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¿Más turismo depredador?

Este fin de semana el gobierno federal presumió con bombo y platillo la llegada del primer vagón del mal llamado “Tren Maya” a lo que será la terminal de Cancún, con el fin, se dijo, de iniciar pruebas en vista de la inauguración de éste en diciembre. A este acto, “histórico” según el presidente, acudieron la gobernadora de Quintana Roo y otros personajes que animaron el escenario con amplias sonrisas de satisfacción. Ese mismo día proliferaron las denuncias indignadas del relleno ecocida del Estero de Chac, cuyas aguas se conectan con la laguna de Bacalar, maravilla natural ya degradada. Ante las protestas por este nuevo episodio de la aventura destructora emprendida por el gobierno federal, con el apoyo activo de la Sedena en este tramo, ésta se limitó a argumentar que se trataba de “un error” y tuvo que detener la obra. Además de reparar el daño, es de esperarse que no persistan en “errores” de consecuencias desastrosas.
Esta conjunción de farsa e improvisación en torno a este megaproyecto no es excepcional ni casual. El relleno de cenotes, la tala indiscriminada de árboles, las expropiaciones y desalojos (negociados o impuestos) contrastan con la visión paradisiaca que difunde Fonatur mediante fotografías de estaciones que aún no se han construido, y con las promesas presidenciales de desarrollo, prosperidad y “bienestar” para la península, reiteradas en la puesta en escena de la “llegada del tren”. Se crea o no en el potencial positivo de éste, la falta de planeación, previsión y medición del impacto ambiental y humano que caracterizan este caprichoso megaproyecto son, en mi opinión, un signo ominoso y obligan a cuestionar el tipo de desarrollo que promueve el gobierno.
Dada la complejidad del asunto, centrémonos sólo en el impacto que puede tener el turismo masivo que vislumbra Fonatur, cuyo discurso destaca la futura derrama económica para la población local, por un lado, y la comodidad del viaje para quienes quieran descubrir las bellezas naturales y la riqueza histórica y cultural de la zona, por otro. Sin duda, un mayor influjo de turistas a lo largo de las vías, entre Mérida y Chetumal, por ejemplo, puede incrementar las ventas de productos locales, crear nuevos empleos y aumentar los ingresos de la población. Al mismo tiempo, este auge (si se da) creará nuevas necesidades y problemas, empezando por la basura y la falta de agua potable o drenaje. También facilitará la penetración de empresas e inmobiliarias cuyo interés primordial es el lucro.
El ejemplo de Cancún y la “Riviera maya” debería mover a la reflexión a las autoridades federales y locales y a quienes queremos un país justo y habitable. Escaparate emblemático del turismo masivo global, Cancún está situado en un municipio con profundas desigualdades y carencias y graves problemas sociales que las autoridades municipales y estatales no han enfrentado. La riqueza acumulada por el sector turístico no se ha traducido en mejor infraestructura, servicios, salud y educación para sus habitantes. La zona padece además la expansión sin freno del crimen organizado, que extorsiona y mata. A la modernización sin desarrollo humano ni sustentable, se añaden los efectos del cambio climático: los huracanes se han ido comiendo la playa y el sargazo prolifera. La belleza excepcional y la vida del Caribe y sus arrecifes están en grave riesgo. En Bacalar la laguna ha ido perdiendo sus colores por la urbanización desordenada y la contaminación.
Nada en el discurso y las acciones gubernamentales permite suponer un cambio al modelo depredador que se ha impuesto en éstos y otros sitios turísticos de Quintana Roo. Si el trazo de las vías ni siquiera respeta los cenotes, ni la sustentabilidad del sistema lagunar ni la complejidad de la selva; si el propio gobierno amedenta a quienes se oponen al despojo y a la destrucción de su territorio, ¿cómo esperar que frene el afán de lucro o que promueva un turismo sustentable?.

