Princeton.- La contienda sobre símbolos y relatos nacionales se intensifica a medida que el impulso por derribar estatuas y cambiar de nombre a instituciones incluye a más personajes que los habitualmente cuestionables, como Cecil Rhodes, Woodrow Wilson, los generales confederados y el rey Leopoldo II de Bélgica.

El Museo Británico, por ejemplo, ha retirado un busto de Sir Hans Sloane, su fundador y esclavista, del lugar de exhibición destacado que ocupaba. “Lo hemos bajado del pedestal”, afirma el director del museo, Hartwig Fischer. De manera semejante, apenas una semana antes, una estatua profanada de Voltaire en el VI distrito de París fue sacada rápidamente por su propia protección.

En todas partes, al parecer, los artefactos culturales que una vez se escondían a vista de todos están siendo examinados por sus conexiones con el imperio o la esclavitud. Sin embargo, incluso cuando aquellos considerados dignos de ser retirados ya no estén presentes, el Gran Ajuste de Cuentas no habrá terminado.

De hecho, la tendencia actual parece estar alejando aún más una reconciliación genuina con el pasado. En lugar de producir nuevos e inclusivos relatos sobre la identidad a la que se adscriben las personas, estamos siendo testigos de un violento choque de narrativas públicas y una reacción contra lo que algunos ven como una descolonización que galopa frenéticamente. Esta contienda se encuentra en plena exhibición antes de las elecciones estadounidenses de noviembre. “Sorry liberals!” un grupo pro-Trump tuiteó recientemente: “¡Cómo ser Anti-Blanco, curso básico 101 se canceló permanentemente!”

En cualquier caso, aquellos que irían en la búsqueda de un nuevo consenso después de que las estatuas ya hayan sido bajadas de sus pedestales tienden a no entender un punto básico en el debate sobre la historia nacional. Un ajuste de cuentas con el pasado no es un evento discreto, sino más bien es un proceso continuo, especialmente cuando se trata de lidiar con heridas profundas y sistémicas. Arrojar estatuas al mar desde los puertos podría verse bien en los medios de comunicación, pero rara vez estos actos resuelven los problemas subyacentes.

Además, hay una historia más profunda dentro del actual impasse cultural, y dicha historia manifiesta que las soluciones rápidas no llegarán fácilmente. Muchas de las estatuas que han sido cuestionadas se erigieron en un momento en que los países occidentales se definían a sí mismos principalmente por sus ambiciones territoriales. En ese sentido, los imperialistas blancos cuyas estatuas dominan nuestras plazas públicas siempre han sido faros de una mirada muy selectiva. Su presencia nos dice más sobre las personas que erigieron las estatuas que sobre los propios sujetos que las estatuas homenajean.

Ahora estamos atrapados entre un estilo anticuado de patriotismo y una extenuada alternativa pluralista. La antigua narrativa nacional que impulsó el auge de los monumentos nació en el apogeo del imperio y se pulió en las guerras mundiales del siglo XX, cuando los héroes y los mitos fundacionales sirvieron como fuerza unificadora. Sin embargo, a partir de la década de 1960, los movimientos por los derechos civiles, el feminismo y la afluencia de inmigrantes empujaron a las sociedades occidentales a ser más inclusivas, y los antiguos emblemas del patriotismo lucían cada vez más estrafalarios.

La idea que sustentaba la alternativa pluralista que suplantó a la vieja narrativa patriótica era dejar florecer muchas historias, poner nuevas voces en primer plano y acoger la diversidad como el camino hacia la coexistencia. Sin embargo, el pluralismo nunca tuvo el mismo poder que la vieja narrativa. La tolerancia rara vez conduce a la aceptación –a ver el mundo a través de los ojos de los demás– y, mientras los emblemas del antiguo orden permanecieran en sus pedestales, las objeciones de los grupos marginados estaban destinadas a intensificarse. Cuando el débil consenso en torno a la globalización se desbarató tras la crisis financiera de 2008, también lo hizo el frágil marco pluralista.

Ahora, nos enfrentamos a un impasse. Los atrincherados defensores de la vieja historia patriótica sienten que su mundo se les escurre entre los dedos, mientras que los defensores de un nuevo panteón ven al anterior como una fuente de jerarquía arbitraria en lugar de percibirlo como una fuente de unidad. Sintiéndose magullados y victimizados, los miembros de cada bando han convertido a la historia en un arma de lucha, creando un enfrentamiento de ‘mi historia versus tu historia’, en el que el ganador se lleva todos los beneficios.

El Gran Ajuste de Cuentas con las estatuas ha servido como un pararrayos para frustraciones sociales más extensas. Incluso sin la pandemia del Covid-19, la última década ya había sofocado a cualquier sentimiento de progreso hacia un futuro nuevo y más brillante, a la par que se profundizó la polarización política, generacional y geográfica.

¿Cómo podemos superar el impasse? El propósito de los museos, al igual que el de las universidades, debería ser promover un diálogo abierto e inclusivo, pero a la vez crítico, sobre el pasado. Debido a que esto requiere el intercambio de narrativas que compiten entre sí, no es un “espacio seguro”. Pero, tampoco puede producirse tal intercambio sin una mutua aceptación de los agravios y pérdidas de los otros.

Si queremos evitar convertirnos en prisioneros del pasado, debemos tomar conciencia sobre que lo que algunos ven como una historia de conquista y descubrimiento, otros ven como una historia de dominación y explotación. No es casualidad que las estatuas en disputa sean abrumadoramente blancas y masculinas. En la actualidad, para los negros, los pueblos indígenas y otros grupos marginados, vivir bajo la mirada tallada en piedra de una superioridad consolidada es simplemente intolerable.

Mientras la vieja narrativa patriótica perdure, los críticos y los retadores perennemente tendrán que solicitar ser admitidos y tolerados, así como también tendrán que pedir se erijan monumentos que los representen, siempre y cuando haya espacio para los mismos. Lejos de representar la aceptación, tal ajuste de posiciones sirve como una forma astuta de dejar intacta la jerarquía simbólica.

No obstante, la aceptación es una calle de dos vías. Si bien los paladines patriotas tradicionales deben enfrentarse a la forma en la que sus mitos niegan a los demás, sus críticos necesitan reconocer la dificultad a la que se enfrentan ahora dichos paladines caídos: ellos tienen que ver cómo se derriba su propia narrativa. No es fácil aceptar que una fuente de orgullo de larga data se convierta repentinamente en un objeto de vergüenza. Es comprensible que los defensores de la vieja narrativa se resistan a este cambio. Dejar que desaparezcan los viejos símbolos es un sacrificio digno de reconocimiento.

Por supuesto, habrá debates sobre cuál acto de aceptación muestra el corazón más grande. ¿Es el viejo patriota, al que se le pide ver a un general heroico como el opresor de otra persona?, o ¿son los oprimidos, a quienes se les pide que vean que no son los únicos que pagan un precio por superar el impasse cultural? Podemos debatir sobre eso. Sin embargo, este tipo de desacuerdo sería realmente una mejor opción en comparación con las actuales muestras de intolerancia que hoy en día se presentan y dominan las plazas públicas.

Los autores

Jeremy Adelman es director del Laboratorio de Historia Global en la Universidad Princeton.

Andrew Thompson es co-director del Centro de Historia Global en la Universidad de Oxford.

Traducción:

Rocío L. Barrientos

Copyright: Project Syndicate, 2020.

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