La política monetaria no logró anticipar ni prevenir la recesión del 2008-2009, ni generar una recuperación desde entonces

Llondres. La forzada renuncia del ministro de Hacienda del Reino Unido, Sajid Javid, es la última señal de que la política macroeconómica está cambiando drásticamente, y no sólo en Reino Unido. Además de completar el entierro ritual de las políticas de austeridad implementadas por los gobiernos de Reino Unido desde el 2010, el alejamiento de Javid, el 13 de febrero, tiene una importancia mayor.

El primer ministro Boris Johnson está decidido a superar la resistencia del Tesoro a sus enormes ambiciones de gasto. La última vez que un primer ministro británico intentó abrir los grifos del gasto de gobierno a este nivel fue en 1964, cuando Harold Wilson, del Partido Laborista, creó el Departamento de Asuntos Económicos (DAE) para contrarrestar la hostilidad del Tesoro a la inversión pública. Sin embargo, luego de la crisis de la libra de 1966, el implacable Tesoro recuperó el control y el DAE pronto se abolió. El Tesoro, el departamento más antiguo y más cínico del gobierno, sabe cómo ganar tiempo.

Pero el último golpe de Johnson también es un indicio de un giro global de política monetaria a política fiscal. Después de la Segunda Guerra Mundial, la política de estabilización, creación de John Maynard Keynes, comenzó siendo fuertemente fiscal. Se argumentaba que el presupuesto del gobierno debía utilizarse para equilibrar una economía inestable y llevarla al pleno empleo.

Sin embargo, en la década de los 70 llegó la contrarrevolución monetarista, liderada por Milton Friedman. Lo único estabilizador que necesitaba una economía de mercado capitalista, decía Friedman, era el nivel de precios. Siempre que la inflación estuviera controlada por bancos centrales independientes y los presupuestos del gobierno se mantuvieran “equilibrados”, las economías normalmente serían estables en su “tasa natural de desempleo”. Desde los años 80 hasta la crisis financiera global del 2008, la política macroeconómica se llevó a cabo a la sombra de Friedman.

Pero ahora el péndulo ha vuelto a oscilar. La razón es lo suficientemente clara: la política monetaria no logró anticipar, y por lo tanto prevenir, la Gran Recesión del 2008-2009, y no pudo generar una plena recuperación desde entonces. En muchos países, entre ellos Reino Unido, los ingresos reales promedio todavía son más bajos que hace 12 años.

El desencanto con la política monetaria corre en paralelo con una lectura mucho más positiva del impulso fiscal del 2008-2009 del presidente estadounidense Barack Obama y una visión mucho más negativa de los programas de austeridad fiscal poscrisis en Europa. Un punto de inflexión notable fue la rehabilitación, en el 2013, de multiplicadores fiscales por el entonces economista del Fondo Monetario Internacional Olivier Blanchard y su colega Daniel Leigh. Como señaló recientemente Blanchard, la política fiscal “ha sido subutilizada como una herramienta cíclica”. Ahora, hasta banqueros centrales prominentes reclaman la ayuda de la política fiscal.

El argumento teórico contra la dependencia de la política monetaria para la estabilización se remonta a Keynes. “Si, en cambio, nos sentimos tentados a afirmar que el dinero es la bebida que estimula la actividad del sistema”, escribió, “debemos recordarnos a nosotros mismos que del dicho al hecho hay un buen trecho”. En términos más prosaicos, el sistema de bombeo monetario tiene demasiadas filtraciones. Demasiado dinero termina en el sistema financiero y no el suficiente en la economía real.

Mark Carney, el gobernador saliente del Banco de Inglaterra, lo admitió recientemente, al decir que los bancos comerciales habían sido “inútiles” para la economía real después de iniciada la crisis, a pesar de que los bancos centrales les habían dado inmensas cantidades de dinero. En verdad, a la teoría ortodoxa todavía le cuesta trabajo explicar por qué billones de dólares de alivio cuantitativo, o QE, siguen atascados en activos que ofrecen una tasa de interés real negativa.

Kenneth Rogoff, de Harvard, dijo recientemente que la política de estabilización fiscal “es demasiado politizada como para sustituir de manera consistente a los bancos centrales tecnócratas e independientes modernos”. Pero en lugar de considerar cómo se podría superar este defecto, Rogoff no ve ninguna alternativa para seguir con el régimen de política monetaria prevaleciente, a pesar de la abrumadora evidencia de que los bancos centrales no pueden desempeñar el rol que tienen asignado. Al menos la política fiscal podría, en principio, estar a la altura de la tarea de estabilización económica; no hay ningún chance de que los bancos centrales lo estén.

Esto se debe a una cuestión técnica, cuya validez se estableció antes y después del colapso del 2008. En términos sencillos, los bancos centrales no pueden controlar el nivel agregado de gasto en la economía, lo que significa que no pueden controlar el nivel de precios y el valor agregado de la producción y el empleo.

Un observador menos escéptico que Rogoff habría analizado más de cerca propuestas para fortalecer estabilizadores fiscales automáticos, en lugar de descartarlos con el argumento de que tendrán (malos) “efectos de incentivo” y que los responsables de las políticas los desactivarán en ocasiones. Por ejemplo, un observador justo al menos estaría abierto a la idea de una garantía de empleo en el sector público del tipo considerado por la Ley Humphrey-Hawkins de 1978 en Estados Unidos, que autorizaba al gobierno federal a crear “reservorios de empleo público” para equilibrar las fluctuaciones en el gasto privado.

Esos reservorios automáticamente se vaciarían y se volverían a llenar en tanto la economía decayera y creciera, creando así un estabilizador automático. La Ley Humphrey-Hawkins, de haber sido implementada, habría reducido marcadamente la discreción de los políticos sobre la política contracíclica, creando al mismo tiempo un estabilizador mucho más poderoso que los sistemas de seguridad social de los que hoy depende el gobierno.

Sin duda, tanto el diseño como la implementación de una garantía laboral de esas características generaría problemas. Pero, por razones tanto políticas como económicas, deberíamos intentar enfrentarlos en lugar de concluir, como lo hace Rogoff, que, “si se entorpece la política monetaria y la política fiscal es la apuesta principal, deberíamos esperar ciclos comerciales más volátiles”. Tenemos la inteligencia para hacer las cosas mejor.

El autor

Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de economía política en la Universidad Warwick.