Ha iniciado el cambio de régimen político, basado en una importante fuerza del presidente como eje central de la transformación, sustentado en el nacionalismo y la conducta moral. Cuando los gobiernos estatales y municipales han sido omisos en su tarea más elemental, centralizar el poder puede resultar una idea atendible para resolver temas inmediatos y urgentes que lastiman a una sociedad que está harta de la corrupción y la inseguridad.

La misma lógica centralista puede apoyar para establecer una clara dirección hacia una auténtica política social no sólo sustentada en programas sociales clientelares e ineficientes, lo que representa el gran fracaso en las políticas de desarrollo de los últimos 80 años.

Quien tiene que asumir el liderazgo para que la población marginada acceda no nada más a los procesos económicos sino del resto de la vida social, cultural y política es el Estado. No han sido los quehaceres económico y político los que han fallado tanto como el social. Es tiempo de que la conciencia social tome la forma y dirección correctas. Probablemente, ésa vaya a ser la mayor contribución histórica de Andrés Manuel López Obrador como jefe del Estado mexicano.

Por el otro lado, un fuerte poder central puede ser un obstáculo para establecer políticas de desarrollo regionales vigorosas. Al mismo tiempo, sí se sustenta en posiciones ideológicas no funciona para alcanzar buenos propósitos de desarrollo.

Hay principios económicos básicos que todo proyecto económico debe atender sin importar su ideología como la oferta y demanda, la rentabilidad y la rectoría del Estado. Por ello, es equívoca la pretensión de quiénes procuran ideologizar el debate económico mexicano en relación con el proyecto económico que puede surgir bajo la dirección Morena.

Con base en la realidad empírica es tan contradictorio afirmar que ha habido un modelo económico basado en el neoliberalismo como decir que, bajo la Presidencia de López Obrador, asistiremos a la instauración del neopopulismo, ambas ideologías, junto con el neomercantilismo y el neo-Keynesianismo, sustentan precisamente la falacia de la globalización a la que pretendidamente asistimos producto de la conjugación del auge tecnológico con el fracaso del socialismo aplicado como alternativa de desarrollo.

Quitándonos las máscaras, lo que se ha implementado en México en los últimos 36 años luego de la década perdida de los años 80, es una pésima aplicación de supuestas prácticas de economía de mercado y apertura comercial. En realidad, hemos impuesto el traslado de monopolios públicos hacia oligopolios privados y una riesgosa concentración del comercio exterior hacia Estados Unidos.

El modelo de libertad económica señala que debe haber nula participación del Estado en los procesos económicos, pero con una muy fuerte presencia como hacedor e impartidor de justicia que permita un sólido Estado de Derecho que garantice libertad económica bajo muy estrictos principios morales. Por el contrario, el “modelo económico neoliberal mexicano” ha privatizado más de 1,000 empresas sin que haya un solo ejemplo de éxito, con un Estado de Derecho inexistente, con un gobierno corrupto, obstáculo de la libertad económica y débil ante la fuerza de los poderes económicos fácticos, así como con actividades económicas concentradas en unas cuantas manos y sin que los valores éticos estén presentes.

El debate que permita articular la nueva propuesta económica del gobierno debe partir de los principios básicos de la ciencia económica aplicada sin ideologías de por medio y fundamentalmente sin descalificar a las visiones del desarrollo que existen por más antagónicas que pudieran parecer, ése es el gran reto que puede lograr construir las bases para cerrar la brecha que existe entre los mexicanos.

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