Hace unos días, el premio Nobel Paul Krugman dijo que la economía mexicana era un misterio; que a pesar de los esfuerzos en educación e infraestructura, la economía azteca no crece y se pregunta por qué, analizando el tema de la inseguridad como una de las posibles causas, aunque sin darle, a mi juicio, el papel que juega en la vida social y económica. El promedio de crecimiento durante todo el sexenio de Enrique Peña habrá sido de 2.34%; los resultados más recientes de la prueba PISA, a pesar de la reforma educativa, han sido peores que en otros años (o sea, en educación vamos en retroceso) lo que confirma la idea de que fue una reforma fundamentalmente administrativa. La inversión en infraestructura ha sido de los sexenios más bajos, alcanzando sólo cifras cercanas a 3% del PIB. Creo que con estos datos tenemos parte de las explicaciones del magro crecimiento con el presidente Enrique Peña Nieto.

En cierto desacuerdo con Krugman, los efectos de una reforma educativa (habrá que ver la que proponga AMLO) se dan en el mediano plazo. Un estudio del Centro Espinosa Yglesias sobre movilidad en México muestra que, aunque ha aumentado la cobertura educativa en las últimas décadas, eso no se ha manifestado en una mayor movilidad social. Tardarán décadas en sentirse los efectos de un cambio educativo, que debería emular a Finlandia, líder mundial en educación.

Respecto a la infraestructura, es verdad que resulta alarmante la escasa inversión pública durante el sexenio que finaliza. AMLO, por el contrario, está proponiendo inversiones ambiciosas en el sector energético, en la construcción de una nueva refinería y la remodelación de las que ya existen; el programa de aprendices, que trabajarán en empresas a cambio de una beca de 3,600 pesos, aunque habrá que ver cómo lo instrumenta la nueva administración; el Tren Maya para hacer un corredor industrial en el sureste que conecte el Atlántico con el Pacífico. Aunque el principal problema de todos estos ambiciosos planes estribará en cómo lograrlos sin endeudar al país.

Pero estimamos que los principales problema que impiden la senda del crecimiento son dos, que están entrelazados: la inseguridad, primera condición para un posible desarrollo económico y la desintegración de la familia, que lleva a que disminuya la permanencia en la escuela de los jóvenes y el rendimiento de las personas (hay estudios que lo avalan), y a que la gente joven sea víctima o “cliente” del crimen organizado. Y la gran preocupación es que el presidente entrante no ha mostrado una política de seguridad creíble y eficaz, ni el establecimiento de políticas para la integración familiar (parece ser que más bien todo lo contrario).

Dice Leonardo Polo que sin integración familiar la sociedad se deshace, se diluye. No se puede construir nada con hogares rotos, o con un clima de inseguridad como el que vive México. La inseguridad daña la cohesión social, por lo que la primera medida a tomar, antes que cualquier otra, es qué se puede hacer para reconstruir el tejido social, trabajo que debe involucrar a la sociedad civil y no limitarse a lineamientos genéricos desde el gobierno. El IDIC ha publicado un par de libros con propuestas para disminuir la inseguridad de manera integral.

No es, por tanto, de orden económico el principal problema de la economía mexicana, sino de índole moral. Por eso es lógico que Paul Krugman no entienda por qué no crece la economía mexicana, a lo que nosotros añadimos que mientras no se trabaje en disminuir la inseguridad y cohesionar a la familia, cualquier otra medida, como aumentar el gasto en infraestructura o renovar a Pemex, no pasarán de vanas intenciones.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.