El deporte siempre ha sido acechado por la política: Hitler desfiló en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 y Jesse Owens conquistó cuatro medallas de oro ridiculizando la teoría nazi sobre la superioridad de la raza aria sobre la negra. En Munich 72, la bandera olímpica se colocó a media asta después del ataque terrorista del grupo palestino Septiembre Negro en la villa olímpica en el que murieron 11 atletas israelíes.

La Guerra Fría atravesó cumbres olímpicas. Estados Unidos junto a 65 naciones boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 debido a la invasión soviética a Afganistán. La Unión Soviética junto al bloque comunista respondió cuatro años después al no viajar a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

Hoy inician los Juegos Olímpicos de Invierno en Pyeongchang, Corea del Sur. El preámbulo político ha sido largo; fue detonado por la retórica bélica del presidente norcoreano Kim Jong-Un y Donald Trump hace 10 meses. En medio, China y Corea del Sur, aliados de Corea del Norte y Estados Unidos, respectivamente.

La tregua olímpica entre los presidentes coreanos Moon Jae-In y Kim Jong-Un se verá hoy durante el desfile inaugural en el que ambas delegaciones marcharán juntas bajo una bandera de unidad. Los problemas entre las dos Coreas nacieron desde que Estados Unidos y la Unión Soviética decidieron dividirlas al término de la Segunda Guerra Mundial. Cinco años después, en 1950, estalló la guerra entre las dos Coreas, uno de los primeros conflictos de la Guerra Fría.

De manera poco comprensible, la tregua olímpica de Pyeongchang ha sido fisurada por Estados Unidos. El miércoles, Mike Pence, su vicepresidente, prometió desde Tokio que su país está por anunciar “las más duras sanciones” que se hayan tomado a lo largo de la historia en contra de Corea del Norte. Por si faltara un símbolo, Pence anunció que asistirá a la inauguración junto a su invitado especial, Fred Warmbier. Se trata del padre de Otto, el chico que realizó un viaje de turismo a Corea del Norte en enero del 2016. Las autoridades de Pyeongchang lo arrestaron y le dictaron sentencia por 15 años de trabajos forzados por haberse robado un cartel publicitario del régimen. El 13 de junio del año pasado fue liberado debido a su estado crítico de salud; la versión del gobierno de Kim Jong-Un fue que Otto fue víctima de un extraño virus que le provocó daños neurológicos. Murió en Estados Unidos una semana después.

Algo más. Los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang se verán empañados por un caso extraño: Rusia.

El periódico The New York Times tituló una nota de la siguiente manera: “El desconcertante veto a los rusos”, donde Juliet Macur señala que el Comité Olímpico Internacional (COI) tuvo dos años para investigar y sancionar a los atletas que supuestamente utilizaron sustancias prohibidas durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, cuatro años atrás. Sin embargo, el tiempo se le vino encima y decidió suspender a toda la delegación. ¿Decisión geopolítica trabajada desde el gobierno de Obama?

Sin embargo, sí participarán más de 150 atletas rusos en Pyeongchang. Lo harán sin la bandera rusa.

Por la noche, 47 participantes aún esperaban el resultado de recursos legales que gestionaron ante el Tribunal de Arbitraje para el Deporte. El campeón olímpico estadounidense Lowell Bailey comentó a The New York Times que “el COI debería de reconocer su responsabilidad dentro del caos”.

Finalmente, un extraño virus estomacal se ha asentado en Pyeongchang produciendo diarrea, vómito y dolores entre los atletas y entrenadores. El comité organizador tuvo que aislar a 1,400 miembros de seguridad.

Esperemos que el espíritu olímpico aleje la geopolítica del caos existente entre Corea del Norte y Estados Unidos.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.