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La impotencia

Foto: Reuters
En muchas oportunidades la vida hace que nos sintamos impotentes. La impotencia es una emoción maligna, tremendamente frustrante que ataca gravemente nuestro ego. Cuando queremos algo y no lo podemos conseguir porque la realidad se pone como siempre terca, pocas cosas podemos hacer. Generalmente lo que sucede, como primera reacción, es que nos enojamos, nos ponemos furiosos y comenzamos a dar golpes a diestra y siniestra y a quien se ponga enfrente. ¡Es que no es posible que el destino conspire con alguien tan maravilloso como yo! ¿Cómo carajos yo, el rey (o reina) del mundo, no puedo obtener lo que quiero?
Como casi todo, el querer algo y no tenerlo es un asunto de poder. Por eso admiro tanto a los budistas: no desear es no sufrir y entre más dinero, fama o poder queremos tener nos exponemos a más dolor. Otras personas, no solo se enojan, sino que reaccionan negando la realidad y se inventan un universo paralelo en donde tienen todo lo que quieren y no han podido lograr.
Cada uno con sus mecanismos de defensa, digo yo.
En lo personal respeto mucho la estrategia que escoja cada uno para poder seguir adelante, aunque profesionalmente prefiero a los que se sienten orientados en tiempo, espacio y situación y digieren sensatamente su impotencia. Son más sanos y maduros.
Ahora bien, lo que sí me preocupa profundamente es cuando un político con altas responsabilidades emplea ambas estrategias, o sea la agresión y la fantasía delirante, bastante neuróticas ambas, por decir lo menos. Y me preocupa porque de sus modos adaptativos depende en buena medida el presente y el futuro de muchos seres humanos.
En nuestro país lamentablemente (y lo digo muy en serio) el actual gobierno está padeciendo seriamente de impotencia. Veamos por qué. La seguridad es un problema mayor y permanente, y de aquellas promesas de campaña en donde se nos decía que los militares regresarían a los cuarteles y podríamos salir a la calle con más tranquilidad, pasamos a un día a día lleno de ahorcados, descabezados, pueblos sin ley, periodistas y mujeres asesinadas y como se dice un largo etcétera. Para lidiar con la incapacidad para resolver esta tragedia, se niegan los datos duros, se inventan otros y santo remedio. Así ni pasa nada.
Con relación a la situación económica, el gobierno se defiende con una perfecta negación de lo evidente y, para no variar, niega la realidad. No estamos en estancamiento económico, la inflación está controlada y no afecta los bolsillos de los mexicanos, las remesas han crecido insospechadamente (se presumen como si se tratara de un logro de esta administración) y ya. Debo reconocer que Freud estaría asombrado con los formidables mecanismos de defensa de los que dispone el presidente, yo podría decir que nunca he visto cosa igual.
Con el Covid, Delta u Ómicron, pasa exactamente lo mismo, nada de que no se han aplicado suficientes pruebas, nada de que el número oficial de muertos ronda los 300 mil (o más bien 600 mil o más bien, quién sabe). Olvidemos que 60 mil fallecimientos por el bicho serían catastróficos, la mera verdad, dicen los fantasiosos, no importa.
En esta brana (así le dicen los astrofísicos a los universos paralelos), López Gatell es un héroe internacional, debería hacérsele un homenaje mundial y por enésima vez la curva se está aplanando y ya vamos de salida. ¡Guau!
En fin, la impotencia no existe en las mentes delirantes y se blindan de ella al construir una realidad a modo, aunque a algunos nos parezcan sospechosamente esquizoides las gigantescas mentiras proclamadas como verdades absolutas.
Esta anécdota parece sacada de una película de mi admirado TinTan, pero a mí en verdad y como estudiante de psicología, me tocó tratar con pacientes hospitalizados que se creían Napoleón y actuaban como si fueran emperadores. Lo bueno en aquellos tiempos es los que estábamos viéndolos nos dábamos cuenta de que todo era una gran mentira y tratábamos de sacarlos lo más rápidamente posible de su delirio. ¡Cómo han cambiado las cosas!
