Muchos de los fenómenos sociales y económicos, al igual que el derecho, el Estado y el mercado, tuvieron un origen espontáneo. No fueron creación de un individuo, sino producto de la evolución de los pueblos que fueron combinando deseos y racionalidad. El equilibrio se encuentra en ese difícil matrimonio.

Es de Max Weber la tesis de que “lo que creó la ética capitalista —no intencional por cierto— fue el ascenso indeclinable del protestantismo, que ligó la vida de los negocios a los elementos más devotos y rigurosos de las sesiones éticas; señalando el éxito en la vida de los negocios como fruto de una conducta racional de la vida”.

Esta racionalidad fue permeando en los gobiernos. El ejemplo más contundente es la formulación del presupuesto base cero que existe en los países avanzados. Se trata de lograr eficacia justificando cada peso de gasto. Paralelamente, justificar cada peso de impuestos. Recordemos el principio inglés de que “nada de impuestos sin representación”. La otra fuente de los ingresos es la deuda.

En las tripas del presupuesto está la política económica, mediante la asignación de recursos para la normatividad y ejecución de programas. También ahí se refleja la lucha política por los recursos para atender a la sociedad o para ignorarla. Ante un populismo nacionalista que se extiende por el mundo y que es la respuesta al progreso de unos pocos y el empobrecimiento de los demás, surge o es deseable que aparezca una política de refugio progresista y liberal.

Como contexto determinante están los flujos de inversión internacional, el comercio y las tasas de interés. En nuestro caso, es lo que sucede en la política económica de Estados Unidos, por nuestra interdependencia.

Ideológicamente, la cuestión está en qué parte de los recursos toma el gobierno de la economía y cuánto se queda para la actividad económica privada.

Actualmente, se configuran, como política económica para todos los países que están dentro de la democracia liberal y la economía de mercado, dos posiciones. Una es defender al Estado y el gasto público como pieza reguladora y promotora de la economía. La otra es el principio de que el gobierno no gaste más de lo que tiene como ingreso.

De hecho, racionalmente caben combinaciones prudentes. La experiencia de la Gran Depresión del siglo pasado y la crisis financiera del 2007 advierten que la posición keynesiana —fuerte respuesta fiscal y monetaria— sigue siendo correcta. Asociada a ella la revitalización del sistema bancario.

Es evidente que hubo contraste entre la recuperación más rápida que experimentó EU, que aplicó inmediatamente una ambiciosa política de gasto, y los retrasos en la eurozona, en donde ocurrió todo con mayor lentitud. En general, la eurozona se caracteriza por la influencia conservadora de Alemania, proclive a la restricción económica, con bajos déficits fiscales. Significa que para la eurozona una política expansiva es casi una excepción.

Como las políticas económicas se han infectado de un exceso de neoliberalismo, han surgido tendencias regresivas cuyas características a nivel global son el caos, el proteccionismo, las amenazas de ruptura del multilateralismo y el desprecio a las organizaciones internacionales que han servido de paraguas normativos. En vez de renovar el paradigma liberal lo quieren destruir. La respuesta a estas tendencias nocivas la dieron recientemente los jefes de Estado en la ONU, riéndose de las tesis soberanistas reaccionarias y de cierre de fronteras de Trump, un consumado populista nacionalista.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.