A partir del comienzo del 2014 hemos sido testigos de una recuperación muy interesante en el mercado de bonos del Tesoro de largo plazo de Estados Unidos.

El rendimiento del bono del Tesoro de 10 años pasó de 3% al cierre del año pasado a 2.68% ayer. Es importante recordar que la tasa que pagan los bonos es inversamente proporcional a su precio, por lo que un aumento en su precio implica una caída en el rendimiento que paga el bono. Aunque la tasa actual es muy superior al mínimo de los últimos 12 meses de 1.64%, la baja de las últimas semanas se da en un contexto completamente diferente.

Lo más curioso de la recuperación en el mercado de bonos de largo plazo es que ésta se empieza a dar un par de semanas después de que la Reserva Federal anunció el inicio del tapering. Aunque la Fed sigue comprando bonos del Tesoro, su demanda mensual se redujo inicialmente en 5,000 millones de dólares y a partir de febrero en 5,000 millones adicionales.

Asimismo, la Fed ha dado señales de que planea seguir reduciendo la compra de bonos mientras la actividad económica siga ganando tracción, posiblemente eliminando el programa en su totalidad durante la segunda mitad de este año.

En teoría, esta disminución del programa de compra, aunado a la mejoría en la actividad económica, debería traducirse en un ajuste al alza en las tasas de interés de largo plazo. Tan es así que la mayoría de los pronósticos ubican la tasa del bono del Tesoro a 10 años por arriba de 3.5% para el final de este año.

Históricamente, el comportamiento de las tasas de interés de largo plazo en Estados Unidos ha sido determinado principalmente por factores como las tasas de interés de corto plazo, las expectativas de inflación de largo plazo, el nivel de actividad económica y el déficit de la cuenta corriente. Normalmente, las tasas de largo plazo tienen una correlación positiva con estas variables, por ejemplo, un alza en las expectativas de inflación o en el déficit de cuenta corriente va de la mano de un alza en las tasas de largo plazo.

Por supuesto, hay otros factores que pueden tener un impacto temporal considerable como los riesgos geopolíticos o decisiones extraordinarias de política monetaria como la decisión por parte de la Fed de destinar cantidades inusitadas de recursos a la compra de bonos.

En el contexto actual, está claro que a pesar de la disminución en la demanda de bonos de largo plazo por parte de la Fed y la mejoría en la actividad económica, hay factores de mayor peso que han contribuido a que las tasas se mantengan por debajo de 3 por ciento.

Desde el punto de vista fundamental, la ausencia de presiones en las expectativas de inflación de largo plazo, la amenaza de la deflación y la expectativa de que las tasas de corto plazo se mantendrán bajas por un periodo prolongado juegan un papel clave. Sin embargo, estos factores ya estaban presentes cuando la tasa del bono a 10 años superó 3% a finales del año pasado.

Aquí es donde entran los factores de tipo más coyuntural como la volatilidad provocada por la fuga de capitales de mercados emergentes. Esta volatilidad -consecuencia a su vez del retiro de liquidez por parte de la Fed- ha provocado un considerable incremento en la aversión al riesgo a nivel global que a su vez ha detonado una migración importante de activos riesgosos como acciones, bonos y monedas de países emergentes a bonos del Tesoro de EU, aún considerados como el activo menos riesgoso a nivel global.

Aunque las tasas podrían seguir bajando ante la volatilidad, éstas deberían de subir una vez que pase el temporal, sin embargo, los factores fundamentales deben contribuir a que las tasas de largo plazo se mantengan muy por debajo del promedio histórico.