Cada inicio de sexenio se genera gran expectativa por los funcionarios del gabinete presidencial. No es para menos. En ellos, descansa la responsabilidad de ejecutar las políticas del gobierno federal. Sus actuaciones serán parte fundamental del éxito o fracaso del periodo presidencial.

El frenesí de endeudamiento y el gasto delirante de Luis Echeverría y José López Portillo durante sus sexenios llevaron al país a la ruina. El Secretario de Hacienda de 1970 a 1973, Hugo Margáin Gleason, le advirtió a Echeverría: La deuda interna y la deuda externa tienen un límite.

Y ya llegamos al límite . Ese año, Margáin firmó su renuncia para dejar la cartera de Hacienda a quién sería sucesor del propio Echeverría en la Presidencia, el complaciente José López Portillo. A partir de ahora, la política económica se maneja desde Los Pinos , fue la triste frase célebre que anunció la hecatombe financiera por venir. También fue rasgo distintivo que marcaría el desempeño de aquel Secretario de Hacienda, una ceguera servil.

Del sexenio de López Portillo nadie olvida la gestión de Jesús Reyes Heroles frente a la Segob y su lema: Cambiar para conservar, conservar para cambiar. Por un lado, la reforma que instrumentó permitió al PRI conservar el poder pacíficamente. Por el otro, abrió espacios de participación a las demás fuerzas políticas. Esa reforma puso en marcha lo que José Woldenberg y Pedro Salazar han denominado: La mecánica del cambio político . A partir de la reforma electoral que Reyes Heroles puso en marcha en 1977, se inició un proceso democratizador que no se ha detenido.

La democracia se fue abriendo paso gradualmente a través de reformas como las de 1986, 1990, 1993 y la de 1996 que permitió la transición definitiva y dio a luz a la democracia de que hoy goza México. De aquella época tampoco se olvida Alfonso Durazo Moreno, El Negro, amigo del Presidente y jefe de la policía capitalina durante el lopezportillismo. Las prácticas nocivas que institucionalizó, como la extorsión, la tortura, la mordida y los conocidos excesos a los que era proclive, subsisten todavía en la figura estereotípica del policía corrupto que se labró con su ejemplo.

En el sexenio de Miguel de la Madrid, destacó Jesús Silva Herzog al frente de Hacienda. Sin duda, la astuta negociación de la deuda con los acreedores del Estado mexicano después del despilfarro de López Portillo le granjeó un gran prestigio internacional y preparó el terreno para que pudiera iniciarse el saneamiento financiero y el cambio estructural que necesitaba la economía nacional.

Durante el sexenio de Salinas de Gortari, la omnipresencia en las decisiones más importantes del todopoderoso y temido asesor José Córdova Montoya permanecen aún en la memoria de muchos mexicanos. El talento de Pedro Aspe, la maquiavélica audacia de Manuel Camacho o la mano firme con la que Fernando Gutiérrez Barrios dotó de rumbo al manejo de la política interna después de la dudosa elección de 1988 son algunos ejemplos de ministros que han dejado huella.

En el actual gabinete de Enrique Peña Nieto hay dos hombres clave que llaman la atención. El primero es Luis Videgaray, actual secretario de Hacienda. En sus hombros descansará la enorme responsabilidad de cabildear la aprobación de la postergada reforma fiscal. De ella se obtendrían los recursos para la realización de la mayoría de los compromisos contenidos en el Pacto por México. El segundo es Miguel Osorio Chong, quién al frente de la Secretaría de Gobernación tendrá la titánica tarea de resolver los problemas de seguridad que aquejan a millones de mexicanos. ¿A qué grado influirán sus decisiones sobre la marcha del país? Sólo el tiempo dirá.