Para anticipar la caridad, hay que evitar la pobreza.

Maimónides

 

En México, al igual que en muchos países en el mundo, existe una discusión académica, de política pública, social, así como ideológica, respecto de la importancia y los medios para combatir y atacar la pobreza.

La mayoría de las discusiones tienen como componente fundamental la noción de que para combatir la pobreza se requiere la distribución de recursos, a través de distintos programas enfocados en mejorar los ingresos de aquellos identificados como pobres.

Sin embargo, conviene reflexionar acerca de algunos de los temas que autores especialistas a nivel internacional en temas relacionados con la medición y el combate de la pobreza plantean al respecto.

Autores como Angus Deaton (premio Nobel de economía) y Branko Milanovic (especialista en temas de desigualdad) han abordado profundamente el tema. A partir de algunos de sus planteamientos y de otros estudios, de manera resumida presento (en mi propia adaptación al entorno mexicano), algunos lineamientos que considero relevantes para el tema.

En primer término, es indispensable tener una adecuada y certera medición de la pobreza, que permita la identificación efectiva de aquellos sectores que efectivamente constituyen los más pobres de una sociedad.

Una medición demasiado amplia de la pobreza tiene distintos efectos. El primero, que en poblaciones grandes que incluyen tanto aquellos en verdadera extrema pobreza, como aquellos que, medidos en modelos multidimensionales muy amplios, se genera una población identificada como en pobreza tan extensa que los recursos que se destinen para atender a esa gran población siempre resultan insuficientes y se dispersan generando un impacto reducido y poco efectivo.

Adicionalmente, en países que presentan deficientes modelos de fiscalización y control de los programas para el combate a la pobreza, ante un excesivo número de programas y de padrones de población clasificada, se facilita la corrupción, la duplicación de beneficiarios, la superposición de programas y, en muchos casos, la desatención a los efectivamente más pobres.

Un segundo elemento se refiere a evitar lo que estos y otros autores consideran como la trampa de la pobreza. Específicamente, evitar la entrega de recursos dirigidos, asociados a un nivel de ingreso, porque este límite de ingreso tope crea un incentivo negativo a no mejorar los ingresos de forma propia (o a no declararlos) para evitar caer fuera del rango que permite el apoyo o los subsidios otorgados.

En el extremo, se puede propiciar la profundización de conductas asociadas precisamente a la ampliación de la pobreza. Por ejemplo, en México existen programas en algunos estados del sur del país, que benefician con recursos a las mujeres por cada hijo que tienen, lo cual provoca en algunas comunidades marginadas el incentivo a no buscar emplearse, sino a utilizar la procreación de los hijos como mecanismo de generación de ingreso perpetuando la pobreza.

Un tercer elemento se refiere a la focalización de los programas de apoyo y combate la pobreza más extrema en dos temas fundamentales. El primero la atención de la salud: evitar que los más pobres presenten condiciones que deterioren su salud impide dos circunstancias que agravan su condición económica. Una enfermedad genera gastos que deterioran los precarios ingresos disponibles y, de manera complementaria, limita la capacidad para generarlos. De ahí la importancia de concentrar los apoyos gubernamentales en programas de salud que efectivamente atiendan a los más desfavorecidos.

El segundo tema se refiere a la educación. Aun cuando en distintos países y de manera reciente se discute la disminución de la efectividad de la educación como mecanismo de movilidad social, específicamente entre los más pobres la diferencia entre contar con cierto nivel educativo y no tenerlo puede representar diferencias gigantescas en los ingresos esperados de una persona.

No se trata de una visión simplista donde todos sean universitarios. Se trata de crear condiciones que garanticen el acceso mínimo a una alfabetización funcional plena y, gradualmente, el acceso a niveles educativos que permitan la inserción en mejores condiciones a los mercados laborales. No es casual que alguno de los estados con mayor deterioro económico presenta simultáneamente los peores niveles de rezago educativo.

Una adecuada y precisa medición de la pobreza, evitar programas que perpetúan la pobreza y generen incentivos perversos y crear un piso mínimo de bienestar en educación y salud son condiciones indispensables para elevar el nivel de vida de aquellos más pobres. Se trata de una visión de beneficio económico y de elemental sentido de justicia social.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y director general de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

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Raúl Martínez Solares

CEO de Mexicana de Becas

Economía Conductual

Desde 2006 fue Director Comercial de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo y a partir de enero de 2012 es Director General de esa empresa.

Es especialista en temas de estrategia de negocios y mercadotecnia; Economía Conductual, cambios demográficos y ahorro previsional de largo plazo, como pensiones y ahorro educativo.