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Opinión

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Nostalgia e idealización por el pasado (Parte III) 

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

Joaquín Sabina.

En la primera parte de esta serie comenté el caso de Rusia, donde el terror y el autoritarismo han prevalecido por siglos, a pesar de algunos intentos infructuosos de romper con el pasado. En la segunda parte, comenté el caso de Francia, que después de un periodo de 10 años de caos revolucionario, regresó a su pasado monárquico reiteradamente. También revisé el caso de México en el siglo XIX, donde varios personajes como Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna y Porfirio Diaz, se aferraron al pasado autocrático de los tiempos previos a la Conquista y de casi tres siglos de Virreinato. Esta conducta, donde se idealiza el pasado, ha sido sumamente frecuente en la historia.

Otro ejemplo es el caso de China. En 1911, después de 260 años de reinado de la Dinastía Manchú y de mas de un milenio de gobiernos de diferentes dinastías reales, el Imperio Chino llegó a su fin. Sun Yat Sen fundador de la “Alianza Revolucionaria” que unos años después se convertiría en el Partido Nacionalista (Kuomintang) fue nombrado presidente de la nueva república, iniciando por primera vez un régimen democrático en China. Su gobierno, sin embargo, se enfrentó a una serie de luchas internas que le impidieron consolidarse. 

En 1920, un grupo de intelectuales chinos entre los que se encontraban Tchen Douxiu, Li Lisan y Chou En-Lai, decidieron fundar el Partido Comunista Chino en la ciudad de Shanghái. Este grupo de jóvenes, que habían estudiado en París, desanimados por la mala experiencia de la recién formada República China, fueron convencidos tanto por el ofrecimiento de la Unión Soviética de devolverle a China los territorios ocupados en tiempos de los zares (promesa que nunca se materializó), como por la expectativa de mejoras que el Comunismo parecía ofrecer a los trabajadores. Mientras tanto, otro joven llamado Mao Tse Tung se encargaba de la organización del partido en la provincia de Hunan. 

La relación entre el Kuomintang y el Partido Comunista, impulsada por la Unión  Soviética siempre fue frágil. Cuando murió Sun Yat Sen en 1925, su controversial lugarteniente, Chiang Kai Shek, tomó el poder apoyado por los soviéticos. En 1927 el nuevo líder traicionó a sus aliados, masacrando a los trabajadores de Shanghái que habían iniciado un levantamiento, pensando ingenuamente que contaban con su apoyo. A partir de ese momento empezó una guerra civil entre los “nacionalistas” y los “comunistas”, que duró decenas de años y que fue solamente interrumpida por la invasión japonesa a China entre 1937 y 1945.

Desde que tomó el poder en 1925, Chiang Kai Shek olvidó la visión democrática de su antecesor, Sun Yat Sen, para convertirse en un dictador. Trotsky se refería a el como “el Bonaparte chino”, pero este personaje contaba con el apoyo de Stalin. Por su parte, el Partido Comunista chino se fue dividiendo y varios de sus fundadores fueron desplazados. En 1927 el Secretario General del partido, Tchen Douxiu fue destituido, acusado de “troskista”, mientras que en 1930, su sucesor Li Lisan fue tachado de “desviacionista” de izquierda. Stalin, poco a poco se encargó de decapitar al Partido Comunista Chino, mientras que Mao Tse Tung se fue fortaleciendo, ante el debilitamiento de sus colegas y rivales. Su estrategia de guerra de guerrillas le permitió derrotar a los ejércitos nacionalistas de Chiang Kai Shek, mientras fusilaba a los partidarios de sus antiguos compañeros. Como comenta Patrick Lescot en su libro El Imperio Rojo: “Los guerreros rojos se devoraban entre si”.

Durante la “Larga Marcha” Mao, apoyado por los campesinos, agrupó a un ejercito de 120 mil hombres, convirtiéndose en el líder del movimiento revolucionario. Al finalizar la Segunda Guerra en 1945 y terminar la invasión japonesa, la Guerra Civil continuó. Mao expulsó a Chiang Kai Shek en 1949 (quien conformó en la isla de Formosa el actual Taiwan) y se afianzó en el poder. 

