La vía óptima para trabajar contra la opresión hacia las mujeres es asegurando condiciones óptimas del trabajo de las mujeres. Una vez más, y con más fuerza que nunca, este 8 y 9 de marzo alzaremos la voz para poner un alto a la violencia de género, a los feminicidios, al machismo que prevalece en todos los niveles de la sociedad, a la disparidad salarial, al acoso y al hostigamiento, males que padecemos desde hace muchos siglos y que hoy, gracias al esfuerzo colectivo de todas nosotras, podemos combatir abierta e irrestrictamente.

Aunque es verdad que no existe solamente una estrategia para la lucha feminista, también es cierto que ninguna lucha feminista puede ignorar las condiciones laborales ni la disparidad salarial como parte de su estrategia. Todavía hoy, en nuestro país, ganamos en promedio 15.6% menos que los hombres y apenas 40% de nosotras nos integramos al mercado laboral. La violencia de género es posible, en buena medida, a causa de que recibimos un salario más bajo, de que no existen trabajos flexibles que nos permitan cuidar a nuestros hijos y ser plenamente independientes, de que dependemos de un marido, de un padre, siempre de un hombre. ¿Cómo cerrar el paso a los abusos cuando millones de mujeres requieren de quienes abusan de ellas para sobrevivir?

De esto habló, entre otras, la pensadora Silvia Federici, para quien, desde su particular punto de vista, transformar las condiciones laborales y el salario de las mujeres constituye la principal línea de acción del feminismo. Dicho de otro modo, las luchas contemporáneas de género (como la autodeterminación de la propia vida, el combate contra las violencias de toda índole y el final de la disparidad y de la opresión sistémica) son atravesadas transversalmente por el derecho al trabajo femenino.

La característica distintiva del denominado feminismo de la cuarta ola radica en su descubrimiento, como diría la extraordinaria Kate Millet, de que lo privado también es político, de que el machismo se presenta incluso en la vida cotidiana, entre los familiares, en gestos aparentemente inofensivos. Por ello, debemos asegurar la independencia laboral de las mujeres y crear para nosotras empleos con condiciones dignas: los efectos de lo anterior alcanzarían hasta los rincones más íntimos de nuestras vidas.

Debo añadir que históricamente el feminismo ha cobrado más empuje en aquellos momentos en los que, como durante la Segunda Guerra Mundial, se reconfiguró la estructura laboral y en que nuestras madres y abuelas tuvieron que cambiar el papel que desempeñaban en la sociedad. Por eso mismo, ahora debemos aprovechar los veloces cambios del mundo del trabajo para que, de una vez por todas, nos aseguremos una vida libre de violencia de género.

En consecuencia, quisiera llamar la atención sobre un hecho poco señalado: uno de los modelos que bien utilizado puede ayudar a equilibrar la balanza de género y disminuir significativamente los índices de violencia es el de la subcontratación laboral, pues además de ofrecer capacitación y de incorporar a las mujeres al mundo del empleo formal, otorga la flexibilidad y la adecuación que necesitamos para atender nuestra vida profesional y personal, para crecer laboralmente sin tener por ello que dejar de convivir con nuestras hijas y nuestros hijos (si decidimos tenerlos).

Conozco numerosísimos casos de madres que gracias a la subcontratación tienen libertad para elegir su horario y para desempeñar sus actividades sin poner en entredicho otros aspectos de su vida. Sé también de mujeres que decidieron no ser madres porque sus trabajos no se lo permitían. No se trata, como algunos maliciosamente podrían argüir, de que nosotras tengamos que hacernos totalmente responsables de la crianza o de que estemos obligadas a tener hijos, sino de que por medio de nuevos esquemas, ganemos los derechos y las libertades que desde siempre han sido el privilegio exclusivo de los hombres. No en balde, por ejemplo, cerca de 5 millones de mujeres son subcontratadas en México. Por eso, la reducción de la violencia y el uso de la subcontratación responsable tienen todo que ver.

El problema laboral de las mujeres es grave de por sí. Pero, reitero, al solucionarlo se reducirían también otros igual o más preocupantes. La violencia no se detendrá hasta que tengamos un empleo digno y bien remunerado, hasta que haya tantas emprendedoras como emprendedores, hasta que podamos ejercer la maternidad sin tener que sacrificar por ese motivo nuestra vida laboral. Si seguimos el ejemplo de los países con menos violencia de género, nos daremos cuenta de que son precisamente éstos los que poseen esquemas laborales más flexibles, interconectados, modernos y de vanguardia.

En síntesis, hago un llamado para que unamos esfuerzos encaminados a crear sistemas de trabajo que, por primera vez en la historia, nos tomen en cuenta, y no para abusar de nosotras, para explotarnos, para que desempeñemos actividades sin remuneración alguna, para invisibilizarnos, sino para que, al contrario, podamos desarrollarnos libremente, aprovechando nuestro potencial, teniendo una vida plena en todos los sentidos, tomando las calles y, sobre todo, para que así erradiquemos la violencia que hoy en día constituye el padecimiento más doloroso de México.

*La maestra Elena Achar es presidenta de la Comisión de Talento Humano de Concanaco Servytur, directora de Asuntos Públicos de GINgroup y socia fundadora de Mujeres Conectadas.