En épocas de la Santa Inquisición, costaba la vida oponerse a cualquier cosa que hiciera o decretara la Iglesia Católica. Hoy, no existe tal tribunal que otorgue impunidad a nadie, menos a los legisladores.

Es muy sencillo que muchos de los 500 diputados y los 128 senadores, más un número importante de legisladores locales, confundan el fuero con el carácter de intocables.

Por alguna extraña razón, cuando el Poder Legislativo obtuvo un poder que por décadas le negó el presidencialismo mexicano, se creó la idea que adquirían a la par el halo protector de los mandatarios priístas que eran, sin duda, intocables.

Alguien con un poco de edad recordará que eran prácticamente imposibles las críticas hacia Luis Echeverría o José López Portillo. Todavía Carlos Salinas gozó de esa protección implícita a la crítica interna.

Mientras más famoso el legislador, más delgada la piel ante la crítica. Pero eso sí, la soberbia de ese Poder los hace creer que tienen el derecho de apuntar su dedo acusador en contra de cualquiera, sin merecer respuesta.

Vale la pena aquí el apunte que hay, al menos, otro sector de la sociedad que se siente con el mismo derecho cuasi divino de lanzar críticas, a veces infundadas, sin merecer a cambio al menos un derecho de réplica. Ese sector es la prensa.

Hay medios y comunicadores con una sensación de infalibilidad que hace sospechar de su carácter de ser seres humanos, mortales como el resto.

A la tele o a la radio se le apaga o se dobla el periódico, pero los legisladores deben cumplir un papel fundamental en la sociedad: dotar de armas legales para su funcionamiento ideal.

Si tuviéramos un Congreso de la Unión ejemplar que hubiera procurado discutir y aprobar las mejores leyes para este país, uno que trabajara intensamente en comisiones y que se distinguiera por ser un verdadero motor político del país, podría ser injusta la crítica, nunca reprobable, pero sí cuestionable.

Pero no. Tenemos un Poder Legislativo que ha entregado resultados de vergüenza. Paralizado, partidizado, utilizado con fines particulares y que, además, nos cuesta mucho. Lo menos que debemos hacer como contribuyentes es exigir que hagan su trabajo.  Si se enojan, mal por ellos.

Eso sí, cuando se trata de criticar el trabajo de otros poderes, en especial el Ejecutivo, no tienen empacho en aprobar puntos de acuerdo, crear comisiones, lanzar declaraciones banqueteras, inventar frases ocurrentes, lo que sea con tal de mostrarse tan infalibles como Zeus castigando a un mortal.

Qué bueno que en Javier Lozano se encontraron a alguien que no le da miedo hablarle al Poder Legislativo de tú a tú, como tiene que ser una relación entre poderes similares. Qué lástima que no haya oportunidad de un diálogo más constructivo entre Ejecutivo y Legislativo.

Lo cierto es que no han podido refutar el señalamiento del Secretario del Trabajo de que la reforma laboral está congelada por fines partidistas, porque el PRI quiere proteger su campaña electoral del Estado de México.

Y tanta razón hay en este planteamiento que ya negocian con Gobernación y otros partidos políticos que, tan pronto como pase el 3 de julio, el Honorable Congreso de la Unión reactivaría las discusiones legislativas de ésta y otras iniciativas congeladas.

Quizá desde el mismo gobierno federal deberían reclamar la baja efectividad que ha tenido la bancada de su propio partido, el PAN. Porque es un hecho que allá en San Lázaro y allá en el defectuoso edificio senatorial del excine Roble la falla legislativa ha sido pareja, democráticamente equitativa en la pobre actuación de todos los partidos.

Lo cierto es que más que callar las voces, hay que sumarlas para exigir que trabajen los legisladores. Nos han quedado a deber mucho a los mexicanos.

La primera piedra

No importa si la Organización Mundial de la Salud se esmeró en explicar detalladamente cuáles podrían ser las condiciones para considerar que el uso de los teléfonos móviles deberían ser tomados en cuenta como un posible factor de riesgo de cáncer cerebral.

Lo que al final queda es que el mundo entendió que los celulares provocan cáncer, punto.

Lo que sigue ahora es que demuestren lo que ya se dio como un hecho en todo el planeta o que lo desmientan a la par que hacen algo para detener la paranoia que provoca el imaginar una muerte tan fea como la que implicaría un tumor en la cabeza.