan los relacionados con el medio ambiente y la sustentabilidad. Es evidente un desprecio e inquina particular del gobierno populista contra la Semarnat (denominador común, al parecer, de todos los populismos en el mundo), cuyo presupuesto se reduce en alrededor de 40% entre el 2018 y el 2020, mientras se le pone en manos de personajes ineptos, esquivos y delirantes. Nadie la defiende. Los ambientalistas voltean a otra parte —con muy honrosas excepciones— por complicidad, deseos de congraciarse, expectativas de contratos y posiciones, miedo, o afinidad ideológica con el régimen. También lo legitiman. Para el 2020, el Presupuesto de Egresos de la Federación elimina el Programa de Empleo Temporal, con el que se contrataba, capacitaba y equipaba a las brigadas campesinas contra incendios forestales. Los primeros meses del próximo año tendremos un infierno. A esto deben sumarse los nuevos subsidios al campo (precios de garantía, ganadería, y Sembrando Vida), que van a generar otra oleada histórica de deforestación. Desapareció igualmente el Programa de Atención a Emergencias y Desastres Naturales; veremos lo que ocurre con el próximo huracán o inundación catastróficos. También se eliminó el Programa de Manejo de Áreas Naturales Protegidas, y Programa de Recuperación de Especies en Riesgo. Despidieron a todos los delegados de la Profepa en los estados, con lo que prácticamente se terminó con actividades primordiales de inspección y vigilancia ambiental y de recursos naturales. Desapareció la Gendarmería Ambiental, a cargo de la vigilancia en Áreas Naturales Protegidas. A la Conagua se le cercenó drásticamente el presupuesto de inversión y de operación en infraestructura hidráulica, y tratamiento de aguas residuales. Más allá de la Semarnat, en la Sedatu, se eliminó el Programa de Impulso a la Movilidad Urbana, fundamental para la sustentabilidad de las ciudades de México, así como los programas de Prevención de Riesgos, de Consolidación de Reservas Urbanas, el Programa Nacional de Suelo y Provisiones para el Desarrollo de Infraestructura Urbana. En Energía, se pretende construir una nueva refinería y promover el consumo de combustibles fósiles, a lo que hay que añadir las decisiones ya tomadas de cancelar las subastas de energía limpia, y el mercado de Certificados de Energía Limpia, principales instrumentos para la Transición Energética y el desarrollo de energías renovables. En turismo, se suprimió el Programa de Desarrollo Regional Turístico Sustentable.

Con ironía, podemos decir que observamos una verdadera voluntad de transversalidad intersectorial en la destrucción de instituciones y políticas ambientales y de sustentabilidad. Se expresa de manera diáfana un proyecto sistemático de liquidar los avances en medio ambiente que a lo largo de décadas se acumularon en nuestro país, al igual que lo han hecho Trump y Bolsonaro. No cabe duda que los populismos de izquierda y derecha no sólo se tocan, sino que se confunden.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.