Murió Diego Armando Maradona el 25 de noviembre de 2020. Tengo sentimientos encontrados. La memoria de la gente es selectiva.

“¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... ¡¡Gooooool!!! ¡¡¡¡Goooool!!!! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos...”, aquella épica narración del periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, tan legendaria como el gol mismo, se repite infinitas veces en todos los noticieros deportivos alrededor del mundo. Son inseparables, no se puede entender una sin la otra. En YouTube, tras su muerte, los videos de aquel gol registran millones de reproducciones, sin exagerar. Tal vez para revivirlo, en todos los sentidos.

Tengo sentimientos encontrados tan contradictorios, como los goles de Maradona aquel día de México 86' entre Argentina e Inglaterra. Un mágico gol precedido por una funesta trampa que también acabó en gol, “ya patentado en la historia del fútbol con el nombre comercial de La mano de Dios” (Valdano, 1997). Curiosamente ambos me erizan la piel: la crónica por la capacidad del narrador por engendrar con su voz –desgañitándose– vida propia a una acción que convirtió al héroe en mito; por otro lado, la crónica del velorio en la Casa Rosada, escrita por Santiago Fioriti, editor de la sección País en el diario argentino Clarín, acerca del monumental “quilombo” que se armó entre gases lacrimógenos, gente sin remera, saltos, gritos, empujones y cánticos, bien podría ser el relato la de una celebración de gol en un estadio argentino, en cualquiera… todo en medio de la pandemia. ¡Increíble!

Vamos por partes.

Fútbol y política. Bien lo dijo Víctor Hugo Morales en esa misma narración: “Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0”. Diego Armando Maradona, con la pelota pegada al botín izquierdo como si fuera yoyo, logró arrebatar de tajo, desde la raíz, el alma del futbol a los ingleses; aunque ellos lo inventaran. En 10 segundos, en un juego al menos, reivindicó (probablemente sin saberlo) no sólo a Argentina, sino a toda Latinoamérica: un destello de revolución post-colonialista. Jorge Valdano, exfutbolista –compañero de Diego Armando Maradona– campeón del mundo en México 86’ y escritor lo recordó así en Los cuadernos de Valdano: “En aquel partido fueron muchos los argentinos que por los misteriosos simbolismos del fútbol interpretaron el triunfo como una venganza real de las Malvinas. Otra vez el juego (fútbol y patria) dejando sus huellas sobre cosas serias, para mi gusto una de sus manifestaciones más odiosas”. Una cucharada de su propio pudín a los británicos. Amigo íntimo de Fidel Castro, quien curiosamente murió el mismo día, pero en 2016; el “Che” Guevara era su ídolo, así lo declaró al menos una vez, no es casualidad que fuera tan atento como consciente de las carencias de la gente porque él las vivió en carne propia…

El análisis debe ir más allá. ¿En verdad era una reliquia? Jugando con la pelota, sí, sin duda. ¿Ejemplo? De ninguna manera.

Tengo sentimientos encontrados, tan chocantes como el personaje-persona. Murió Diego Armando Maradona el 25 de noviembre, esa misma fecha, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer… y tristemente esa conmemoración pasó a segundo plano en la mayoría de los medios de comunicación. Aún más triste es que muy pocas personas recordaran que “el Pelusa” estuvo acusado varias veces de abuso sexual, violencia psicológica e incluso, abuso de menores, pues quedó pendiente una demanda por un hijo putativo en Cuba. A esa pila de acusaciones se suman sus hábitos con el alcohol y la cocaína. ¿Sigue siendo un ejemplo?

Diego no era inmortal; Maradona, el personaje reliquia del pueblo, sí. En Balón Dividido, Juan Villoro señala de diferentes maneras cómo gambeteó a la muerte en muchas ocasiones como si se tratara de los defensas ingleses. Maradona no olvidó su origen humilde, conexión clave para que el pueblo se identificara con él, porque auténticamente no dejó de ser del pueblo. Trascendió diferentes disciplinas –política, literatura, música, antropología, incluso religión–, no siempre directamente, pero sí través de la gente, por su carisma casi natural de deidad; tal vez esa mezcolanza de origen humilde y fama desmedida, mito vivo y mortal, lo llevaron a cruzar un oscuro umbral del que salía cada vez más cansado. La gente siempre le perdonó rebasar la línea (paradójicamente) una y otra vez porque con la pelota fue un genio. El futbol, enraizado en el desarrollo del pueblo, es parte intrínseca de la cultura popular, cultura tangible. Música que ensalza la identidad y engrandece a los héroes: “Su sueño tenía una estrella llena de gol y gambeta... y todo el pueblo cantó: ‘Maradó, Maradó’, nació la mano de Dios, ‘Maradó, Maradó’”,  reza la famosa canción de Rodrigo Bueno, elogiando –la doble moral– aquella treta  con la que se abrió el marcador en el Estadio Azteca. Disonante como “el Diego”. Qué selectiva es la memoria del pueblo. 

Aquellas imágenes del zafarrancho en la Casa Rosada para su velorio son una vergüenza. ¿Merece la pena el inevitable riesgo de contagio, dada la crisis sanitaria mundial, tanta atención a un ídolo del futbol mundial –que no D10S–, pero que fuera de la cancha deshizo lo que quiso? No. Así de sencillo. No, y es que el Ministerio de Salud de la Nación en Argentina reportó el pasado viernes 27 de noviembre 7846 casos de contagio de coronavirus en las últimas 24 horas, acumulando más de 38 mil muertos en el país. No, porque vale la pena dar clic millones de veces a sus jugadas en internet, desde la distancia, para no generar más caos. Y no, porque estuvo acusado de atentar contra varias mujeres, y eso no se olvida.

Tuvo errores como todos, sí, pero hay faltas que no se deben pasar por alto. No si se trata de violencia de género, porque nos afecta a todos. Su trascendencia es innegable, pero trascendencia no tiene adjetivo calificativo. No se trata de superioridad moral. Tampoco es hablar “mal” del fallecido. Se sostienen los hechos y no se olvidan, tanto los de la cancha, como los de fuera de ella: así como anotó un gol legendario, estuvo acusado de violencia de género. Tengo sentimientos encontrados, y ya no con Maradona, sino con la reacción de la gente ante su muerte. Hoy muchos lloran a Diego, mañana llorarán a los suyos –tanto o más– y a Maradona. Su muerte es un “quilombo-pandémico-Maradoniano” como fue en muchos sentidos el personaje-persona.

Maradona trascendió la línea de gol.