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Ofendiditos y testarudos

Este fin de semana se viralizó el comentario que hizo en sus redes sociales la estadounidense Breanna Claye, en el que se quejaba del sonido de los organilleros: “Darles dinero a estas personas es como decirles que está bien que contaminen con su ruido”. No tardaron los mexicanos ofendidos en pedirle que se fuera a su país, «cómo se atreve la gringa a criticar un sonido esencial (junto con la marimba, supongo) de nuestra educación sentimental», «me recuerda a mis abuelos». Lo cierto es que los organilleros suenan desafinados y que sus decibeles superan los permitidos: contaminan, pues, aunque sean tradición. El asunto me recordó lo que sucedió con el grupo «Yahritza y su esencia», quienes en agosto de 2023 cometieron el pecado de afirmar que preferían el pollo de Washington que la comida mexicana: ¡Escándalo! «que se vayan, ¿cómo se atreven a hablar mal de la sacrosanta comida mexicana?, malditos pochos, ni son mexicanos».
Lo más fácil es suponer que esta piel tan delgada frente a los comentarios de extranjeros tiene su origen en la conquista española, la primera intervención francesa, la intervención gringa, la segunda intervención francesa, la injerencia inglesa, la injerencia gringa y, ya si queremos seguir por ahí, en las tremendas derrotas sufridas ante Argentina, Alemania y Holanda en los mundiales. Los extranjeros han de tener culpa de todos nuestros males, así que, por favor, que se callen y, ya de una vez, fuera de aquí: que los gringos se vayan a vivir a su país junto a todos nuestros connacionales migrantes; ¡mueran los madrileños en la Roma, pero vivan en Madrid!
Recordemos que pese a violar los derechos de las personas extranjeras a juicios justos y apelaciones, el artículo 33 de la constitución permite al jefe del ejecutivo expulsar sin juicio previo a cualquier extranjero cuya presencia (y opiniones) «juzgue inconveniente». Eso sí debería escandalizarnos, porque los extranjeros también son personas, y están protegidos por la Constitución.
Sin duda las derrotas juegan un papel en nuestros profundos resquemores, pero también hay mucho de nacionalismo barato, de una inseguridad enfermiza que nos conduce a una profunda incapacidad de aceptar puntos de vista críticos. ¿Si nuestra cultura es tan potente como presumimos, por qué somos tan sensibles y ariscos ante la mínima opinión crítica? ¿Qué no gracias a su “potencia” habría de defenderse sola? Asoman dos características de persona adolescente debido al constante estado de alerta ante las intromisiones de los otros que tenemos: una profunda inseguridad en nuestras capacidades y una falta grosera de pericia para la disputa argumental. En otras palabras, somos ofendiditos y testarudos. Y esa forma de ser de nuestra sociedad, tiene consecuencias en la realidad: somos una sociedad impulsiva y a la vez temerosa, eufórica y luego quejica, llena de utopías pero pusilánime; y muy violenta, como adolescente tocado en su flaca autoestima. Quizá el desdén que presumimos ante la «soberbia» argentina, italiana, francesa, no sea sino envidia. Nuestra inmadurez se refleja en los debates, en las campañas y nos ciega. Qué hubiera pasado si, en lugar de intentar correrla, oímos los puntos que señaló la gringa, quizá habríamos regulado mejor el ruido urbano y, de paso, afinado, ya no solo los organillos, sino nuestras ideas del mundo.

