Un problema es que creemos que las leyendas deportivas no nos pueden fallar, y lo hacen.

Al paso que vamos nos quedaremos sin leyendas, sin superhéroes y con poca épica que contar de los que etiquetamos como héroes. Ahora resulta que los más grandes son unos malditos estafadores. Pero mire, quizás el gran problema de nosotros es que depositamos nuestra fe y creencias en una persona y no en el deporte. Obligamos a seres humanos a ser perfectos, puros y que siempre respondan a todas nuestras expectativas, pero allí está justo nuestro error.

Tiger Woods es el menos indicado para hablar de cuestiones morales; Lance Armstrong de ética y verdad, Diego Armando Maradona de limpieza y así nos van destruyendo paso a paso a todos aquellos que consideramos intocables. Yo lo invito a que caminemos a una reflexión.

Haga un ejercicio de memoria sobre el adúltero de Woods y los triunfos del US Open, del dopado Armstrong y sus escaladas a Alpe’dHuez; al drogadicto de Maradona y su escapada celestial ante Inglaterra en 1986 ¿Qué recuerdos le genera? O mejor aún, ¿qué le motivo a usted hacer con esas escenas y aplicarlas en su vida?

Lo que pasa es que nos equivocamos rotundamente, creo yo, en pensar que todas las personas tienen que ser perfectas. Los sociólogos y antropólogos detallan en innumerables artículos sobre el impacto social, político y cultural de equipos y deportistas. Es verdad, el deportista de alto rendimiento se ha convertido en un imán para un pueblo, pero, mire usted que a quienes seguimos tienen una historia detrás, quizás dramática como los boxeadores o de implicaciones de violencia como muchos futbolistas brasileños. Posiblemente usted, sea mucho mejor ser humano y con más cualidades por qué admirarle que lo que son nuestros ídolos, el problema es que usted no es Iniesta, Pelé, Alí, Armstrong

Le invito a creer más en el deporte y todo lo que genera. Le quiero confesar que muchas veces figuras como Maradona, Woods o Armstrong me han hecho llegar hasta las lágrimas y pensar, al menos por un rato, en lo que encuentro otra motivación, que todo es posible. A ellos les agradezco lo que me hicieron sentir en sus hazañas.

En el deporte los imposibles no existen, las utopías son reales y luego entonces nos ayuda a mejorarnos y empezar a insistir por lo que creemos.

Haga usted un repaso de todas las llamadas superestrellas o leyendas. ¿Quién no ha fallado?, todos y algunos terriblemente. Pero le invito a que no se fije en el apellido, sino en las hazañas, a lo que le hizo gritar, llorar, reír, sufrir, lamentar y todo eso es el deporte. Quedémonos con las historias y valoremos el deporte con todos sus extremos. De alguna manera también nosotros debemos blindar a esa pasión que cada ocho días nos hace suspirar, dejar citas, pelear con personas, levantarnos temprano. Bien podemos ser unos defensores del deporte. Vale la pena nunca dejar de creer.

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