A lo largo de la historia, ha sido común el que la sociedad, las autoridades y las personas quieran ocultar algo que resulta evidente, aceptando sólo los hechos que convienen a sus intereses o que coinciden con su forma de pensar. Esta acción se conoce popularmente como “tapar el sol con un dedo”, “esconder la cabeza en la arena” o “voltear hacia el otro lado”.

Durante la Edad Media los ejércitos árabes invadieron Asia Central, el Cáucaso y el norte de África, además cruzaron el Estrecho de Gibraltar para llegar a España. Los musulmanes conquistaron un mundo ordenado con ciudades y puertos prósperos que les permitieron comerciar entre el Golfo Pérsico y China, dominando las rutas comerciales del Desierto del Sahara. Con el gran desarrollo económico, el conocimiento científico floreció; los estudios sobre el movimiento de rotación y traslación de la Tierra y el concepto del cero, se desarrollaron en ese entorno. Mientras tanto, la Europa cristiana se estancaba. Como lo comenta Peter Frankopan en su libro Las Rutas de la Seda, el rechazo a la ciencia era tajante, incluso San Agustín, conocido por su defensa de la razón como “la única facultad para alcanzar la verdad”, se oponía a la investigación diciendo: “La curiosidad no es mas que una enfermedad”. La negación al progreso científico provocó el estancamiento de occidente por varios siglos.

Algo similar sucedió durante la Revolución Industrial en Inglaterra, donde la invención de la máquina de vapor permitió la transformación de los medios de transporte y de los procesos de producción, observándose un crecimiento simultáneo en la población y en el ingreso per cápita. En palabras del famoso economista Robert Lucas: “Por primera vez en la historia, el nivel de vida de las masas y la gente común experimentó un crecimiento sostenido”. Sin embargo, no todo mundo estuvo dispuesto a aceptar el cambio. A principios del siglo XVIII, un grupo de artesanos textiles se dedicó a la destrucción de maquinaria de hilatura industrial. El llamado movimiento ludista se oponía a la industrialización, la automatización y la adopción de nuevas tecnologías, pensando en que este proceso podía ser frenado. Oponerse al desarrollo tecnológico, que permite abaratar los costos de producción y mejorar la productividad, es negarle a la sociedad la posibilidad de crecer, lo que sin duda es querer “tapar el sol con un dedo” o negar la realidad.

En 1519 Hernán Cortés ingresó al territorio mexicano. Gran parte de su avance se debió a que el emperador azteca Moctezuma Xocoyotzin no le cortó el paso. El emperador azteca estaba convencido de que los visitantes españoles eran enviados del dios Quetzalcóatl, ya que cuando recibió la noticia de que llegaron seres con dos cabezas (que en realidad eran hombres barbados montados a caballo) y con bastones que escupían fuego y mataban a distancia, corroboró su idea de que los dioses habían llegado. Ante la serie de presagios ocurridos previamente como el paso de un cometa, el incendio de un templo, la caída de un rayo en un altar, una marejada en el lago de Texcoco que inundó parte de Tenochtitlán y la aparición de un eclipse, el emperador influido por su fatalismo se convenció de que no tenía sentido confrontar a los españoles. Creía que ante la fortaleza de sus oponentes, lo mejor era mantener la paz para lograr la supervivencia de su pueblo. Por esa razón desde antes de la llegada de Cortés a Tenochtitlán, Moctezuma envió regalos y ofrendas con el propósito de alejar a los conquistadores, pero provocó el efecto contrario incrementando el interés de estos por seguir avanzando. Cuando el emperador azteca se dio cuenta de que los conquistadores no eran dioses, sino hombres, ya era demasiado tarde. Fue arrestado por los conquistadores y herido de muerte por una pedrada de sus súbditos. Ya sea por cobardía o por fatalismo, Moctezuma no reconoció a tiempo el peligro que enfrentaba, negándose a aceptar la realidad.

