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Opinión

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Niñez enclaustrada: ¿daño colateral? III

Lucía Melgar

La prolongación de este tiempo de incertidumbre ante la pandemia, en particular en países como México y Estados Unidos donde no se han tomado medidas efectivas para evitar mayores contagios y muertes, impide planear hacia el corto y mediano plazo con un mínimo de certeza. Diversas autoridades están apostando por medidas que, en principio, podrían permitir un “regreso a la normalidad” que evite mayores pérdidas económicas y prevenga en lo posible nuevos contagios.

Prestar atención a la salud física y a la economía es sin duda prioritario y deben encontrarse soluciones reales que no antepongan la necesidad de reducir la crisis económica a la urgencia de prevenir una catástrofe sanitaria mayor.

Al mismo tiempo, es preciso reconocer el impacto psicológico de la pandemia y la cuarentena en comunidades, familias y personas. Pensar que somos una sociedad resiliente porque “ya estamos acostumbrados” a terremotos, inundaciones y otros desastres naturales  o porque, pese a la violencia extrema seguimos “funcionando” como sociedad, es ocultar bajo el tapete los efectos negativos de tales eventos potencialmente traumáticos y  seguir normalizando situaciones dañinas para la psique individual y la convivencia social.

Si bien un mismo acontecimiento puede afectar en grados variables a las personas y no todas quedan necesariamente traumatizadas, ni padecen las mismas secuelas, e incluso muchas pueden resistir, adaptarse y reconstruirse, pasar por alto los potenciales efectos dañinos del aislamiento, del empobrecimiento material y social, de la incertidumbre misma, o el impacto de la violencia en el ámbito familiar en estos tiempos, implicaría dejar pasar la oportunidad de debatir y enfrentar, desde la sociedad y las instituciones gubernamentales, el tema de la salud mental, todavía cercado de prejuicios.

En este campo, uno de los problemas que requiere mayor difusión, y sobre todo prevención, es el impacto potencial del maltrato infantil y de la violencia familiar e institucional en el desarrollo de niños, niñas y adolescentes.

¿Qué pasará con esos niños y niñas que ha sido separados de sus familiares y abandonados a su suerte en centros de detención o con familias temporales  en Estados Unidos? ¿Cómo están creciendo los niños maltratados a diario por padres o madres desesperados o sólo incapaces de reconocer en sus hijos a  personas con derechos? ¿Qué futuro está ofreciendo el Estado a niñas abusadas por familiares a las que autoridades estatales o municipales impiden abortar? ¿Cómo reparará el Estado el daño que inflige  su negligencia o colusión con la trata y la pornografía infantil? ¿Qué porvenir tendrán las niñas, niños y adolescentes que han vivido la cuarentena con miedo, violencia y hambre?

Potencialmente, estos niños, niñas y adolescentes pueden quedar marcadas, por meses, años o toda la vida, por experiencias de abandono, humillación, descalificación, maltrato físico, abuso, cosificación, y deshumanización en sus distintas variantes.

La violencia psicológica por sí misma deja hondas huellas que repercuten en el desarrollo emocional; el abuso sexual y el maltrato físico, sobre todo cuando es temprano, pueden afectar el desarrollo neurológico, y por tanto intelectual, de quienes lo sufren; el abuso sexual y la violencia constante pueden empujar a conductas de riesgo o a la depresión.

En tanto a menudo no se vive una sola forma de violencia y se está expuesta a maltrato en distintos ámbitos, en la infancia y juventud pueden acumularse experiencias traumáticas difíciles de superar, sobre todo sin ayuda. Así, pueden desarrollarse trastornos de estrés postraumático que dificultan o arruinan la vida.

Ocultar, minimizar o tolerar el maltrato y los abusos contra niños, niñas y adolescentes, es normalizar la violencia contra quienes en muchos casos no pueden denunciar ni defenderse, aceptar como “condición de vida” lo que son violaciones  a derechos humanos, y propiciar más insatisfacción, desesperanza y dolor en generaciones cuyo futuro está ya rondado de riesgos. 

Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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