La economía de España está fracturada, la cadera del rey Juan Carlos, también. La pregunta es ¿qué tenía que estar haciendo el monarca de 74 años cazando elefantes en Botsuana?

Además de ser políticamente incorrecto que la realeza de un país en crisis ande de safari, cazando una especie en peligro de extinción por más que sea con licencia, también hay edades para todo.

Lo mismo le está pasando a la economía española. Por andar creyendo que tenía el vigor suficiente como para soportar un déficit fiscal descomunal y una deuda privada del tamaño de un elefante, hoy padece un estado de salud crítico.

Don Juan Carlos parece estar fuera de peligro, pero la economía de su país no. Y la actividad que lo llevó hasta África, más que la caída que le fracturó la cadera, ha herido más a un país que hoy tiene los mismos ataques virulentos desde los mercados que una mordida oportunista desde Argentina.

Los 50,000 o 60,000 dólares que cobra Botsuana por dejar que maten a un elefante en su territorio no marcan la diferencia para la economía española, ni siquiera el costo total de mover al monarca y su séquito. Es la mala señal que esto manda.

Es un hecho que España va a perder calidad de vida en los años por venir, dicho esto de un país en donde hoy 23% de la gente en edad de trabajar es incapaz de colocarse en algún empleo y casi la mitad de los más jóvenes no puede tener una actividad remunerada por más que la busquen.

El gobierno de Mariano Rajoy tiene hoy la presión externa de los mercados financieros que amenazan con disparar una escopeta cargada de ataques en los mercados si no reciben la certeza de que España puede con sus problemas.

Y dentro del país, además de la gente en paro, los sindicatos acechan al gobierno y lo amenazan con huelgas y movilizaciones para tratar de impedir los cambios estructurales. Por si algo faltara, desde Sudamérica se escucha el canto de la hiena que aprovecha que el animal está herido y el gobierno de Argentina nacionalizó una empresa petrolera ibérica.

Con las técnicas de caza del venezolano Hugo Chávez, el gobierno de Cristina Fernández decidió que una empresa privada, de capital español como YPF controlada por Repsol, pasara a manos del patrimonio de su país.

Este zarpazo populista lo recibe España, además, en momentos en que su manada europea se dispersa y más de uno de los integrantes del clan le dan la espalda a los peninsulares.

Los políticos de Italia y Francia, y otros países como Rusia, pero en especial la clase política de estos dos socios estratégicos culpan a España de las desgracias económicas propias.

Nicolas Sarkozy, en plena campaña presidencial y con las preferencias en su contra, no tiene empacho en culpar a los ibéricos del agravamiento de la crisis financiera de estos días.

Desde Italia, Mario Monti hace exactamente lo mismo sin ver la enorme viga que tiene en el ojo propio con una deuda pública descomunal.

Lo que no parecen entender estos dos cazadores de popularidad política es que España es tan francesa o italiana como ellos mismos, porque debilitar la reputación española es como dispararse en el pie, pues afectan la misma línea de vida monetaria que comparten con el euro.

España es como cualquier elefante que luche por sobrevivir en la sabana africana. Ya vio cómo el ataque a una especie menor, como su vecino Portugal, o incluso el escandaloso caso de la matanza financiera griega causan un profundo dolor económico que amenaza con extenderse mucho tiempo.

España sabe que el mundo funciona así, en los mercados financieros hay permiso para disparar y para matar. Y el nombre del juego es sobrevivir con todo en contra.

Hoy, el rey de España está herido, pero con su actividad más que con su accidente hirió más a su país. Porque no era momento, sin duda, para mostrar tanto desapego de la mala situación por la que pasan las especies en peligro de extinción y mucho menos sus súbditos.