Entre los asesinos seriales estadounidenses, Ted Bundy es quizá el más conocido, del que más se ha escrito y estudiado. Su historia ha merecido siete películas, docenas de libros y cuatro series.

Bundy mató a por lo menos treinta mujeres entre 1974 y 1978 en Seattle, Oregón, California, Utah, Colorado y Florida. Eludió la captura mudándose a lo largo de la geografía estadounidense, y aprovechando las limitaciones jurisdiccionales y de comunicación del sistema de justicia. Se fugó dos veces de prisión, tuvo el primer juicio televisado de la historia (en 1979) y una ejecución que fue seguida y celebrada como fiesta por cientos de personas en el exterior de la prisión.

Casi todo lo que hemos visto en el cine y la literatura sobre asesinos seriales se basa de una u otra manera en Bundy, un tipo atractivo y carismático, apreciado por sus amigos, veladamente temido por sus novias, voluntario en los comités de reelección de Nixon, que estudió Derecho y manejaba un inofensivo Volkswagen amarillo.

Asesino serial, secuestrador, violador, ladrón y necrófilo, Bundy se movió al margen de la justicia en una década en que el fenómeno de los asesinos seriales apenas empezaba a asomar en el imaginario judicial y más tarde ficcional estadounidense.

Si Buffalo Bill, el asesino que persigue Clarice Starling en El silencio de los inocentes, se vale de un brazo enyesado para atraer a una de sus víctimas, es porque Bundy lo hacía. Si Hannibal Lecter asesora al FBI para atrapar a Bill, es porque Bundy lo hizo (ofreciendo su asesoría en la investigación del estrangulador de Green River).

Bundy fue atrapado cuando una de sus víctimas consiguió escapar en el estacionamiento de un centro comercial de Colorado. Durante años juró ser inocente y víctima de una conspiración judicial, hasta que días antes de su ejecución en el corredor de la muerte en Florida, confesó esos treinta asesinatos a William Hagmaier, uno de los pioneros de la Unidad de Análisis del Comportamiento del FBI.

Hagmaier explicó que Bundy sentía “una profunda y casi mística satisfacción al asesinar”. Bundy era un ladrón consumado, que durante años vivió de las cosas que robaba. En su confesión a Hagmaier, Bundy explicó que la verdadera recompensa era poseer lo que había robado, fueran cosas, o a sus víctimas. “La posesión definitiva” era quedarse con sus vidas.

Bundy siempre se sorprendió de que alguien notara que sus víctimas habían desaparecido, él imaginaba a los EEUU como un lugar donde todo mundo es invisible excepto para sí mismo.

A treinta años de su ejecución, Joe Berlinger, el documentalista más respetado del crimen moderno estadounidense, produce y dirige Conversations with a killer: The Ted Bundy Tapes una miniserie de cuatro episodios disponibles desde hace algunas semanas en Netflix.

La serie está inspirada en el libro homónimo del año 2000 que Stephen Michaud y Hugh Aynesworth, periodistas, escribieron después entrevistar a Bundy en lo que fueron más de cien horas de pesadilla grabadas en casetes.

Berlinger obtuvo su lugar destacado en la cinematografía estadounidense en 1996 con Paradise Lost: the Child Murders at Robin Hood Hills, una película que no sólo estudió el fenómeno mediático alrededor de un triple homicidio sucedido en West Memphis, Arkansas; sino que ofreció una mirada dura a un sistema de justicia provincial y timorato que acusó y encarceló a tres adolescentes (inocentes) del crimen. La historia completa, que transcurría casi en forma simultánea con la producción, requirió tres películas para ser contada, de 1996 a 2011 (la tercera le valió una nominación al Oscar).

Las credenciales y solvencia técnica de Berlinger le añaden profundidad a esta nueva serie sobre Bundy, que de otra manera podrían haber sido un producto amarillista más sobre sus sórdidos crímenes montado sobre la memoria dolorosa de las víctimas.

La serie gira alrededor de esas entrevistas, donde el propio Michaud confiesa que no estaba llegando a ningún sitio, con Bundy inventando todo tipo de historias para explicar su vida y por qué era inocente. Entonces, Michaud tuvo una gran idea, le pidió a Bundy que, en tercera persona, le ayudara, con “su profundo conocimiento del alma humana” a explicar y entender cómo pensaría el hipotético asesino que “cometió” los crímenes. Y Bundy, que amaba la atención, aceptó.

Berlinger se vale de esos audios para contar la historia de Bundy, entrevistando también a familiares, policías, detectives, políticos, abogados, periodistas y testigos, que siguieron y vivieron el caso y su investigación, y lo hace con la mirada clínica que lo caracteriza. El documental no es una apología del crimen, ni un regodeo morboso en los casos. Bundy es pintado como el monstruo que fue, uno que sus propios abogados describieron más tarde como “La pura definición del mal”.

Hay, sin embargo, en este tipo de documentales un conflicto intrínseco del que Berlinger no sale del todo bien parado. ¿Por quién sentir empatía? ¿Por el criminal que se “intenta” de alguna manera comprender o por sus cazadores y víctimas?

La serie es apenas calentamiento para la cinta que Berlinger estrena este año sobre Ted Bundy, titulada  en México: Retrato de un Asesino (Extremely Wicked, Shockingly Evil, and Vile) con Zack Efron como Bundy.

Al final, Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy es poco más que un retrato descarnado de una época y una sociedad que perdió la inocencia en el camino y pasó del pasmo a una inquietante celebración de la muerte donde los criminales son famosos y donde su ejecución es motivo de fiesta. Una sociedad entrampada entre el morbo del crimen, la fama del sociópata, y donde el único intento de justicia se vuelve la venganza.

@rgarciamainou

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).