Donald Trump recurre a la migración para salvar a Estados Unidos del azote del coronavirus.

El presidente echa mano de su placebo que lo llevó a la Casa Blanca para resolver una crisis sanitaria que ha costado la vida a 44,596 estadounidenses y el trabajo a 22 millones. La migración como el estimulante de su popularidad; los vetos migratorios como regeneradores de la serotonina, la hormona que produce felicidad.

“Proporciona una nueva interpretación de la vida: menos rica, más artificial, e impregnada de cierta rigidez. No procura ninguna forma de felicidad, ni siquiera un verdadero alivio (...) Permite engañar” (Serotonina, Michel Houellebecq).

La realidad es que Donald Trump se ha convertido en un presidente predecible. Buena noticia si no estuviera en temporada electoral. Plausible rasgo si en Estados Unidos no estuvieran muriendo más de 40,000 personas por el azote del nuevo coronavirus.

Trump recurre al modelo Bannon para asustar y confrontar a la demografía estadounidense con menor preparación y con más angustias económicas. La noche del lunes tuvo la ocurrencia de lanzar un tuit para anunciar que cerrará las fronteras a la migración legal para salvar empleos durante el azote del nuevo coronavirus.

Si esta es la aspirina con la que solucionará las externalidades de la pandemia para la que aún no existe vacuna, el presidente perderá las elecciones de noviembre.

Su personalidad embona con mayor precisión en el mundo del espectáculo que en el de la política. Al ser predecible, ya conocemos el guión de la segunda temporada, es decir, el intento que está haciendo por reelegirse en noviembre.

Trump sabe que cometió el grave error de subestimar el impacto del nuevo coronavirus; la ciencia, para Trump, es ciencia ficción.

Los archivos y grabaciones de sus múltiples reacciones están frescas y el equipo de Joe Biden ya las está editando para lanzarlas durante la campaña.

En su intento de reaccionar ante el virus, el presidente recurre a la migración para cerrar puertas y ventanas del país, creyendo que los muros detienen el paso del virus.

“A la luz del ataque del enemigo invisible y de la necesidad de proteger los trabajos de nuestros grandes ciudadanos estadounidenses, firmaré una orden ejecutiva para suspender temporalmente la inmigración a Estados Unidos”, escribió en Twitter.

En un entorno como el que vive Estados Unidos, la decisión es algo más que anémica por varios aspectos: las fronteras están cerradas; varios países se mantienen bajo el estado de confinamiento, y el espacio aéreo está reducido a pocos vuelos internacionales.

Y, sin embargo, Trump estampará su firma en una orden ejecutiva como un acto más de campaña en medio de la crisis. Mientras tanto, la sociedad estadounidense seguirá mirando hacia Nueva York para conocer en voz de su gobernador las acciones que está implementando para mitigar el impacto del Covid-19.

“Los muros entre antiguos aliados a uno y otro lado del Atlántico no pueden seguir en pie. Los muros entre los países que más tienen y los que tienen menos no pueden seguir en pie. Los muros entre razas y tribus, entre nativos e inmigrantes, entre cristianos, musulmanes y judíos, no pueden seguir en pie. Ésos son los muros que debemos derribar”. Se trata de un fragmento del discurso que leyó Obama en Berlín durante su gira de despedida presidencial. El discurso lo escribió Ben Rhodes.

Cuatro años después, Donald Trump se encuentra atrapado en una agenda de crisis en la que no está preparado para solucionar problemas.

Estados Unidos se ha retirado del mundo porque Trump lo ha decidido. Trump está desesperado, no tiene contenido para la segunda temporada.

[email protected]

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.