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Opinión

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La occidentalización de la política económica en Japón

La nación nipona tendrá elecciones en un mes.

Hace un par de semanas, publicamos una edición de Sin Fronteras titulada La japonización de Europa , donde comparábamos la situación de estancamiento actual en la economía europea y la década perdida que vivió la economía japonesa entre 1990 y 1999.

De entonces a la fecha, los indicadores económicos más recientes –el PIB de Japón en el tercer trimestre se contrajo 3.5% y dicha contracción se podría extender por lo menos al cuarto trimestre– han confirmado que la economía japonesa se encuentra en recesión por segunda vez en el mismo número de años y por enésima vez en los últimos 20 años. La realidad es que la década perdida de Japón (1990-1999) que siguió a la explosión de una gran burbuja especulativa que se gestó en la década de los 80, combinada con una serie de políticas económicas desatinadas, detonó un cambio estructural en la economía japonesa que se ha traducido en una trampa de crecimiento inescapable.

Debemos recordar que al igual que la Gran Recesión del 2008-09, la década perdida de Japón comenzó después de un periodo de gran prosperidad, artificialmente alimentado por un incremento desmedido en los niveles de apalancamiento del sector privado y la creación de una gran burbuja especulativa en el sector inmobiliario que al reventar devastó al sector financiero y al resto de la economía. Sin embargo, el gobierno japonés no identificó esta recesión como una originada por la insolvencia de las empresas y los hogares, donde los pasivos simplemente valían más que los activos. Las autoridades económicas de Japón hicieron exactamente lo contrario a lo que están haciendo la Fed y el BCE en la actualidad, decidieron subir las tasas de interés para controlar la burbuja, exacerbando la crisis de solvencia y obligando al gobierno japonés a efectuar un rescate del sistema bancario. Esta situación provocó una carga en las finanzas públicas de la cual Japón no se ha podido recuperar. De tener un superávit público de 2.4% en 1989, Japón pasó a tener un déficit de 10% en 1998, cifra muy similar al actual. Posteriormente, el Banco Central de Japón redujo las tasas de interés a cero en un intento para reactivar el crédito y el consumo. Sin embargo, cuando esto ocurrió los patrones de consumo e inversión del sector privado habían cambiado de tal manera que la economía interna se ha estancado en un entorno de crecimiento prácticamente nulo.

Actualmente, Japón está por atravesar un proceso electoral en menos de un mes y todo parece indicar que Shinzo Abe -quien ya ejerció el cargo en el 2006-07- sea electo como nuevo Primer Ministro y que su coalición obtenga la mayoría en la Cámara Baja. Abe ha sido bastante abierto en argumentar que el Banco Central debe jugar un papel más activo en estimular la economía ante la falta de espacio de maniobra para utilizar las herramientas de política fiscal. Para Abe, el Banco Central debe volverse más tolerante ante la inflación y fijar un objetivo anual entre 2 y 3 por ciento. Adicionalmente, JP Morgan piensa que el partido de Abe podría impulsar una legislación para reducir la independencia del Banco Central y lograr una mayor cooperación para impulsar el crecimiento económico. Aunque las tasas de interés se encuentran en cero desde hace años en Japón, el Banco Central podría adoptar una postura más parecida a la de la Fed y utilizar medidas menos ortodoxas como la impresión de billetes para comprar bonos emitidos por el gobierno japonés. El objetivo de Abe es claro, estimular el crecimiento y reducir el valor real de la deuda pública a través de una mayor inflación, buscando revertir la trayectoria del déficit público como porcentaje del PIB –trayectoria que algunos expertos anticipan podría llegar a 20% en ausencia de crecimiento en los próximos años.

Este enfoque necesariamente implica un cambio radical en la filosofía económica japonesa, en pocas palabras, una desjaponización de la política económica para occidentalizarse y asemejar más a lo que están haciendo la Fed y el BCE. De darse este cambio de enfoque, tendríamos a tres de los principales bancos centrales del planeta imprimiendo dinero de manera inédita. La consecuencia lógica es un futuro con mayores presiones inflacionarias. La magnitud y velocidad de dichas consecuencias inflacionarias depende en gran medida de que el gran tsunami de liquidez que se está creando se convierta en inversión y consumo en lugar de simplemente estar escondido en un agujero rentando a cero por ciento.

joaquinld@eleconomista.com.mx

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