Nicolás Maduro Guerra, de 29 años e hijo del dictador venezolano, tiene una empresa muy eficiente. Compra oro a precios de descuento a mineros y lo vende carísimo al Banco Central de Venezuela. Pero lo más importante, su ente es monopólico.

El dictador recibe una maleta de seguridad con un mensaje: “La situación es insostenible, convoque elecciones”. El dictador responde un día después a través de un chat: “Cobarde, derrotista”.

Iris Varela, ministra penitenciaria del régimen dictatorial, le comenta a Vladimir Padrino López, cabeza del ejército, y al director del temido servicio de inteligencia que ha decidido formar un ejército privado, conformado por delincuentes encarcelados. Necesita 30,000 rifles para empezar.

“Aldo”, un agente cubano, comienza una nueva etapa en su vida como funcionario del régimen: participa en las juntas entre el dictador y el jefe de los servicios de inteligencia. ¿Injerencia? ¿Qué es eso? A la injerencia sólo se le vincula con el imperio.

Se les reconoce como los “psicólogos”, son tres cubanos que analizan los discursos del dictador. Otra vez: ¿Injerencia?

Es la época crítica de los apagones en Venezuela. Suena el teléfono durante una reunión en la que se encuentra el dictador junto al director de los servicios de inteligencia, entre otros. Es una llamada de don Raúl Castro. Otro dictador. Maduro toma la llamada. Se levanta de su lugar y se dirige a una esquina de la sala de conferencias. Al terminar, regresa con cara de alivio. Raúl enviará ayuda técnica a Venezuela para aminorar los apagones.

La empresa criminal incluye un corredor terrorista para miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de Hezbolá. Los primeros sirven para contener posibles invasiones extranjeras, mientras que los terroristas libaneses interactúan con Tareck el Aissami, entonces vicepresidente del régimen venezolano.

Entre 12 y 15 escoltas cubanos le cuidan la espalda al dictador. No confía en venezolanos.

Todo indica que el sistema político venezolano está podrido. El presidente de la Suprema Corte, Maikel Moreno, pidió 100 millones de dólares para fichar en el equipo de Juan Guaidó. Realizaría una lectura constitucional para expulsar al dictador del Palacio de Miraflores. Se echó para atrás durante el intento de golpe el 30 de abril pasado.

Lo anterior son algunos testimonios recabados por el periodista del Washington Post, Anthony Faiola, durante una prolongada charla de 12 horas que sostuvo con Cristopher Figuera, exdirector de los servicios de inteligencia (Sebin) de Maduro.

El desastre económico

El dictador prefiere seguir conduciendo una chatarra de país perjudicando a 30 millones en lugar de seguir la propuesta que le hiciera Figuera en el famoso maletín. No son las sanciones económicas de Estados Unidos las que han provocado la crisis venezolana como dicen el dictador y Michelle Bachelet. Simplemente hay que revisar los últimos cinco años para percatarse que el PIB per cápita ha caído 50.5%, una cifra mayor que la experimentada por Cuba después de la desintegración de la Unión Soviética y del bloque socialista.

Venezuela es la peor economía de Latinoamérica, y se ubica entre las 10 peores del mundo entre 1980 y el 2018 (“Las claves de la crisis venezolana”, Susanne Gratius y José Manuel Puente, Foreign Affairs, abril del 2019). El desempeño económico negativo de Venezuela se inició en los dos primeros trimestres del 2014, justo cuando el precio del barril de petróleo no era nada bajo, 88 dólares.

Lo que sí sabe Bachelet pero no quiso reconocer el pasado sábado al salir de Caracas es que la crisis la provocan las decisiones de tipo populista: nacionalización de empresas, creación de demografía clientelar para manejar a los pobres como cabras, incremento irresponsable de deuda y un ambiente de regulación a tope, en particular a lo que se refiere a los controles de precios y del tipo de cambio.

La inflación está matando a los venezolanos. Es una muerte lenta porque el valor monetario es inexistente.

En promedio, 64.3% de la población ha perdido 11.4 kilos por persona, debido a la caída del ingreso real. Claro, hay excepciones. Una de ellas es la marmota de Nicolás Maduro y su círculo cercano. Comen muy bien.

Gratius y Puente escriben: “El viejo argumento de que no hay que intervenir en asuntos internos de los países no vale, ya que todos los actores externos (incluidos Cuba y Rusia) ignoraron este lema que queda relegado a un posicionamiento ideológico contra Estados Unidos o a un nacionalismo exacerbado y anticuado”.

Así se encuentra el actual gobierno mexicano. Se lava las manos con la presunta no intervención. En realidad, sí interviene a favor de la dictadura. Lo sabe muy bien Yeidckol Polevnsky. Sus vínculos son muy pero muy estrechos.

En esta semana, la dictadura se dijo haber sido víctima de un complot para echar a Maduro. En realidad, el guión fue escrito por los tres “psicólogos” cubanos. Lo hicieron para intentar cubrir con veneno las declaraciones de Cristopher Figuera.

Es un viejo truco.

@faustopretelin

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.