En su carrera musical de medio siglo, Iggy Pop ha pasado de ser uno de los enfants terribles a un sabio del rock. Sobrevivió a los Stooges; los alocados setentas donde parrandeaba con Lou Reed y David Bowie; y también a varias generaciones de músicos que intentaron –sin mucho éxito– emularlo. El mes pasado, el disco debut de The Stooges cumplió cincuenta años de haber sido lanzado.

La placa, producida por el violista de The Velvet Underground John Cale, llegó al mundo casi en el mismo momento que aquel festival hippie (del que hemos hablado en varias ocasiones) con la intención de espantar a las mentes más recatadas de su generación. Iggy & The Stooges eran peligrosos. En otra época, los contoneos sexuales que su descamisado líder portaba con unos pantalones ajustados pudieron haber sido considerados enemigos de la decencia por despertar pensamientos impúdicos en la desenfrenada juventud.

Durante los setenta, Iggy Pop se volvió un protegido de David Bowie, con quien realizó sus primeros dos discos solista (The Idiot y The Passenger), que ayudaron a consolidar su imagen de chico malo. En las calles de Berlín, Bowie y Pop se refugiaron con sus demonios para canalizarlos en “Lust for life”, “The Passenger”, “Neighborhood Threat” o “Sister Midnight”.

Desmenuzar toda la vida y obra de Iggy Pop nos tomaría más tiempo y espacio del que tenemos disponible, así que recordaremos las décadas subsecuentes de su carrera como un periodo donde Pop fue transformándose y alejándose de aquel personaje autodestructivo que se retorcía en el escenario como si fuera parte de un exorcismo.

Free es su décimo octavo álbum solista, donde Iggy Pop ya no tiene que sorprender a nadie. Es una placa que nos lleva por paisajes musicales con jazz, electrónica, rock, ambient y hasta un par de recitativos poéticos con su inigualable voz rasposa. No debería de extrañarnos los roces de jazz que aparecen en este disco, Iggy & The Stooges incorporaron influencias del avant garde en sus tres álbumes de estudio, y las influencias de Ornette Coleman se mezclaban entre las paredes de distorsión y los solos de guitarra.

En Free, hay arreglos complejos que nos invitan a tratar de descifrar los solos de trompeta con los contrapuntos rítmicos que explora en “Sonali” o la magistral “Dirty Sanchez”. Imposible no pensar en el Zombie Birdhouse (1982), donde Iggy empezó a experimentar con otras texturas sonoras.

A sus 72 años de edad, Iggy Pop ya no necesita andar retorciéndose por el escenario sin camisa, mientras se golpea con el micrófono, se corta con pedazos de cristal roto y simula realizar actos sexuales impúdicos. No necesita juntarse con banditas punk subterráneas, de esas que en los dosmiles sacaban su look y su repertorio del Hot Topic del centro comercial y lo veneraban como su tío rockero favorito. Tampoco necesita ponerse su traje de gala y sombrero –como lo hizo en el Après (2012)–, mientras reinterpreta el cancionero americano del Siglo XX como si fuera Rod Stewart.

En 2019, Iggy Pop puede ser un artista que tiene la posibilidad de entrar al estudio y hacer lo que se le dé la gana. Este es uno de los discos más honestos que han sido lanzados este año y nos confirma que Iggy Pop no está buscando hacer una secuela a uno de sus clásicos ni quedarse en el pasado.

Free le da a Iggy Pop la libertad de mirar hacia adelante y nos muestra a un artista que después de una carrera musical de medio siglo, le ha dado la experiencia de un sabio veterano cuya curiosidad musical sigue tan despierta como la de un adolescente mutante. Iggy Pop sigue teniendo ese espíritu provocador y juguetón que lo ha caracterizado durante décadas. Nosotros somos los pasajeros en este viaje musical que lidera el artista que siempre ha tenido ese deseo lujurioso por la vida con esa visión singular llamado Iggy Pop.

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Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea