Las vidas de los ricos y los famosos han sido manantial inagotable para la televisión. Mucho antes de los realities siguiendo a amas de casa por tiendas, bares, estéticas y jacuzzis. La infelicidad de los millonarios, su avaricia e hipocresía desfilaba por las telenovelas mexicanas y la televisión matutina estadounidense.

Después, a mediados de los años setenta, de la mano de un puñado de best-sellers, las disfuncionales familias de los ricos pasaron a la hora prime de la televisión. Primero con Dallas (1978-1991), Dinastía (1981-1989) y después con Falcon Crest (1981-1990). Todas minando el pasmoso arrobo, como anticipara Tolstoi, que provocan las familias infelices.

El sueño americano siempre ha tenido una fascinación por el éxito y este suele escribirse con signo $ y con el culto a la fama. La celebridad como aspiración per se y vacía: la realización a través de la mirada ajena. De la telenovela al reality pasando por los canales de explotación a través del chisme y el paparazzi. El mayor ejemplo del fenómeno ocupa hoy en día la casa más famosa del mundo (en la avenida Pennsylvania).

Detrás de la fantasía y la aspiración irrestricta al lujo y el derroche, uno de los aspectos más curiosos de este culto es que suele ser celebrado a través de la decadencia, infelicidad y desgracia. No hay mejor ilustración que nuestro célebre ejemplo nacional: los ricos también lloran.

En el mundo donde la distancia económica entre el 1% y el 99 restante es cada vez mayor, siempre queda el consuelo de que ese 1% no consiga escaparse a las miserias humanas que viven los demás.

La más reciente entrada en una saga cuyo mayor representante en el séptimo arte bien puede ser Citizen Kane y en la literatura El gran Gatsby; es la nueva serie de HBO: Succession. Entrada a la familia billonaria disfuncional 2.0: La familia Roy, encabezada por el patriarca Logan Roy (Brian Cox), magnate mediático global y sus cuatro delirantes hijos.

Logan está a punto de retirarse, o por lo menos eso quiere Kendall (Jeremy Strong), quien se ha preparado para modernizar una empresa que controla desde telecomunicaciones hasta un canal de noticias internacional, parques de diversiones y cruceros.

No toda la familia ve con buenos ojos el relevo. Empezando por Logan que no está dispuesto a ceder un control que logró como un vivo ejemplo del capitalismo salvaje, a un hijo que considera débil. El resto de la camada tampoco aporta un heredero real: Roman (Kieran Culkin) es traicionero, irresponsable y veleidoso. Connor (Alan Ruck), el mayor, es un solitario y desquiciado ranchero en Nuevo México. Shiv (Sarah Snook) es mercadóloga política.

A la asfixiante atmósfera familiar se le suman un puñado de aspirantes dispuestos a todo por colarse en las cuentas de gastos (el sobrino pobretón, el tío resentido, la segunda esposa, el novio, abogados, traficantes y vividores de alto nivel).

La serie es un proyecto personal de veterano guionista televisivo británico Jesse Armstrong, con una filmografía extensa e irregular. No obstante, si una cualidad tiene esta nueva propuesta del nido de serpientes y diamantes, son precisamente sus guiones.

Digo esto sin demérito a un elenco excelente y una puesta en escena impecable, al nivel de lo mejor de HBO. Son guiones que navegan al borde de lo fársico sin tropezar. Con personajes casi siempre horribles que seguimos con una sensación a medio camino entre el morbo y el placer culpable.

Si el cine y la televisión estadounidenses tienen una larga tradición siguiendo los disparates del éxito y sus excesos, tienen una comparable explorando las perversidades, lealtades filiales y traumas irreparables de la familia disfuncional. Y ahí es donde Armstrong encuentra la mayor veta y conexión con el espectador que es capaz de empatizar con las aspiraciones de uno, el resentimiento del otro y la ambición de aquel.

No hay aquí crimen y venganza (Bloodline), ni la búsqueda de supervivencia y continuación de un modo de vida a la manera de Downton Abbey. De esta última, Succession bien podría ser su reverso ideológico, estético y moral. Hay, como motor, la ambición desnuda y una interminable sucesión de secretos listos a ser desenterrados y ventilados, pero no a modo de expiación o catarsis, sino como combustible ponzoñoso, como arma letal para imponerse a los demás. Los Roy lo entienden muy bien. No se trata de dinero, se trata del poder.

Twitter: @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).