“Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina” es una máxima de Hipócrates que en ocasiones, se desvirtúa en sus interpretaciones.

Sin duda, los efectos de lo que comemos sobre nuestro cuerpo y sobre la salud a corto y mediano plazos son una relación conocida por el ser humano desde tiempos antiguos. Por observación empírica en un inicio y, hoy en día, por investigación científica, sabemos que existe una relación incuestionable entre lo que comemos y el mantenimiento de la salud.

Sin embargo, la lista de alimentos y los efectos sobre la salud a través de los tiempos ha sido una cambiante constante, de manera tal que, como lo hemos mencionado en este espacio en distintas ocasiones, la percepción sobre los beneficios o perjuicios de un mismo alimento a través de los tiempos es fluctuante y contradictoria. Esto, no sólo debido a los avances científicos de la época, sino también a la influencia de hechos históricos, económicos y sociales sobre el uso de determinado alimento.

Sin duda, una cultura de prevención y de integración de estilos de vida saludables es esencial para mantener la salud. Sin embargo, la frase que evoca a la medicina de Hipócrates hoy ha tomado tintes que desvirtúan esta propiedad de los alimentos. En primera, porque en muchas ocasiones se reduce el alimento a una única y exclusiva función medicinal, cuando la comida cumple con muchas otras funciones además de la de proporcionar elementos que inciden sobre la salud. La comida cumple con funciones simbólicas, sociales, culturales y económicas importantísimas que, en un todo, no se pueden disociar ni diseccionar unas de otras.

En segunda instancia, la dimensión medicinal de la premisa hipocrática se ha desvirtuado en el sentido en el que una dimensión individualista subyace en todo el discurso medicalizante. Dada la tendencia a individualizar no sólo las necesidades de salud sino de nutrimentos de cada persona, existe también una tendencia a individualizar el cuidado de la alimentación. Aunque nuestros organismos sean diferentes, con cargas genéticas diferentes y propensiones a enfermedades diferentes, la individualización no puede ser llevada más allá del límite que marca la vida en sociedad. De esta individualización surge entonces también la implícita culpabilización a la persona que no tiene salud por no ser responsable de gestionar su propia alimentación, cuando existe un margen de maniobra para la responsabilidad individual, y otro margen que es marcado por la situación económica, social y cultural de la persona.

Si reducimos el alimento a sólo una medicina, desde hace mucho estaríamos tomando nutrimentos en cápsulas y pastillas, sin preocuparnos por el platillo, los olores, los sabores, los contextos, la compañía, la preparación, la experiencia y todo lo que rodea a la comida. Habrá quienes se sientan agobiados, producto de la individualización de las recomendaciones, y prefieran alimentarse por pastillas que por alimentos. Pero suprimir las otras dimensiones de la comida conlleva suprimir funciones que son básicas para nuestro funcionamiento como seres humanos.

@Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.