Casi todos conocemos a alguien que ha sufrido en carne propia las consecuencias de un accidente de tránsito, gente que ha perdido familiares, que ha quedado con discapacidades o que ha muerto. En el mejor de los casos, no nos pasó a nosotros o a alguien muy cercano, pero es imposible escapar a un fenómeno que deja 50 millones de heridos al año y 1.3 millones de muertos.

En estos meses hemos visto tragedias derivadas de accidentes automovilísticos: las motos en Cuernavaca, los 19 muertos del accidente de Puebla o los doce por el choque entre dos camiones de pasajeros en Chiapas. Por su dimensión, tuvieron una amplia cobertura en los medios de comunicación, pero cada día en México mueren 44 personas por accidentes de tránsito y la mayoría de las veces no nos enteramos salvo que nos toque de cerca.

Esto sucede en vísperas del Día internacional de las víctimas por accidentes de tránsito y unos pocos días después de un gris lanzamiento del plan de acciones del segundo decenio por la seguridad vial. En México se acompañó de algunas discusiones sobre una ley general de movilidad y seguridad vial impulsada por la sociedad civil, que se discute desde hace años, y con una reciente visita del enviado especial por la seguridad vial Jean Todt, presidente de FIA. En este sentido, me atrevo a decir que, a cada momento, alguien dice que es importante que la gente no muera en accidentes de tráfico, y cada diez años lanzamos un decenio de acciones y, sin embargo, el resultado parece no cambiar mucho lo que vemos y sufrimos en la calle. 

Además, nos enfrentamos a nuevas realidades. En muchas empresas los conductores siguen siendo invisibles a programas como los de seguridad, fidelización, salud. Encontramos trabajo precario para conductores que han detonado las aplicaciones de movilidad o mensajería, que contratan a personas sin prestaciones, a veces sin límite de horarios, sin revisiones periódicas de sus vehículos y, la mayoría de las veces, sin pruebas de conducción. 

El contexto es relevante. Tenemos solo nueve años para cumplir con el objetivo de reducir a la mitad las muertes por accidentes de tránsito que establece la meta 3.6 de los ODS y el recientemente lanzado segundo decenio de acciones por la seguridad vial. Los vehículos autónomos tienen un largo camino por recorrer antes de sustituir a los conductores.

La seguridad vial en las empresas es motor y promotor del trabajo digno cuando se hace con un enfoque integral: cuida al conductor, al negocio, a las personas de a pie que conviven con las operaciones de la empresa. En este sentido, la Organización Internacional del Trabajo publicó en 2019 un documento de guías para el trabajo digno en el transporte. 

La seguridad vial y la dignificación del conductor recorren el mismo camino, el único posible si pretendemos que existan conductores que lleven nuestros productos a tiendas, supermercados, gasolineras o casas. Cuidar a estas figuras es una responsabilidad compartida. 

El trabajo digno debe alcanzar a los conductores para tener ciudades sostenibles.