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Opinión

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La suave espera y el eterno recuerdo

En el 134 aniversario del nacimiento de Ramón López Velarde.

¿Qué será lo que espero?, queremos pensar, a veces, que se preguntaba Ramón López Velarde en las tardes, mientras se asomaba por la ventana de su departamento de una Avenida Jalisco que todavía no sabía que acabaría llamándose Álvaro Obregón. Imposible no imaginar al poeta, sobre todo ahora, cuando se cumplen 134 años de su nacimiento y un siglo más un año de su muerte tremenda.

Nacido el 15 de junio de 1888 en Jerez, Zacatecas, en el año más húmedo del que se tuviera memoria hasta esa fecha, según el calendario del más antiguo Galván, seguro recordaba cómo a los doce años se había ido a estudiar al Seminario Conciliar de Zacatecas hasta darse cuenta de que tampoco era lo que esperaba. Que había estudiado leyes en San Luis Potosí y había conocido a Francisco I. Madero. Tal vez se miró a sí mismo encendido, escribiendo por primera vez prosa política en apoyo del Partido Antirreeleccionista y después lamentándose por cómo, poco a poco, se fueron alejando las ilusiones y las esperanzas por culpa de los horrores y las violencias de aquella guerra. Aprobó el Plan de San Luis, no se embarcó en la aventura revolucionaria y concluyó sus estudios para recibirse de abogado en 1911. Pero tampoco fue lo que esperaba. 

Ya había publicado crónicas, poemas, ensayos breves y periodismo político en varios diarios de provincia y con la pluma lo abarcaba y lo soltaba todo. Por ello, para probar suerte, se trasladó definitivamente a la capital en 1914. En la ciudad de México, como bien dijo José Luis Martínez, “cumplió el destino oscuro de los pretendientes sin títulos en la corte”: Ocupó modestos puestos burocráticos, practicó la docencia, entabló amistades efusivas y rápidas y pasó por el mundo de la bohemia y los periodistas. 

En 1916 publicó su primer libro de poesía, La sangre devota y en 1919 apareció el segundo, Zozobra. Su poesía, vista en un principio como recuperación de los temas de provincia, fue en realidad la invención de imágenes y situaciones aparentemente bucólicas que nunca fueron tal cosa. No es ni poeta de provincia, ni artista “campirano”, como dijo Alfonso Reyes, más bien provocaban una suerte de desplazamiento espiritual y literario, con adjetivaciones tan esplendorosas como precisas (ya lo dice Fernando Fernández en su estupendo libro “La majestad de lo mínimo”) y una voz propia y purísima.

Ya solo en su departamento, con los dientes de la poesía clavados en su alma para siempre, con muchos versos dedicados a la mujer, a muchas mujeres, a todas las que no tuvo, a todas las que anheló y de las que se apasionó profundamente, seguramente Ramón López Velarde recordaba a su prima Águeda, con su “contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso”, o quizá a Margarita y los versos que le había escrito:

“Tus otoños me arrullan/ en coro de quimeras obstinadas;/ vas en mí cual la venda va en la herida;/ en bienestar de placidez me embriagas;/ la luna lugareña va en tus ojos/ ¡oh blanda que eres entre todas blanda!/ y no sé todavía/ qué esperarán de ti mis esperanzas”.

Muy probable que también recordara otros dolores y todas sus letras:

“Dame todas las lágrimas del mar./ Mis ojos están secos y yo sufro/ unas inmensas ganas de llorar. Yo no sé si estoy triste por el alma/ de mis fieles difuntos/ o porque nuestros mustios corazones/ nunca estarán sobre la tierra juntos. / Hazme llorar, hermana, / y la piedad cristiana/ de tu mano inconsútil / enjúgueme los llantos con que llore/ el tiempo amargo de mi vida inútil.

Fuensanta: ¿tú conoces el mar?

Dicen que es menos grande y menos hondo que el pesar.“

Entonces tal vez dejó de recordar y salió a la calle. Acababan de nombrarlo “poeta nacional”. Era 19 de junio del año 1921 y no se imaginaba que la muerte lo alcanzaría antes del amanecer. Todavía no sabía que su poema “Suave Patria” terminaría convirtiéndolo en el centro de una equívoca exaltación nacionalista, pesadilla de sexto de primaria e inspiración de frases chafas y nunca comprendidas. Cuando el recuerdo se convirtió en certeza, la verdad resultó ser más profunda: Ramón López Velarde se consagraría como el gran poeta del idioma español, capaz de romper con las herencias añejas y gastadas para crear, desde un mundo oscuro y brillantísimo, un lenguaje insuperable, provocador y nuevo. 

¿La patria? Claro. Y la dijo como nadie. Porque parece, si es que uno lo está leyendo, que cuando López Velarde se pone sombrío, es porque nuestra nación peligra y todos “quieren morir en su ánima y su estilo”. Pero cuando todo pasa, conviene acordarse que la patria es impecable y diamantina y leer de nuevo los versos finales de “Suave Patria”:

“Patria, te doy de tu dicha la clave: sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;/ cincuenta veces es igual el Ave taladrada en el hilo del rosario, / y es más feliz que tú, patria suave. / Sé igual y fiel; pupilas de abandono;/ sedienta voz, la trigarante faja/ en tus pechugas al vapor; y un trono/ a la intemperie, cual una sonaja:/ la carretera alegórica de paja.”

Ya después podremos esperar, suavemente, lo que venga.

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