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Opinión

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La negación histórica del cuerpo femenino

Liliana Martínez Lomelí

En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer el pasado 8 de marzo, uno de los temas recurrentes en el ámbito de la inequidad de género, es cómo los cuerpos de las mujeres, socialmente son sujetos a escrutinio y dominio: desde la mutilación genital que aún existe en algunos países, hasta la forma en la que el control sobre el cuerpo de las mujeres pasa por estándares de belleza prácticamente inalcanzables, como una herencia del pensamiento en el que para que una mujer pudiera asegurar su supervivencia con un proveedor, tendría que casarse. Y para casarse, tenía que comportarse, pero sobre todo, también verse de cierta manera.

Todo esto ha influido en la forma en la que el cuerpo de las mujeres parece ser un tema de escrutinio público, con mucha diferenciación en la manera en la que se objetiva el cuerpo de los hombres. Y yendo aún más atrás, no sólo ha influido en la función de control de los cánones estéticos del cuerpo socialmente impuestos, sino también en la manera en la que concebimos el cuerpo femenino y sus funciones biológicas. Encontramos que aún hoy en día existen muchas incógnitas sobre el funcionamiento del cuerpo de las mujeres, producto de siglos de estudios médicos, científicos, humanísticos e históricos, en el que el cuerpo de la mujer era relegado, simplemente, a su función reproductora.

Históricamente, los estudios médicos sobre los cuerpos se hacían sobre cuerpos masculinos principalmente. El cuerpo femenino era objeto de curiosidad en la etapa de embarazo, pero todas las demás funciones biológicas eran prácticamente ignoradas o hasta desconocidas. Por ejemplo, la regla y las fluctuaciones hormonales, durante muchos siglos fueron considerados entre patología hasta productos de la brujería.

Existían alrededor del mundo una serie de remedios que se implantaban en las vaginas de las mujeres, sin ningún sustento científico, para curar males que a la luz de la ciencia de hoy, muy probablemente se debían a temas de salud mental. Y es difícil encuadrar estos casos, cuando el tema de la salud mental tiene hoy muchos estigmas sociales, sobre todo cuando se relaciona con las mujeres. ¿Cómo no padecer de depresión o ansiedad, cuando históricamente se le relegó a un papel de “cuasi objeto”? La historia de la histeria merece un capítulo aparte, pues está llena de preconcepciones misóginas sobre la psique femenina.

Hoy en día, existen muchos padecimientos femeninos que afectan a un gran porcentaje de la población de mujeres en el mundo sobre los que muy poca investigación se hace – en comparación con otros padecimientos- como la endometriosis, el síndrome de ovario poliquístico o el síndrome disfórico premenstrual. En la creencia popular, todo se debe “a las hormonas femeninas”, cuando en realidad han sido padecimientos sobre los que hasta en las últimas décadas se ha investigado más sobre su etiología, tratamientos y prognosis. Esto genera en la práctica, que muchas mujeres sean mal diagnosticadas, y por lo tanto, se les administren tratamientos que en el mejor de los casos, son poco efectivos.  De esta manera, hoy cargamos con una desventaja histórica en el acceso a salud de las mujeres sobre la que no solamente hay que tomar conciencia en las creencias sobre el cuerpo, sino también en la forma en la que la ciencia y la forma en la que la sociedad moldea los cuerpos de las mujeres, afectan el estilo de vida cotidiano.

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Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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