En los últimos decenios, el foco sobre la alimentación infantil ha sido una de las tendencias en salud pública importantes, bajo la premisa de que, ante las altas prevalencias mundiales de obesidad y sobrepeso, se mira al futuro estado de salud de las generaciones que en unos años serán adultos. Es como si los adultos ya estuviéramos echados a perder y entonces toca reeducar a los niños para que no comentan los mismos “errores” de los adultos en cuanto a estilos de vida saludables.

La forma en que se construyen los gustos y preferencias de los niños es uno de los ejemplos más potentes en la forma en la que lo biológico y lo social se encuentran entremezclados. En nuestro afán por comprender mejor la realidad, generalmente dividimos las investigaciones de tipo biológico y de tipo social, cuando en realidad los factores que influyen en los fenómenos como el de la construcción de las preferencias alimentarias de los niños casi siempre se encuentran con límites difusos. Sabemos que las preferencias alimentarias de los niños se van forjando incluso antes de nacer, a través de lo que las mamás comen durante el embarazo. Fisiológicamente, se ha encontrado que tenemos una predisposición a preferir sabores salados y dulces. Pero todo esto es totalmente moldeado con hechos culturales y sociales que parecerían evidentes, pero que involucran mayor profundidad en la forma en la que los padres se relacionan con la alimentación y, por lo tanto, los símbolos y preferencias que los niños construyen alrededor de los alimentos.

Es típico y casi normal como parte del desarrollo de la identidad de los niños que pasen por una etapa de neofobia, es decir, de rechazo a nuevos alimentos o sabores. Esto es un mecanismo primitivo de supervivencia, que se fundamenta en el rechazo a posibles tóxicos. Sin embargo, esto puede ser incrementado o regulado socialmente. Para muchos padres puede ser frustrante que sus hijos no coman lo que se supone que deberían comer, cuando invirtieron tiempo, dinero y esfuerzo en que ese alimento llegara a la mesa para que su hijo lo coma. Pero en muchas ocasiones, olvidamos que para que los niños acepten un alimento es primordial que los padres también sean consumidores de ese alimento. Aquí es donde aquella premisa de que hay que educar a los niños porque los padres “ya están echados a perder” se desecha por la borda, puesto que es en el núcleo familiar primario donde se moldean los hábitos.

Algunos investigadores también apuntan como un error considerar que algunas comidas son para niños y algunas otras para adultos, para estos últimos, generalmente las que tienen sabores más amargos, más ácidos o más picantes. Pero si los niños no son expuestos a esta variedad desde pequeños es muy difícil que en edades posteriores adquieran un amplio repertorio de sabores. Entre más amplio es el repertorio de sabores, mayor es la variedad de alimentos que comen y, por lo tanto, es más probable que su dieta reúna mayor variedad de nutrimentos.

Entendiendo que el moldeo de los gustos y preferencias de los niños se hace social y culturalmente, tenemos un margen de acción e intervención en su alimentación desde un punto de vista que no resulte generador de mayores ansiedades que las que despierta la maternidad y la paternidad. En una próxima entrega de Punto y como, veremos qué es lo que aconsejan los especialistas en torno a estos temas.

@Lillie_ML