Lectura 3:00 min
Libros o pasividad. ¿Qué será peor?

"Enseña a los niños y no será necesario castigar a los hombres".
Pitágoras
Para cualquier niño, la primera semana de clases implica el regreso a una rutina emocionante y llena de novedad.
A pesar de lo borrosa que se me dibuja esa etapa, mi memoria la vuelve física: puedo sentir el sudor en las manos, el aroma del lunch y la molestia de la etiqueta del uniforme rozándome el cuello. Me aliso el pelo y aseguró bien el moño. Estoy lista para entrar de lleno en esa procesión de descubrimientos que van del reencuentro con los amigos y las ganas de conocer a otros nuevos, a un salón de clases más grande y sobre todo, la ilusión de saber cada vez más cosas, porque aunque exista quien lo dude, a los niños les fascina aprender. Están hechos para eso.
Es justo ahí donde empieza la responsabilidad de los padres, educadores y autoridades; todos tenemos la obligación de despertar la curiosidad de los pequeños y ofrecerles las herramientas y la inspiración para que sus conocimientos se desarrollen y usen con éxito. Lo paradójico de esta ecuación es que no existe la perfección, ni nadie que no se haya equivocado nunca. Cuando se educa, los errores son frecuentes, por eso es necesario aceptarlos y corregirlos. Es cuestión de humildad, no se vale poner antes el orgullo y la imposición que la formación de los niños.
El tema de los libros de texto gratuitos es un buen ejemplo de lo recién dicho. Expertos en pedagogía, matemáticos e historiadores han analizado sus vacíos y puesto en evidencia cuestiones que, más que abonar a la curiosidad de los alumnos, confunden sus creencias y valores. El Estado debe rectificar. Pero nosotros también.
Es urgente replantear lo que hablamos y lo que no hacemos: entendamos que los niños se desorientan aún más con los comentarios y actos de sus mayores, con lo que ven en la televisión, lo que viven en su colonia y lo qué pasa con su gente. Si a los adultos nos lastiman tanto la discordia, la división y la muerte que diezma nuestro país, pensemos en el impacto que esto tiene en los niños, y, antes de atrevernos a quemar pilas de libros por no estar de acuerdo en que estos ahonden en temas como la diversidad sexual, -en un acto vergonzante que recuerda la Inquisición y lo más oscuro del Totalitarismo-, habría que denunciar lo inaceptable, hacer presencia en marchas y dejar de lado nuestra indiferencia.
No hay nada que afecte más el porvenir de una nación que una niña que vive asustada por el feminicidio de una conocida o un niño que no sabe nada de un familiar porque está desaparecido. Eso no es formativo. Ni motiva al amor a la Patria, si no todo lo contrario. Eso crea odio y rencor.
Es tiempo de actuar, y sugiero que mientras esperamos a que nuestro país se organice y modifique los libros de texto, eduquemos con el ejemplo y procuremos que nuestros niños y niñas se acerquen a los clásicos de la literatura, aprendan más idiomas, manejen mejor las matemáticas y se maravillen con el arte. Eso sí está en nuestras manos.

