Históricamente, las relaciones entre los líderes han sido lo que impulsa el progreso en el G20, a pesar de las luchas para acordar compromisos o lenguaje específicos. Pero, entre las reuniones virtuales y las tensiones entre Estados Unidos y China, esas relaciones se han vuelto tensas y repararlas debe ser una de las principales prioridades en la próxima cumbre del grupo en Roma.

MILÁN – Este fin de semana, los líderes del G20 se reúnen en Roma para su cumbre anual. Pero, ¿utilizarán su estadía en la grande bellezza para reconciliar sus diferencias y sentar las bases para una mejor cooperación en materia de políticas? ¿Su cena privada consolidará el progreso, permitiéndoles a quienes son nuevos en el proceso -algunos participantes se reunirán con el presidente norteamericano, Joe Biden, por primera vez- forjar relaciones con los veteranos del G20?

Desde que el G20 se convirtió en una cumbre de líderes, en el 2008, la cena privada se ha vuelto una plataforma invaluable para que algunas de las personas más poderosas del mundo discutan, cara a cara, las cuestiones más importantes que ellos y sus países enfrentan. Hace 10 años, en Cannes, la crisis de deuda de la eurozona dominó la discusión de la cena. Se dice que unos pocos invitados arrinconaron al primer ministro italiano Silvio Berlusconi para persuadirlo de renunciar.

Este año, no faltan temas para que los comensales conversen. Al anfitrión del evento, el primer ministro italiano, Mario Draghi, le entusiasma discutir la situación humanitaria y geopolítica en Afganistán; de hecho, recientemente presidió una reunión extraordinaria de los líderes del G20 sobre el tema.

Probablemente también se hable del imperativo de hacer llegar dosis de vacunas a los países de bajos ingresos –se necesitan unos 23,000 millones de dosis y esto requiere un esfuerzo coordinado y un comercio abierto para las cadenas de suministro de vacunas-. Y tal vez los invitados considerarán alguna forma de coordinación en materia de energía, con el fin de aliviar los cuellos de botella de la oferta y reducir las presiones sobre los precios.

Por supuesto, cualquiera que alguna vez haya organizado una gran fiesta de vacaciones o reunión familiar sabe que lo mejor es evitar algunos temas en la mesa de la cena, para que el acontecimiento no pierda su civilidad. La inminente cena del G20 no será diferente, aunque los riesgos son mucho más altos.

Las relaciones entre los líderes históricamente han sido lo que impulsa el progreso en el G20, a pesar de las disputas para acordar sobre compromisos o términos lingüísticos específicos. La pandemia también ha sido perjudicial en este sentido, porque el cambio a reuniones virtuales impidió que los líderes tuvieran los tipos de interacciones informales y personales que cimientan estas relaciones. Hoy el capital político es escaso.

Asimismo, en los últimos años, los líderes se han vuelto cada vez más polarizados en sus posturas. De modo que, aun si el propio proceso multilateral hoy es más fluido, el progreso se ha tornado más difícil. Estados Unidos y China prácticamente no dialogan, y Rusia es sumamente impredecible. La reciente amenaza de Turquía de expulsar a diez embajadores, entre ellos cuatro de estados miembro del G20 –y el hecho de que Draghi calificara de “dictador” al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan– ha generado más tensión.

Encontrar un terreno común, y hacer que el evento sea más placentero para sus participantes, es esencial si el G20 pretende seguir siendo un foro multilateral efectivo.

Afortunadamente, Draghi tiene mucha práctica a la hora de pilotear demandas e intereses enfrentados –una competencia que perfeccionó durante su mandato como presidente del Banco Central Europeo y que está demostrando ahora al mando del gobierno de coalición de Italia-. Para impedir que los desacuerdos se vayan de las manos en la cena del G20, Draghi muy probablemente intente identificar las oportunidades más inmediatas –zonas de interés común, donde es más probable llevar a cabo una acción coordinada.

