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Las contradicciones, incongruencias y mentiras del discurso presidencial

Si bien era algo predecible, la reacción política del presidente Andrés Manuel López Obrador ante la marcha del pasado domingo en defensa del INE es profundamente preocupante y ciertamente lamentable. Se trata de una reacción mucho más emocional que racional que, tristemente, no refleja ninguna disposición intelectual para adaptar juicios, actitudes y, sobre todo, estrategias a lo que hoy en día es la realidad del país. Decir que la marcha estuvo integrada prácticamente de manera exclusiva por conservadores y “fifís” y que no llegó ni a 60,000 el total de personas movilizadas entre las proximidades del Ángel de la Independencia y el Monumento a la Revolución no solamente implica mantener una actitud de ojos cerrados ante lo que es empíricamente evidente, sino también, y de manera mucho más grave, refleja con claridad la presencia de una actitud fanática tan arraigada que literalmente obnubila la capacidad de quien la padece para apreciar e interpretar la realidad de manera objetiva. López Obrador es evidentemente incapaz de darse cuenta de que el país que atestiguó la marcha del pasado domingo es muy diferente del país que votó masivamente por él y por su movimiento político en 2018. Es imposible saberlo con precisión pero no es difícil, dada la magnitud, diversidad y energía de la marcha, suponer que muchas de las personas que formaron parte de ella votaron hace cuatro años por un proceso de profundización democrática que nunca llegó y que, ahora sabemos, nunca llegará mientras López Obrador y su partido se mantengan en el poder.
Lejos de aprovechar la coyuntura para tender puentes de diálogo con aquellos sectores inconformes y críticos de la ciudadanía provistos de un posicionamiento ideológico liberal y progresista, el discurso presidencial reforzó su carácter excluyente y confrontativo. Nuevamente se manifestó el caudillo intolerante para quien toda crítica a su gobierno y a su programa de transformación estatal constituye un acto de profunda deslealtad a México, con independencia del sentido de la crítica y de la posición ideológica de quien la formula. Para López Obrador personajes tan divergentes como Claudio X. González, José Woldenberg, Vicente Fox y Roger Bartra son parte de una misma “conspiración oligárquica”. Todos los que marcharon el pasado domingo son corruptos, reaccionarios, enemigos del pueblo y partidarios irreductibles de la restauración del Ancien Régime.
Al igual que todos los caudillos populistas que lamentablemente ha tenido que padecer el mundo moderno, López Obrador concibe la política y el gobierno en términos antidemocráticos o, para expresarlo de manera más enfática, profundamente autoritarios. Para el Presidente de la República la única verdad y el único camino son los que él concibe y propone. En su delirio megalomaniaco, López Obrador está convencido, como en el pasado lo estuvieron personajes tan siniestros como Adolfo Hitler y Hugo Chávez y, hoy en día, auténticos dementes como Vladimir Putin y Donald Trump, de que el Volkgeist o “espíritu del pueblo” se expresa a través de él. El tabasqueño efectivamente alberga la fanática creencia de que la providencia lo ha elegido para cumplir una misión histórica, de ahí que se conciba a sí mismo como un émulo de grandes personajes como Benito Juárez, Martin Luther King y el “Mahatma” Gandhi. Es verdaderamente lamentable que por segunda vez en lo que va del siglo (Vicente Fox fue el primero) un político de oposición masivamente apoyado por el voto popular decepcione de manera tan triste y dolorosa a la ciudadanía una vez que se instala en el poder. Si analizamos cuidadosamente el discurso presidencial de López Obrador nos daremos cuenta de que se encuentra plagado de contradicciones, incongruencias y mentiras.
En primer lugar, es claramente contradictorio el que, por un lado, se diga demócrata y que, por otro lado, proyecte todas las mañanas su profundo desprecio por las opiniones de actores políticos que no comparten su visión de las cosas llenándolos de adjetivos tan improcedentes como absurdos, así como el hecho de que exprese sin tapujo alguno su intención de hacer los cambios legales e institucionales que resulten necesarios para que la derecha nunca más regrese al poder. ¿Es que acaso no entiende que sin posibilidades efectivas de alternancia no puede haber democracia y que sin una verdadera democracia el socialismo es imposible? ¿En donde radica en términos políticos y éticos la diferencia entre esta posición y la otrora asumida por la derecha cuando le consideró un peligro para México en un intento por justificar cualquier estrategia, legal o ilegal, conducente a detenerle? ¿En qué difiere esta actitud autoritaria y prepotente de la asumida por Vicente Fox cuando de manera irresponsable e idiota afirmó haber “cargado los dados” para evitar que el voto popular favoreciera a la izquierda perredista en las elecciones federales de 2006?
