El eje de rotación de las protestas son las redes sociales.

La Organización de Estados Americanos, OEA, ha dicho que Latinoamérica es víctima de una conspiración política expresada en violentas protestas que recorren las calles de Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia por distintas causas como los precios del Metro, de los combustibles, los resultados electorales o la autonomía universitaria; una escala de matices variopintos que reviven la lucha de clases, la batalla contra la desigualdad, la inequidad y todos esos flagelos que han mantenido al continente anclado en el subdesarrollo.

A las protestas se suma la resurrección del peronismo en Argentina, la victoria del Frente Amplio en Uruguay y las erráticas decisiones en seguridad nacional tomadas por el polémico Andrés Manuel López Obrador.

Es como si en la región se hubiese recargado con fuerza democrática el socialismo del siglo XXI, no en forma de líderes populistas tipo Chávez, Lula, Evo, Ortega, Ollanta o Kirchner, sino con marchas, protestas, huelgas y paros, entre otras expresiones de formas de lucha social.

Los otrora debilitados regímenes socialistas ya establecidos, léase Cuba y Venezuela, respiran tranquilos al ver el panorama de convulsión social que recorre la región, que muchos dicen es animado, financiado y multiplicado desde las redes sociales y las universidades de la mano omnipresente de Rusia, país que ha sido señalado por el gobierno de Estados Unidos como responsable del caos sembrado especialmente en Santiago y Quito.

Para nadie es un secreto que el eje de rotación de las protestas del siglo XXI es Facebook, Instagram y WhatsApp, eficientes redes sociales llenas de fake news, difíciles de desmontar que han logrado parte de su cometido, tal como sucedió con la llamada Primavera Árabe, cuando manifestaciones tumbaron regímenes autoritarios.

La estrategia no es otra que circular falsas fotos y videos al son de atractivas bandas sonoras para que los jóvenes reivindiquen peticiones muy difíciles de cumplir en países que tienen ingresos per cápita muy bajos, que no pagan impuestos y que no son atractivos para la inversión extranjera por falta de seguridad jurídica e inseguridad.

Colombia no es un escenario ajeno a esta situación. El país está bajo ataque permanente: el presidente Iván Duque lleva 455 días al frente de la Casa de Nariño y cada dos días su administración es sometida a atender una marcha distinta. El número de días bajo protesta social asciende a 225, lo que quiere decir que cada dos días se cita a una protesta, situación que ha ido desgastando no sólo a las autoridades, sino a los empresarios y comerciantes que ven cómo sus empresas y almacenes están bajo asedio.

Los más de 60 millones de celulares que funcionan en Colombia y los casi 50 millones de computadores son la plataforma para que hackers profesionales, expertos en manipular los mensajes, pongan contra las cuerdas a los gobiernos débiles y sin respaldo democrático. El llamado Foro de São Paulo, agrupación de partidos izquierdistas, está cumpliendo su cronograma al pie de la letra, tal como lo dijo Nicolás Maduro: “Estamos cumpliendo el plan previsto y saldremos victoriosos”. Colombia debe ser capaz de entender la estrategia y desarmar el plan.