La decisión del presidente chino, Xi Jinping, de no asistir a la cumbre podría ayudar en este sentido. Existe un precedente: en el 2009, el antecesor de Xi rechazó una invitación para asistir a otra cumbre organizada por los italianos, el G8 en L’Aquila, donde China habría sido un “invitado” en lugar de un par. (El presidente ruso, Vladimir Putin, tampoco asistirá a los debates en Roma).

Pero, si bien la decisión de China de no asistir a la cumbre del G20 podría facilitar un acuerdo, es profundamente preocupante. Claramente, Xi ya no se siente cómodo de participar en una reunión multilateral relativamente pequeña y poco estructurada, como el G20. Prefiere perder una oportunidad valiosa de reunirse con otros líderes mundiales, especialmente Biden, a correr el riesgo de terminar emboscado y vilipendiado. El estilo de Donald Trump de “atacar a China” ha dejado cicatrices profundas.

Por cierto, hoy en día China parece menos interesada en un compromiso multilateral más amplio. Solía participar activamente en iniciativas multilaterales, especialmente sobre política financiera y fiscal. Pero la cooperación hoy es particularmente difícil en esas áreas y, durante la presidencia italiana del G20, dio la sensación de que China no tenía muchas motivaciones para intentarlo.

Éste es un problema serio. No podemos poner fin a la pandemia del Covid-19, abordar la crisis climática cada vez más grave o aliviar la emergencia del suministro de energía que amenaza con frustrar la recuperación económica global sin China –especialmente, sin una China que contribuya activa y positivamente al G20.

Otras potencias del G20 deben convencer a China de volver. Estados Unidos, en particular, debería adoptar una postura más conciliatoria. Eso no significa aceptar todos los intereses o preferencias de China. Más bien, implica atender las necesidades cambiantes de China, en la medida de lo posible, mientras atraviesa una transición económica y social compleja y gradual. Esto también significa darle a China crédito cuando y donde se lo merezca.

China ha hecho algunos esfuerzos. Una de las historias de éxito de la presidencia del G20 de Italia es que China haya pasado a integrar el Marco Común para los Tratamientos de la Deuda, aprobado en noviembre pasado, para respaldar a los países de bajos ingresos con deudas insostenibles. El mes pasado, 12 países conformaron el primer comité de acreedores, copresidido por China, para iniciar negociaciones con Etiopía que, junto con Chad y Zambia, solicitaron un tratamiento de la deuda. La mayoría de las deudas de estos países están contraídas con acreedores privados o chinos.

Esto demuestra que, en el contexto y las circunstancias correctos, China está dispuesta a coordinar con otros países sobre ciertas cuestiones. Por ejemplo, China no es miembro del Club de París de acreedores soberanos, y es reacia a sumarse a instituciones que puedan reducir su autonomía en negociaciones con los países del G7. China también tiene demandas específicas con respecto a la transparencia y la divulgación. Los otros países del G20 –entre ellos Indonesia, que comenzará su presidencia el año próximo- deberían tomar nota de esto al intentar traer de vuelta a China al redil.

En cuanto a Italia, ha hecho un buen trabajo durante su presidencia del G20 para mantener el foco en objetivos comunes y limitar el impacto de la pandemia en los debates. También permitió algunos avances tangibles, en cuestiones como el comercio abierto, la ayuda internacional y la igualdad de género. Hoy, cuando su presidencia llega a su fin, Draghi debería apuntalar esas relaciones personales importantes, especialmente en la cena privada. Y, como en cualquier reunión, ésta debería terminar con una “foto familiar” de líderes que estén felices de haber hecho el viaje.

La autora

Paola Subacchi, profesora de Economía Internacional en el Instituto Queen Mary de Políticas Globales en University of London, es autora, más recientemente, de The Cost of Free Money.

Copyright: Project Syndicate, 2020

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