El gobierno de Mao fue terriblemente autoritario y sus decisiones tuvieron un elevado costo para el país. Después del fracaso económico y humanitario del “Gran Salto Adelante” en 1958, Mao inició la “Revolución Cultural” en 1966, que terminó en el desgarramiento de múltiples familias y en un retraso económico severo. Tanto Mao Tse Tung en China Continental, como Chiang Kai Shek en Taiwan, replicaron las costumbres autoritarias de los Emperadores chinos de la antigüedad. La nostalgia por el pasado autocrático ha dominado la historia de China hasta el día de hoy.

En algunos casos se tiende ha idealizar hechos históricos que fueron exitosos en circunstancias muy diferentes a las actuales. En el caso de Reino Unido, la nostalgia por el pasado imperial y la añoranza por la forma en la que el Imperio Británico dictaba las reglas del mundo, es lo que tal vez explica una decisión tan irracional como el Brexit; la salida reciente de Reino Unido de la Unión Europea. Como señala Anne Applebaum en su libro El Ocaso de la Democracia: “Para muchos era inaceptable que Inglaterra, país que nunca fue invadido ni conquistado, tuviera que aceptar que sus leyes y regulaciones tuvieran que ser negociadas con otros países europeos”. La campaña a favor del Brexit, además de haber estado rodeada de medias verdades en las que se minimizaban los costos de la transición y se exageraban los beneficios de esta decisión, apelaba a la nostalgia por el poderío del Imperio Británico. Es importante recordar, sin embargo, que este gran imperio inició su declive al finalizar la Primera Guerra y prácticamente desapareció como potencia económica después de la Segunda Guerra. El impacto del Brexit aún es difícil de cuantificar, pero seguramente le ha cobrado una factura tanto a Reino Unido como al resto de Europa.

Vale la pena ahora analizar la nacionalización de la industria petrolera ocurrida en nuestro país el 18 de marzo de 1938, cuando el general Lázaro Cárdenas firmó el Decreto de Expropiación que le retiraba los derechos de exploración, explotación y distribución a las empresas petroleras extranjeras. La medida provocó el enojo de dichas compañías, cuya actitud de enfrentamiento hostil no podía ser aceptada por el presidente Cárdenas, quien calculó muy bien sus riesgos. Como lo señala Daniel Yergin en su libro The Prize: “Roosevelt no iba a arriesgarse a perder la cooperación de su vecino ante la amenaza de una guerra próxima”. Hay que recordar que aunque la Segunda Guerra Mundial inició hasta septiembre de 1939, Alemania se había anexado Austria el 11 de marzo de 1938. Por otra parte, a diferencia de la situación actual, la importancia del petróleo iba en ascenso en el mundo y México fue el primer país en abogar por la soberanía de los recursos naturales y por la repartición de los ingresos provenientes del petróleo. De hecho, las medidas tomadas por el presidente Cárdenas fueron consideradas como ejemplo en varios países, principalmente en el Medio Oriente. Sin embargo, en las siguientes décadas México dejó de ser un referente mundial en materia petrolera ante la falta de inversión en Pemex, lo que fue mermando seriamente la productividad de la empresa.

La nacionalización de la Industria Eléctrica, llevada a cabo por el presidente Adolfo López Mateos en 1960, es otro ejemplo interesante. Durante 55 años el servicio eléctrico estuvo acaparado principalmente por dos empresas extranjeras que no alcanzaban a cubrir la demanda local (únicamente el 44% de la población tenía acceso a la energía eléctrica), mismas que mantenían precios muy elevados y arbitrariamente administrados. Sin duda, las medidas tomadas por López Mateos hacían sentido en ese momento histórico. De hecho, la coordinación entre Pemex y CFE funcionó bastante bien por alrededor de 30 años. Pemex producía combustóleo y la CFE lo utilizaba como insumo. Sin embargo, para enfrentar la competencia internacional con la que México ha lidiado  desde los 90’s a raíz de la globalización, se requiere de energía a mejores costos de lo que CFE puede por si sola ofrecer. Por otra parte, el deterioro del medio ambiente requiere de ir sustituyendo energías sucias, como el uso de carbón y combustóleo, por energías limpias como la eólica y la solar. Se requiere además, de energía suficiente para cubrir la creciente demanda de nuestra población y de las empresas. Para lograr lo anterior, es indispensable que fluya la inversión privada, tanto local como extranjera, y para ello se necesitan reglas claras. Nuestro país necesita de pragmatismo y complementariedad entre los diferentes sectores de la sociedad, voltear a ver el futuro y dejar de idealizar el pasado.

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