Alguna vez dijo Don Andrés Henestrosa, que todo miembro de una comunidad debería aspirar al aplauso. Lo decía a propósito del reconocimiento de la labor cumplida, del final de una vida, de la conclusión de la tarea encomiable, razonable y colectiva que alguien podía concitar. Lo decía, también, porque para un hombre como él, zapoteca, que llegó a la ciudad de México sin saber español y que se educó, literalmente bajo las palabras y el impulso de José Vasconcelos, también zapoteco, que lo sentaba en su escritorio en las tardes para enseñarle el español. Y ahí aprendió el idioma nuestro, que luego le haría escribir esa obra esplendida: Los Hombres que Dispersó la Danza.

El día de ayer, en búsqueda del aplauso fácil y sin consideraciones presupuestales, el presidente de la República anuncio la reducción de la edad para obtener el beneficio acordado por el gobierno federal a los adultos mayores de 68 a 65 años y de aumentar el apoyo de 3000 a 6000 pesos. El problema central, es que no sabemos de dónde saldrá el dinero: voten por mi para pagarles, en el mediano plazo. Les regalo dinero, les prometo que será más y por favor voten por mi o mi partido. El engaño perfecto y el país endeudado con un gasto que no podrá sostener, en términos reales. En la ciudad de México, tan sólo en el año 2000 cuando inició esta política se calculaba que en el lapso de 30 años tendría que usarse el 80% del presupuesto total de la ciudad para cubrir este gasto.

En busca del aplauso complaciente, también, el presidente ha iniciado un conflicto por lo que considera una visión justa y patriota contra el poder judicial. Violando todo acuerdo internacional y lo que el llama la garantía en el T-MEC para establecer políticas de energía soberanas, ha decidido contrariar la Constitución y confrontarse con el capítulo de inversión del tratado entre los tres países.

No entiende que en efecto, el puede imponer una política concreta a la política energética de México, pero deja de lado la política de trato nacional al resto de la inversión en la materia, a la que México se comprometió a la firma de dicho tratado. Y es sencillo: México no puede tratar a las empresas de EUA, Canadá o Europeas distinto de lo que trata a sus propias empresas. Eso es lo que trata de hacer AMLO en este momento. Él lo firmó y en justo derecho no puede retractarse.

Sin embargo, más allá de formalismos, el verdadero peligro y preocupación proviene de la guerra implícita que ha construido contra el poder judicial. En búsqueda de un aplauso fácil y supuestamente nacionalista, al estilo del México de los años 70, el presidente ha iniciado una guerra por la preeminencia del ejecutivo frente al imperio de la ley.

Ha dicho incluso, que si la Constitución está en contra de la 4T, habrá que cambiar la Constitución. El asunto no es menor. No sólo porque parece un amago en contra de ese texto que le guste o no se ha construido colectivamente a lo largo de más de un siglo, sino porque en su muy personal punto de vista el y su proyecto son la fundación de una nueva Nación.

Cuando Hidalgo, Juarez, o Cárdenas se abocaron a servir a la Nación, no estaban buscando el aplauso, eso llegó después. Primero hicieron su labor, el reconocimiento, como decía Henestrosa llegó con el reconocimiento de la historia. Cuando López Obrador, se dedica a generar aplausos a su paso cotidiano y mañanero, lo único que crea es una gran sospecha sobre su megalomanía y la efectividad de su gobierno. La búsqueda de un reconocimiento que sin duda todavía no se ha ganado. Nada más, pero nada menos también.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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