A finales del siglo XVII el té proveniente de China era un artículo de lujo consumido únicamente por la aristocracia inglesa. Cuando la Compañía de las Indias Orientales (brazo comercial de la corona inglesa), logró establecer puntos comerciales en China e importarlo directamente, los precios del té bajaron sustancialmente, haciéndolo disponible a un público más amplio. El té fue desplazando a la seda como la principal importación de productos provenientes de China, llegando a representar el 60% del comercio efectuado por la Compañía de las Indias Orientales, mientras que el impuesto al té representaba el 10% de los ingresos del gobierno inglés. Para pagar sus importaciones de té, la Compañía de las Indias Orientales, impulsó el cultivo de opio en India, su principal colonia, para exportarlo ilegalmente a China. Los chinos habían prohibido el opio desde 1729 por la gran adicción que existía en su población, pero los ingleses se las ingeniaron para contrabandearlo masivamente a China. Las exportaciones inglesas de opio a China se incrementaron 250 veces para llegar a 1,500 toneladas anuales en 1830.

En el año de 1839 inició la Primera Guerra del Opio, cuando el gobierno chino cerró todas las fábricas extranjeras como medida para detener el tráfico de opio en su territorio. Gran Bretaña envió una expedición militar que navegó por el río Yangtse, con el pretexto de “defender el libre comercio”. Ante el ataque inglés, donde dos barcos ingleses hundieron fácilmente a 28 barcos chinos, China tuvo que pagar una indemnización, ceder Hong Kong a Gran Bretaña y abrir 5 puertos al comercio internacional, además de darle a Gran Bretaña el trato de “nación más favorecida”. En el año 1856, Gran Bretaña y Francia atacaron a China, en lo que se denominó la Segunda Guerra del Opio, logrando la apertura de 11 puertos adicionales en el año de 1860. Como comenta el historiador inglés Niall Ferguson en su libro Empire: “Una ironía del sistema de valores de la época Victoriana es que la marina inglesa que se dedicó en esa época a prohibir el comercio de esclavos apoyó activamente la expansión del tráfico de narcóticos”. Años después Gran Bretaña cambió su actitud moral y se retiró del tráfico de opio. El “arrepentimiento” de Gran Bretaña fue tardío; el opio había penetrado en todas las esferas de la vida china. En Yunnan, una de las principales áreas de cultivo de amapola, el 90% de los adultos varones fumaba opio. El que Gran Bretaña haya “volteado hacia el otro lado” para cubrir su déficit comercial en los siglos XVIII y XIX, dio origen al narcotráfico a gran escala, un mal que sigue aquejando a nuestra civilización en la actualidad.

Otro ejemplo de negación del avance tecnológico se dio en Europa Oriental durante el siglo XIX, cuando países con gobiernos absolutistas como el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio del zar en Rusia, se opusieron a permitir la construcción de vías de ferrocarril y de fábricas en sus principales ciudades, por miedo a que los obreros pudieran rebelarse. Estos eventos les impidieron a ambos países competir efectivamente con otras potencias que invirtieron fuertemente en el avance tecnológico.

En la situación actual, no podemos darnos el lujo de “tratar de tapar el sol con un dedo”. Oponerse al cambio tecnológico en la industria energética, desincentivando el uso de las energías eólica y solar, favoreciendo el uso de energías contaminantes o dedicar recursos a la refinación de gasolina en un momento en que no es un negocio rentable, son posturas que desde mi punto de vista, implican una negación de la realidad.

En la segunda parte de esta serie de cuatro artículos comentaré otros ejemplos, como el no reconocimiento del debilitamiento del Imperio Austriaco a partir de finales del siglo XIX, la negación de la derrota por parte de Alemania en la Primera Guerra Mundial, la no aceptación de la crítica situación de Francia en el periodo entre-guerras y la miope cesión de Checoslovaquia a Alemania poco antes de la Segunda Guerra Mundial.