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Opinión

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Medio ambiente: se cierra el ciclo

El medio ambiente como concepto y campo de política pública ha cumplido un ciclo y se acerca a cerrarlo. Hoy se ve agotado y su horizonte está cada vez más vacío.

Recordemos que antes de los años 70 del siglo pasado, el medio ambiente no existía; temas que después se tornaron ambientales estaban disgregados en departamentos de aguas y saneamiento, en secretarías de Salud, Agricultura, Obras Públicas, Asentamientos Humanos, y Pesca.

Sin embargo, poco a poco y por razones que merecen ser documentadas en otro momento, adquirieron unidad conceptual y configuraron un campo propio.

No es muy claro por qué cuestiones tan disímbolas como la contaminación del agua, la basura, la calidad del aire, los bosques y los parques nacionales, los residuos peligrosos, las actividades industriales riesgosas, la vida silvestre, la capa de ozono y más adelante la conservación de los mares fueron seleccionados y englobados en un nuevo sistema común de valores y propósitos, bautizado como ambiental o ecológico. Será interesante tratar de entenderlo más adelante, aunque por lo pronto sabemos que ostentan un denominador común: se asocian con bienes públicos no convencionales y vinculados a elementos biológicos y físicos del entorno humano.

En los años 80 y 90 del siglo XX se crearon entidades de gobierno que agregaron todos estos temas de diversas maneras (o al menos lo intentaron) en nuevos sectores o subsectores denominados ecología, medio ambiente y/o recursos naturales (Sedue, Sedesol, Semarnap, Semarnat).

La satisfacción a mediados de los años 90 fue grande, por fin todo lo ambiental recibía los blasones merecidos, quedaba cobijado dentro de una misma casa y era tutelado por gremios e intereses emergentes propios.

Pero el desencanto fue sembrado casi de inmediato. Primero fue en el agua; poco o nada se podía hacer en el tema desde el campo ambiental, sus instrumentos y actores. Después fue en la pesca; los intereses de la industria pesquera y el caos prevalecieron. Igual, los asentamientos humanos, la basura y el uso del territorio se rebelaron contra el ambientalismo parapetados sólidamente dentro de las competencias municipales cimentadas en el Artículo 115 constitucional y en una nueva realidad política notablemente descentralizada y atomizada.

Los subsidios a los combustibles, a la agricultura y a la ganadería siguieron su lógica ignorando olímpicamente la existencia del medio ambiente. Si bien los monopolios estatales en petróleo y electricidad fueron receptivos a las demandas ambientales y a la nueva normatividad, su visión e inercias esenciales nunca fueron alteradas.

La industria privada, más sensible por razones de imagen corporativa, exigencias de matrices de ultramar, competitividad y minimización de riesgos, entró primero que nadie al redil ambiental, aunque no sin patadas y raspones al inicio, gracias a la presión del Tratado de Libre Comercio (TLC).

No obstante, con el tiempo dejó de ser noticia; cumple en automático con auditorías y procedimientos burocráticos, y supera normas y expectativas en materia de aguas residuales, residuos industriales y emisiones a la atmósfera. No hay casi nada más (de relevancia) que hacer con ella.

La conservación de la naturaleza maduró dentro de lo ambiental, primero como un área administrativa de creciente jerarquía y presupuesto, y después como un exitoso órgano desconcentrado semi-autónomo en forma de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.

El tema forestal coexistió al principio, incómodamente, con lo ambiental en forma de área administrativa especializada, pero después saltó la Conafor para independizarse en los hechos como órgano desconcentrado, adquirió abultadas clientelas políticas propias y, por tanto, presupuestos inusitados para atenderlas y cultivarlas. Por su lado, muchos procedimientos típicamente ambientales de regulación directa por medio de la evaluación de impacto ambiental, permisos y licencias se fueron a los estados y a los municipios

Ahora, de manera más franca, en los últimos tiempos el cambio climático ha revelado un medio ambiente vacío, al depositar las tareas y responsabilidades sustantivas en el sector energía, en Hacienda, y en la Cancillería. Así, al redistribuirse tareas, responsabilidades, visiones e instrumentos de política en otros sectores y ámbitos de gobierno, el ciclo ambiental se cierra. ¿Qué sigue?

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