En segundo lugar, es profundamente incongruente jactarse cotidianamente de que tanto la política de desarrollo económico como la estrategia de combate a la delincuencia organizada que ha impulsado su gobierno han sido exitosas cuando el Producto Interno Bruto se ha contraído desde 2018 en cerca de un 5 por ciento (la economía de Indonesia ya es mayor que la de nuestro país) y todos los días mueran asesinadas en México decenas de personas, incluyendo periodistas, políticos locales y madres de familia que buscan a sus hijos desaparecidos.
Finalmente, es una rotunda mentira afirmar que las obras faraónicas emprendidas por el gobierno federal durante el actual sexenio han sido todo un éxito, han costado poco y además han podido ser financiadas con ahorros generados como resultado del combate frontal a la corrupción. La verdad de las cosas es que el costo total del tren Maya ha aumentado 150% con relación a lo inicialmente presupuestado y que, tanto ésta como las otras obras “orgullo del sexenio”, han sido financiadas con recursos procedentes tanto de múltiples fideicomisos que han sido eliminados (incluyendo fideicomisos educativos y de investigación para el desarrollo) como del hoy mermado “Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios” (FEIP), cuyo monto era cercano a los 275 mil millones de pesos a finales del 2018 y en lo que va del actual sexenio se ha reducido en más de un 90%. Por lo que respecta al supuesto éxito de estos proyectos “estratégicos”, cabe señalar que el aeropuerto Felipe Ángeles actualmente recibe 30 vuelos diarios, menos del 5% de los más de 800 vuelos diarios que recibe el AICM al que se suponía debía “restarle presión”, mientras que la refinería de Dos Bocas se inunda recurrentemente y a la fecha no ha refinado un sólo barril de petróleo crudo y el “Corredor Interoceánico de Tehuantepec” lleva dos años de retraso y está muy lejos de perfilarse como la obra monumental de “magnitud internacional” que originalmente pretendía ser. Por último y de manera no menos importante, también es una gran mentira sostener, en el colmo de la demagogia barata, que nuestro país tendrá a partir del año próximo un sistema universal de salud equivalente al de Dinamarca, un país europeo cuyo ingreso nacional per cápita es seis veces superior al de México y cuya tributación total, como porcentaje del PIB, es superior al 48% mientras que en nuestro país es inferior al 18%, cifra que ubica, en términos relativos, los ingresos fiscales del gobierno federal por debajo del promedio latinoamericano.
Si bien es cierto que las tres administraciones sexenales precedentes y en especial la administración encabezada por Enrique Peña Nieto (sin lugar a dudas el gobernante más inculto, incompetente y frívolo que ha tenido México en los últimos cincuenta años) hicieron trizas la confianza de los sectores populares en el gobierno, también es cierto que más allá de su innegable capacidad para conectar emocionalmente con “los pobres”, el actual presidente ha hecho muy poco para cambiar las estructuras fundamentales del Estado a fin de que esos “pobres” algún día puedan efectivamente dejar de serlo. Un claro ejemplo de lo anterior lo tenemos en el caso del sector educativo. A diferencia de los gobiernos social-demócratas que gobiernan y han gobernado en Europa, el gobierno supuestamente popular y de izquierda de López Obrador no solamente no ha incrementado sino que ha reducido sensiblemente el gasto público en educación. Sin educación no puede haber permeabilidad social y sin permeabilidad social no puede darse una reducción efectiva de la pobreza. El mayor fracaso histórico del régimen político surgido de la Revolución Mexicana fue el fracaso de la política federal en materia de educación pública, un fracaso que continuó con el neoliberalismo patrimonialista, oligárquico y corrupto introducido por Salinas de Gortari y que, lejos de corregirse, se ha profundizado en el marco del actual gobierno de López Obrador.
En síntesis, México está siendo actualmente gobernado por un hombre terco y profundamente resentido que no solamente ha sido incapaz de resolver problemas reales sino que ha alentado la expansión de un ambiente de creciente polarización y confrontación entre los diferentes sectores y grupos que configuran la sociedad civil. A estas alturas y en vista de la reacción intransigente, cerrada y agresiva que la movilización ciudadana del pasado domingo provocó en López Obrador, sería sumamente ingenuo esperar un cambio de discurso y estrategia procedente de Palacio Nacional. Lo único que nos queda a quienes estamos convencidos de que el desarrollo económico, social y político de México implica necesariamente el fortalecimiento del marco institucional que ha hecho posible, desde el año 2000, la alternancia política en el ámbito del poder ejecutivo federal, es mantenernos alerta y, desde nuestra respectiva trinchera, seguir ejerciendo nuestra capacidad crítica aun cuando el dedo flamígero del caudillo nos acuse, desde su mañanero púlpito, de reaccionarios y apátridas.