Donald Trump entiende que la presidencia es un puesto de mercadotecnia donde la estrategia publicitaria o de comunicación política sirve para adaptar la realidad a escenarios alternativos. Bajo esta idea, se requiere que la capacidad histriónica de Trump sea sofisticada y eficiente.

Lo ocurrido en las últimas 72 horas reflejan a un mandatario desdibujado, torpe y caminando sobre escenarios que Steven Spielberg no elegiría para rodar una película.

Viernes 29: Las manifestaciones alrededor de la Casa Blanca van cambiando de tonalidad conforme brotan los disturbios; cuatro días antes, muere por asfixia provocada por un policía blanco el afroamericano George Floyd.

El presidente es llevado al búnker de la Casa Blanca, algo que en general solo se hace en caso de alerta terrorista alta. El entorno esteticista vinculaba esa imagen a la serie de televisión Designated Survivor. Si bien es cierto que la Casa Blanca no publicó fotografías de Trump dentro del búnker, en el intelectual colectivo esa imagen flotaba en un déjà vu cinematográfico.

Su ausencia en la primera línea de comunicación en el manejo de crisis levantó duras críticas. Es común ver al presidente de Estados Unidos tomar el control de la comunicación frente a las reacciones que brotan después de un asesinato de un afromaericano como el ocurrido a George Floyd.

Trump, en un intento de justificar su ausencia durante los múltiples brotes de protestas en todo el pais, tuiteó en la mañana del sábado que siguió de cerca “cada movimiento” de los manifestantes. Recalcó que no podía haberse sentido “más seguro”. Sin embargo, en ese momento, lo que no se sabía públicamente es que donde siguió la crisis, había sido desde el fortificado subterráneo de la Casa Blanca.

Domingo 31: Diferentes marchas de protesta volvieron a recorrer Washington desde primera hora del día. Al caer la noche, el ambiente pacífico de las concentraciones dio paso a algunos choques entre manifestantes y la policía, lo que llevó a la alcaldesa a decretar el toque de queda. El presidente ordena que las luces de la Casa Blanca sean apagadas. Este acto no ocurría desde 1889.

Algo no andaba bien en el guion de la Casa Blanca. Primero, el presidente escondido y protegido en un búnker, y ahora, el icono de Washington por excelencia, la Casa Blanca, desaparecida en medio de la penumbra.

La traducción del lenguaje semiótico ante el apagón era claro: desaparición del actor estelar, el presidente de Estados Unidos.

Ya han pasado cuatro días de protestas y el presidente no sale ante los medios a dar un mensaje de unidad. The Washington Post revela que Jared Kushner, yerno del presidente, opina que no serviría de nada ofrecer un mensaje a la nación.

Lunes 1 de junio: La acumulación de errores va flotando en el entorno presidencial. Su yerno da su brazo a torcer. Hay dos estrategias sobre la mesa: dar un mensaje y mostrar que la crisis en Washington está controlada.

El mensaje a la nación es una pieza que no contiene elementos de empatía social. Trump replica el regaño que les dedicó por la mañana a los gobernadores. El mensaje: el ejército actuará si ustedes no lo hacen.

El capítulo Designated Survivor muestra a un Donald Trump caminando con cara de furia hacia la iglesia St. John’s y con una Biblia en la mano.

Unas horas antes, el fiscal William Barr emitió la orden de dispersar a los manifestantes alrededor de Lafayette Square para despejarle el terreno al presidente. Hay gases y balas de goma en el ambiente.

Trump se para frente a la iglesia y de manera torpe muestra la Biblia.

Se trata de una escenificación que Steven Spielberg no hubiera desarrollado en su peor película.

El problema para Trump es que detrás de la crisis no está Netflix, está la seguridad de Estados Unidos.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.