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La náusea latinoamericana
A Adriana Degetau, joie de vivre
El panorama político en Latinoamérica es tan angustiante como esperanzador.
Hay quienes analizan el efecto red de las protestas en Chile, Bolivia, Colombia, Honduras o Bolivia, a través de los signos políticos o ideologías, y reivindican sus posturas a través de Twitter para aprovechar su naturaleza polarizante y sus códigos binarios pazguatos (los buenos contra los malos).
Al contemporizar el legado de Albert Camus, diría que “hay los que tienen miedo y los que no lo tienen, pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo” (La peste, editorial Gallimard).
La clase política se está quedando sin argumentos porque la mayoría de sus integrantes es responsable de torturas y burlas a la democracia. Jimmy Morales llegó a la Presidencia de su país gracias a la intervención de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), un brazo judicial aportado por Naciones Unidas en apoyo sustancial al otro brazo, el Ministerio Público del país.
La CICIG mostró las pruebas que terminaron por derribar y enviar a la cárcel al presidente Otto Pérez Molina y a su amante con puesto de vicepresidenta, Roxana Baldetti, líderes de la célula corrupta llamada La Línea. El cómico Jimmy entró a la Presidencia como una bola de billar que es rozada por el azar. Fue el propio cómico el que expulsó a la CICIG por haber investigado a su hijo Juan Manuel y a su hermano Samuel.
En Bolivia sabemos que Evo Morales es un impostor; donde hubo violación constitucional de su parte, él señala racismo; donde existió fraude de su parte a través del órgano electoral, él señala a la OEA; donde existe autocracia, él señala a la democracia.
Tony Hernández fue encontrado culpable por un juez en Nueva York por los delitos de narcotráfico y tráfico de armas. El próximo 17 de enero anunciarán su sentencia. Su hermano es el presidente de Honduras. El país ha marchado para pedir su renuncia. Juan Orlando Hernández se dice inocente pero testigos en el juicio de su hermano aseguran que el presidente recibió sobornos. Uno de los donantes, el Chapo Guzmán.
Iván Duque llegó a la Presidencia de Colombia para desmantelar el acuerdo de paz entre el laureado Juan Manuel Santos y las FARC. Duque mete su dedo en la llaga de una era que dejó más de 200,000 muertes y 45,000 desaparecidos en cinco décadas.
Heredero de la mano derecha del expresidente Álvaro Uribe, Duque prefirió pensar en el pasado, para justificar la venganza de Uribe en contra de Santos, que en la paz del futuro. La comunidad internacional se lo reclama, y ahora el malestar social ha tomado causes económicos (en contra de una reforma laboral). Su impopularidad (69%) ha devorado la expectativas que plantó tras su llegada.
En un lapso de 15 minutos quedaron destruidas siete estaciones del metro chileno. “Estamos en guerra”, alertó el presidente Sebastián Piñera. Al decirlo, justificó la aplicación del decreto de estado de emergencia con el único objetivo de sacar al ejército a las calles.
Los jóvenes reclaman la existencia de una política educativa pinochetista; endeudarse de por vida para estudiar. La revolución de los pingüinos (2006) fue la primera llamada de alerta que los estudiantes enviaron a la presidencia; ni Michelle Bachelet ni Piñera les hicieron caso.
Antoine Roquentin, personaje de La náusea de Sartre, dijo sentir repulsión a la cotidianidad, banalidad e hipocresía de la sociedad, causándole el deseo dulcemente insidioso de enfermarse. Sí, se trata de la náusea latinoamericana, acto anterior al de la esperanza.

