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Opinión

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México es San Garabato, Cucuchan

El gobierno que nos dijo que nos transportaría a un país sin desigualdad social nos ha transportado a una república bananera, donde la oligarquía, la de verdad, respalda al gobierno gracias a la libertad con la que puede hacer sus negocios y los contratos de la propia administración. 

El “hijo del maíz y el rayo restaurador” que aspiró a darle otro rostro a la presidencia y el gobierno lo ha logrado, pero en cada ocasión que intentó ser solemne, cayó en el ridículo. Ahí está el inicio de las conferencias mañaneras, donde se ve un gordito en traje que camina por los pasillos de Palacio Nacional tratando de parecer majestuoso y lo único que logra es verse lento y cansado. Supongo que detrás está Epigmenio Ibarra, el mismo que mostró en cadena nacional las históricas nalgas del prócer subido a una histórica silla del histórico Palacio Nacional. Alguien debía avisarles que es el siglo XXI y que lo pomposo termina siendo la mayoría de las veces grotesco.

La lista de los ridículos es grande. Van unos ejemplos. El 23 de diciembre de 2020, los secretarios de Relaciones Exteriores y Salud, acompañados por subsecretarios, militares y numerosa comitiva (como se decía antes), llegaron al aeropuerto para recibir ¡una cajita con las primeras vacunas contra la COVID-19! Y si esto no bastaba, el canciller, trémulo de emoción (lugar común que les viene bien), exclamó triunfante: ¡misión cumplida! Casi una crónica de la llegada de personas “notables” al aeropuerto de la CDMX en los años 40. Me pregunto si ese “logro” hizo a Ebrard ilusionarse con la idea de convertirse en el delfín.

Dicen que los gobiernos que no tienen grandes éxitos deben presumir cosas menores y dado que tenemos un aeropuerto casi sin uso, una refinería que no refina y un tren que está destruyendo la selva, algo tiene que decir el que lleva “32 soles en el alma” y sus fervientes seguidores. Por cierto, la mayoría de las grandes figuras de este gobierno y socios tienen un fuerte problema al leer en público, como muestra hay que ver como cada miércoles la señora García Vilchis derrapa una y otra vez en su lectura. Escribir tampoco es lo de ellos, tal vez por eso les da por plagiar escritos como lo hicieron Yazmín Esquivel (SCJN), Alejandro Gertz (FGR) y José Antonio Romero (CIDE). 

La narrativa de este gobierno parece una mezcla del guion de La corneta de mi general (1989) con un discurso de don Perpetuo del Rosal, es vulgar, repetitiva, sin imaginación, pero tiene un ingrediente original del “hijo de… los cuatro puntos cardinales”: la agresión constante, la calumnia y la descalificación. 

Otra del aeropuerto Felipe Ángeles. Ante la ausencia de aviones y pasaje, ordena el que le dio la oportunidad a Layda Sansores de “escribir un renglón” (que no se diga que no sabe escribir) que todos los aviones de carga lleguen al AIFA. Se presentan el presidente y su comitiva (¿estamos en 1949?) al lugar para recibir el primer avión de carga que… había llegado un día antes y lo guardaron en un hangar para la ceremonia. La recepción de jefe de Estado a un avión de carga que, además, está vacío.

Los ridículos son muchos: rifas del avión presidencial, el himno al AIFA, el ahuehuete de Claudia y la oda a López Obrador son solo algunos de los muchos hechos memorables. Es encomiable que el presidente no le tema al ridículo o que pueda soportar la oda en su honor sin sonrojarse o salir corriendo. 

Hay ridículos que son inofensivos y graciosos, pero estos que vivimos no lo son. Decía el checo Václav Havel que cualquiera que se tome demasiado en serio terminará haciendo el ridículo y López cumple al pie de la letra esto. Hay payasos graciosos, pero el que padecemos nos recuerda a Pennywise. 

Masacres, asesinatos de periodistas y defensores de derechos humanos, muerte de personas por falta de medicamentos o en accidentes como el del Metro del 3 de mayo de 2021 y la más reciente tragedia, que no la última, el incendio de la cárcel disfrazada de albergue del Instituto Nacional de Migración que costó la vida de al menos 39 personas encerradas cuyo único delito era la búsqueda de una vida mejor. 

Después de estas muertes o de otras igualmente terribles, oír que el presidentito diga que a los migrantes se les cuida, se les protege, se les alimenta y se les atiende con servicios de salud o que el Ejército no viola los derechos humanos o que el crimen organizado no impone su ley en vastos territorios del país es, simplemente, ridículo, un ridículo sangriento y que nos cuesta muchas vidas.

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